Cuando Dejé de Buscarte

16 - Ecos del pasado

POV: Nathaniel Sinclair

El eco de la música y las risas del salón ya se había apagado, pero en mi cabeza las imágenes seguían dando vueltas sin piedad.

Charlotte había vuelto.

Hacía tres largos años que la había visto irse con los ojos llenos de lágrimas. Y al verla de nuevo, del brazo de William Ashford —con su postura impecable, su arrogancia británica y la seguridad de quien sabe que pisa terreno firme—, algo dentro de mi pecho se rompió de tal forma que me dejó sin aire.

Me serví un whisky en el estudio, a oscuras, atrapado en mis propios pensamientos. Bebí de un trago largo, sintiendo cómo el alcohol me quemaba la garganta sin lograr calmar la opresión que llevaba dentro.

¿Qué demonios había sido esa punzada en el estómago? ¿Por qué me dolía tanto verla sonreírle a William?

Apreté el vaso con tanta fuerza que los nudillos se me pusieron blancos, lleno de una rabia absurda que no lograba entender. ¿Celos? Aceptar esa palabra se sentía como una traición. ¿Cómo iba a sentir celos si yo había elegido a Evelyn?

Cerré los ojos y su rostro apareció de inmediato en mi mente, tan claro como siempre. Evelyn. La mujer por la que me decidí cuando tuve que elegir; la que amé y a la que seguía amando. Su recuerdo seguía vivo en esta casa, en cada rincón, como un fantasma al que me aferraba por lealtad y por la culpa de haberla dejado sola. Evelyn había muerto llevándose parte de mi vida, dejándome el deber de mantener su memoria intacta.

Entonces, ¿por qué me importaba tanto lo que hiciera Lottie? ¿Por qué ver a William mirándola de esa manera me daba ganas de cruzar el salón y sacarla de su lado?

No tiene sentido, Nathaniel, me dije con amargura. Si yo amaba a Evelyn y mi vida le pertenecía a su memoria, el regreso de Lottie no debería haberme afectado. Verla con otro hombre tendría que haberme dado tranquilidad, la certeza de que había rehecho su vida. En cambio, solo sentía rabia, celos y una desesperación que amenazaba con destruir la poca paz que me había costado años construir.

Unos golpes suaves en la puerta interrumpieron mis pensamientos.

Levanté la vista. Rosie, la mujer que es nana de mi hija Amelia y que mantenía esta casa en pie, estaba en el umbral. Sostenía una taza humeante y me miraba con esa serenidad que parecía leerme la mente.

—¿Todavía despierto, Nathaniel? —preguntó con voz suave mientras entraba al estudio—. Ya pasó la medianoche y sigues dándole vueltas a los mismos fantasmas.

Recosté la cabeza contra el respaldo de cuero del sillón y solté un largo suspiro.

—Vino con él, Rosie —dije sin filtro, incapaz de ocultar mi rabia y mi confusión—. Vino a la boda con William Ashford. Se veía demasiado cómoda a su lado... Y no lo entiendo. ¡No entiendo nada! Se supone que mi vida y mi amor le pertenecen a Evelyn. Ella murió y yo elegí estar a su lado. Entonces, ¿por qué me duele ver a Lottie con otro? ¿Por qué siento esta maldita rabia?

Rosie se acercó al escritorio, dejó la taza con cuidado y se cruzó de brazos, mirándome con una mezcla de cariño y firmeza.

—Porque una cosa es el deber, hijo, y otra muy distinta es lo que siente el corazón —respondió sin rodeos—. Amaste a Evelyn, sí, y cargas con el dolor de su muerte. Pero tu luto no va a borrar lo que sentiste por Charlotte. Te niegas a aceptar que hay una parte de ti que nunca dejó de quererla. ¿Te molesta ver a William Ashford con ella? Claro que te molesta, porque en el fondo sigues creyendo que te pertenece un lugar que ya no es tuyo.

Sus palabras cayeron como un balde de agua fría. Quise decirle que se equivocaba, que mi amor por Evelyn era intocable, pero en el fondo sabía que decía la verdad.

—No vine a hablar de ella, Rosie —murmuré, evitando su mirada y concentrándome en el vaso—. Vine a pensar en Amelia. Lo demás ya no importa.

Rosie suavizó la mirada, entendiendo la tormenta que intentaba ocultar.

—Hablando de la niña... —dijo con cautela—. Has estado muy distante estos días, Nathaniel. Y Amelia lo nota. Ayer me preguntó si estabas enojado con ella porque no cenaste con ella.

Un escalofrío me recorrió la espalda. Dejé el vaso de golpe sobre la mesa, sintiendo que me faltaba el aire.

—¿Te preguntó eso? Yo jamás estaría enojado con mi hija.

—Lo sé, hijo. Sé que te refugias en el trabajo y en el recuerdo de Evelyn para no enfrentar tu dolor —dijo Rosie —. Pero Amelia no necesita un imperio ni una cuenta bancaria llena. Te necesita a ti. Necesita al padre que juega con ella en el jardín, no a un hombre encerrado en este escritorio destruyéndose por cosas que ya no puede arreglar.

El silencio que siguió me golpeó de lleno. Rosie tenía razón. Mientras me consumía en esta pelea interna entre el recuerdo de Evelyn y los celos por ver a Lottie con William, estaba dejando de lado lo único verdaderamente importante.

Me puse de pie despacio. Asentí en dirección a la mujer que había mantenido unida a esta familia.

—Gracias, Rosie. Tienes toda la razón.

Salí del estudio y subí las escaleras directo a la habitación de mi hija.

Entré en silencio. La luz tenue de la lámpara iluminaba suavemente las sábanas. Amelia dormía profundamente, abrazada a un viejo oso de peluche que había sido de Evelyn. Tenía la respiración tranquila, ajena a todo este caos.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.