Cuando Dejé de Buscarte

13 - Viejas heridas

POV: Charlotte Whitmore

Había ensayado esa sonrisa frente al espejo durante días. Una sonrisa ligera, desinteresada y a prueba de todo. El objetivo de la noche era simple: celebrar la boda de Olivia, disfrutar de la música, tomar un buen vino y demostrarse a sí misma —y al resto del mundo— que el pasado ya no tenía ningún poder sobre su presente.

Durante la primera hora, el plan funcionó a la perfección.

Lottie conversaba con los tíos de la novia, se reía de una anécdota sobre la infancia de Liv y se movía por el salón con soltura, sintiéndose dueña de su propio espacio. Había cruzado miradas con medio mundo, evitando a propósito cierto rincón de la fiesta. Pero el instinto, ese maldito sexto sentido entrenado para detectarlo donde fuera, empezó a erizarle la nuca.

Giró la cabeza hacia la barra. Ahí estaba.

Nate no la estaba persiguiendo. No intentaba cortarle el paso ni buscar una excusa desesperada para acercarse. Simplemente estaba de pie, apoyado contra una columna con la postura firme y los hombros relajados, sosteniendo una copa vacía.

Y, sin embargo, su presencia lo llenaba todo.

Cada vez que Lottie cambiaba de lugar o centraba su atención en otra conversación, al volver la mirada... Nate seguía allí. Inmóvil. Observándola con esa mezcla de desconcierto y silenciosa tensión que le revolvía el estómago.

Era exasperante.

¿A qué jugaba ahora? Después de años de ignorarla, de dejarla en el olvido, ¿venía a recordarle lo que un día significó con solo mirarla así?

Lottie apretó el pie de su copa con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. Intentó concentrarse en la prima de Olivia, que le hablaba de su nuevo trabajo en el extranjero, pero las palabras de la mujer se volvieron un zumbido lejano. La mirada de Nate pesaba en el aire como una tormenta a punto de estallar. Se negó a darle el gusto de flaquear: sonrió, asintió y dio media vuelta, sacándolo por completo de su vista.

El aire del salón de pronto se sintió denso, viciado por los recuerdos y por la certeza de que las viejas heridas nunca terminaban de cerrar; solo aprendían a latir en silencio bajo la piel.

Miró su reloj con disimulo.

Faltaban unos minutos para la hora acordada. Unos minutos más y todo cambiaría.

En la entrada del salón, las puertas principales se abrieron con suavidad, dejando entrar una ráfaga de aire fresco y una presencia capaz de eclipsar cualquier fantasma del pasado.

William Ashford acababa de llegar.

Impecable, vistiendo un traje oscuro perfectamente entallado y con esa seguridad natural que lo caracterizaba, William recorrió el salón con calma hasta dar con ella. Sus ojos claros se encontraron con los de Lottie a la distancia, y una sonrisa sutil, cargada de complicidad, se dibujó en sus labios.

Lottie sintió que el nudo en su pecho se deshacía de golpe. El aire volvió a sus pulmones.

William avanzó hacia ella con paso firme, ignorando a los demás invitados, listo para ocuparse de estar a su lado. Todo ante la mirada atónita de Nate, quien desde el otro extremo de la estancia veía aparecer al hombre que sí sabía valorarla.




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