POV: Nathaniel Sinclair
El eco de las risas y el murmullo de las copas chocando en el salón principal se filtraban por el pasillo, pero para Nathaniel el mundo se había reducido a un espacio mínimo: el lugar exacto donde estaba ella.
La había imaginado de mil formas durante los últimos años. Desde la tragedia que le arrebató a Evelyn cuando nació Amelia, en los días de silencio, en las noches interminables intentando rehacer su vida, e incluso en momentos absurdos en los que creía ver su silueta entre la multitud. No era una obsesión enfermiza ni la incapacidad de dar vuelta la página; era, más bien, una presencia constante.
Sabía que Lottie existía en algún lugar, pero una cosa era saberlo en la teoría y otra muy distinta tenerla frente a frente, respirando el mismo aire, bajo el mismo techo. Verla le sacudió el mundo con la fuerza de un golpe sordo.
Desde un rincón discreto, sosteniendo un vaso de whisky que apenas había probado, Nate la observaba sin disimulo. Lottie estaba de pie cerca de la ventana, riendo de algo que Olivia acababa de decirle. Era una risa genuina, ligera, de esas que le iluminaban la mirada y hacían que el tiempo pareciera retroceder. Conversaba con otros invitados con una naturalidad y una elegancia que a él le resultaban casi dolorosas.
Lo que más le quemaba por dentro, sin embargo, no era su belleza —que seguía siendo desarmante—, sino la indiferencia que le dedicaba.
Ella ya no lo miraba.
Cada vez que sus miradas parecían cruzarse, los ojos de Lottie pasaban de largo sobre él como si fuera parte de la decoración, un desconocido más en la fiesta. Ni un destello de reproche, ni un segundo de duda, ni siquiera el rastro de la antigua complicidad. Nada.
Y eso le dolía mucho más de lo que esperaba. Un pinchazo frío se instaló en su pecho. Estaba acostumbrado a que ella orbitara a su alrededor, a sostener el peso de esa devoción silenciosa que siempre intentaba ocultar.
Por primera vez, con una claridad brutal que lo dejó sin aliento, Nate se hizo la pregunta que le rondaba la cabeza desde que cruzó la puerta:
¿Cuándo dejó de mirarme así?
—Te vas a tragar el vaso si sigues mirándola con esa cara de idiota celoso —murmuró una voz a su lado.
Nate parpadeó, saliendo de su trance, y giró la cabeza. James estaba allí, con una sonrisa burlona y los brazos cruzados, sosteniendo su copa con total despreocupación. Había algo en su mirada —esa mezcla de burla y análisis frío que Nate conocía de sobra— que le hizo tensar la mandíbula.
—No sé de qué hablas, James —respondió Nate con voz seca, intentando recuperar la compostura.
—Por favor, Nate. Nos conocemos demasiado —replicó James, indicando con la cabeza hacia donde estaba Lottie—. ¿Crees que no te vi en la despedida de soltero hace unos días? Estábamos en la zona VIP cuando Adam dijo, con toda la soltura del mundo, que quería intentar algo con Lottie.
Nate sintió un vuelco en el estómago, aunque mantuvo el rostro inexpresivo.
—Adam puede decir lo que quiera... —intentó cortar.
—Claro que puede —lo interrumpió James con ironía, clavando la mirada en él—. Pero el que se puso pálido, el que apretó la mandíbula hasta casi romper el cristal y el que dejó escapar esa rabia fuiste tú. Sentiste celos, Nate. Celos de los que ni siquiera eras consciente, o que no querías admitir. Y yo estuve ahí, observándote toda la noche, analizando cada uno de tus gestos.
—Si te diste cuenta de todo eso... ¿por qué carajos no dijiste nada entonces? —escupió Nate, en un tono donde la frustración y la culpa competían por salir.
James soltó una risa corta y dio un sorbo a su bebida antes de responder sin alterarse:
—¿Decirte qué? ¿Que te estabas muriendo por dentro al ver que otro hombre se fijaba en ella mientras tú te escondías tras tus propios fantasmas? No era mi trabajo abrirte los ojos, Nate. Quería ver cuánto tardabas en darte cuenta de que tu mundo ya no giraba solo alrededor de tu pasado. Y por lo que veo —añadió, volviendo a mirar a Lottie mientras ella aceptaba una copa de champaña—, parece que la realidad finalmente te alcanzó. El problema es que, esta vez, la puerta ya está cerrada por fuera.
James se alejó con una última sonrisa satisfecha, dejándolo a solas con sus pensamientos.
Nate miró el líquido ámbar de su vaso.
La puerta ya está cerrada por fuera.
Las palabras retumbaban en su mente como una sentencia.
Exhaló despacio y se terminó el whisky de un solo trago.
Necesitaba aire. Necesitaba dejar de mirar al otro extremo del salón como un idiota. Necesitaba encontrar a Amelia.
Dejó la copa en una bandeja que pasaba junto a él y empezó a buscar a la niña con la mirada.
No tardó en dar con ella.
La pequeña estaba sentada sobre una alfombra cerca de una mesa lateral, concentrada en unas figuras de animales que algún invitado le había regalado.
Una sonrisa inevitable apareció en el rostro de Nate.
Siempre lograba aislarse del ruido. Siempre encontraba la forma de construir su propio mundo.