POV: Charlotte Whitmore
El eco de los violines y el murmullo de los invitados todavía resonaban en mi memoria como un sueño lejano. La boda de Liv y James había sido hermosa, la promesa cumplida de un amor feliz. Pero mientras el auto recorría el camino arbolado hacia la mansión de mi padre, mi propia realidad me devolvía a la tierra con una mezcla de vértigo y nostalgia.
Londres había sido mi refugio, mi coraza y mi escondite durante tres largos años. Volver al lugar que me vio nacer no solo significaba enfrentar los fantasmas del pasado —esos que vestían trajes caros y sonreían con cálculo—, sino también decidir qué hacer con los pedazos de la mujer que me había tocado reconstruir con tanta paciencia.
Al detenerse el vehículo frente a la enorme fachada, el silencio se rompió con pasos apresurados. Las puertas de roble se abrieron de par en par.
—Lottie... —la voz de mi padre se quebró un segundo antes de que me estrechara entre sus brazos con una fuerza desesperada; la fuerza de quien temió haber perdido a su hija para siempre.
Me apoyé contra su hombro, respirando ese aroma a tabaco y sándalo que me acompañó toda la infancia, y sentí las lágrimas asomarse a mis ojos.
—Hola, papá. Ya estoy en casa —murmuré con un nudo en la garganta.
Se apartó despacio y me tomó el rostro con manos temblorosas, examinándome como si dudara de que fuera real. Sus ojos brillaban con una emoción rara en Richard Whitmore, un hombre acostumbrado a ser implacable en el mundo de los negocios.
—Estás... hermosa. Más fuerte. Se nota en tu mirada —dijo, antes de dirigir los ojos hacia el auto, de donde William acababa de bajar con su elegancia habitual, acomodándose los puños de la camisa.
—Papá, quiero presentarte a alguien —le dije, girándome hacia William y extendiéndole la mano para guiarlo—. Él es William Ashford. William, mi padre, Richard Whitmore.
William dio un paso al frente con una sonrisa segura y respetuosa. Le estrechó la mano a mi padre con firmeza, sosteniéndole la mirada.
—Es un honor, señor Whitmore. He oído hablar mucho de usted y del imperio que ha levantado —dijo William con su tono impecable—. Y créame que acompañar a Lottie en su regreso a casa es un verdadero privilegio.
Mi padre lo evaluó de arriba abajo. Vi la mirada analítica del hombre de negocios estudiando a un nuevo conocido, pero a los pocos segundos, un gesto de aprobación ablandó sus facciones.
—El honor es mío, William. Gracias por cuidar de ella en Londres —respondió mi padre con una leve sonrisa—. Pero no nos quedemos aquí afuera. Pasen, por favor. La casa ha estado demasiado vacía estos años.
El estudio de mi padre olía exactamente igual que siempre: a cuero, café cargado y papeles de trabajo. La chimenea crepitaba suavemente, proyectando sombras sobre los estantes llenos de libros. William aceptó pasar a saludar, pero tras intercambiar unas palabras amables sobre el viaje, se retiró con un gesto impecable para dejarnos a solas.
—Los dejo conversar tranquilos, Lottie. Estaré en la sala —me susurró al oído con una complicidad que me sacó un suspiro de alivio.
Me quedé de pie frente al escritorio de caoba, sosteniendo una taza de té humeante entre las manos y sintiendo el calor en las yemas de los dedos. Mi padre se sirvió un trago de bourbon. Dio un sorbo largo antes de apoyarse en el borde de la mesa y mirarme fijamente.
—William es un buen hombre, Lottie —rompió el silencio con tono pausado—. Se nota a leguas que te mira como si no hubiera nadie más en la habitación.
Sentí que las mejillas se me calentaban.
—Es un gran apoyo, papá. Alguien que me ayudó a sanar cuando más lo necesitaba —admití, bajando la mirada hacia mi taza—. Pero no vine a hablar de mi vida sentimental. Sé que hay un motivo por el que querías que viniera directo aquí después de la boda.
Mi padre soltó una risa corta, cansada, y dejó el vaso sobre la madera. Caminó hasta quedar a pocos pasos de mí. Sus ojos, rodeados de arrugas profundas, me miraron con una sinceridad que rara vez mostraba.
—Tienes razón. No te llamé solo para darte la bienvenida, aunque lo necesitaba con el alma —suspiró profundamente—. Lottie... estoy cansado. En estos tres años, esta empresa solo ha sido un recordatorio constante de que puse los negocios por encima de ti.
—Papá, no digas eso...
—Déjame hablar, Charlotte —su tono fue firme, pero suave—. Cometí errores. Te cargué con las exigencias de un apellido pesado. Cuando te fuiste a Londres con el corazón roto, me prometí que, si algún día volvías, las cosas cambiarían. Y ese día llegó.
Di un paso hacia él, reteniendo el aire.
—¿Qué me estás queriendo decir?
—Me voy a retirar, Lottie —soltó la noticia con una calma absoluta—. Firmé los documentos esta mañana. El consejo directivo ya fue notificado de mi salida.
El mundo se detuvo por un instante. Sentí que se me helaban las manos.
—¿Retirarte? ¿Tú? La junta directiva se va a aprovechar si dejas la empresa así de repente. Whitmore Holdings es tu vida...
—Era mi vida —me corrigió con una sonrisa melancólica—. Mi vida ahora es ver que recuperes tu tranquilidad. Y por capacidad, por preparación y porque nadie conoce esta compañía mejor que tú, la decisión está tomada.