Cuando Dejé de Buscarte

17 - La sombra del pasado

POV: Charlotte Whitmore

El eco de mis tacones resonaba sobre el mármol del recibidor con una firmeza casi calculada, como la cuenta regresiva hacia el final de una etapa. Llevaba dos días encerrada en el estudio con la carpeta de cuero negro que me entregó mi padre. Las páginas llenas de balances, informes financieros y proyecciones de Whitmore Holdings ya no me resultaban ajenas; ahora entendía cada gráfico y cada cifra, desafiándome a asumir lo que por derecho me correspondía.

Londres me había enseñado a hacerme fuerte y a defenderme en un mundo corporativo donde la debilidad se paga cara. Pero huir no era ganar. Y ver a mi padre arriesgar su salud por esperarme... eso terminó de convencerme.

Cuando llegué a casa esa tarde, la puerta del estudio estaba abierta. Mi padre estaba junto al ventanal, observando el jardín con una taza de café en la mano. Se le veía cansado por los años, pero también expectante.

Me escuchó llegar y se giró de inmediato, buscando en mis ojos una respuesta antes de que hablara.

—Veo que trajiste la carpeta contigo, Lottie —dijo con su voz ronca pero llena de curiosidad—. Eso significa que los números no te asustaron tanto.

Me acerqué al escritorio con paso firme, dejé la carpeta sobre la caoba y lo miré a los ojos con la misma determinación que él me había enseñado desde niña.

—Los números son claros, papá. Las fallas que arrastra la empresa desde el último trimestre se pueden corregir si reestructuramos la deuda externa —respondí sin dudar—. Lo revisé todo: contratos, filiales y riesgos.

Mi padre me miró sorprendido por un segundo, antes de que una sonrisa de profundo orgullo apareciera en su rostro. Dejó la taza en la mesa y se acercó a mí con un brillo de triunfo en la mirada.

—¿Entonces...? —preguntó en un susurro lleno de esperanza.

—Acepto, papá —dije, sintiendo una mezcla de vértigo y fuerza en el pecho—. Tomaré la presidencia de Whitmore Holdings. Voy a asumir el cargo, haré los cambios necesarios y demostraré que la empresa no solo mantendrá su nombre, sino que va a crecer aún más.

Mi padre soltó un suspiro de alivio. Se acercó en dos pasos y me dio un abrazo tan fuerte que casi me dejó sin aire. Apoyó la cabeza sobre mi cabello y sentí cómo sus hombros temblaban ligeramente.

—Sabía que lo harías. Llevas la fuerza de los Whitmore, mi niña —murmuró con la voz cortada por la emoción—. Estoy tan orgulloso de ti... no sabes el peso que me quitas de encima. Mañana te presentaré ante el consejo y anunciaré mi retiro.

Me aparté despacio con una sonrisa en los labios, sintiendo que por fin estaba en el lugar correcto.

—Gracias por confiar en mí, papá.

—Siempre, Lottie. Siempre —respondió. Sin embargo, la sonrisa orgullosa que llevaba en el rostro se desvaneció lentamente, siendo reemplazada por una sombra de preocupación—. Aunque... hay un detalle del que tenemos que hablar. Algo que surgió la semana pasada mientras cerrábamos los últimos pendientes.

Fruncí el ceño, sintiendo que el ambiente en el estudio se volvía más denso.

—¿Qué tipo de detalle? Si hay algún problema legal con las acciones o un asunto fiscal, podemos revisarlo con los abogados de una vez...

—No, no se trata de finanzas ni de asuntos legales —me interrumpió, levantando una mano para tranquilizarme mientras se apoyaba en el borde de su inmenso escritorio de caoba—. Es sobre una alianza estratégica que lleva meses negociándose. Un proyecto colosal. Una asociación entre Whitmore Holdings y Sinclair Group.

El nombre resonó en las paredes de la habitación como un trueno distante.

Sinclair Group.

El aire se atoró en mi garganta durante una fracción de segundo. Pero, a diferencia de lo que me habría pasado tres años atrás, el mundo no se detuvo. Mis manos, apoyadas sobre mis rodillas, no temblaron. Escuchar ese nombre tocó una cicatriz antigua y profunda, pero ya no me desarmó. Mantuve la calma. Las incontables horas de terapia en Londres, las lágrimas derramadas en soledad y el enorme esfuerzo de aprender a reconstruirme pieza por pieza, por fin estaban dando frutos reales.

—¿Sinclair... Group? —repetí. Mi voz sonó tranquila, controlada, casi distante, aunque por dentro cada músculo de mi cuerpo se había tensado en modo de alerta.

—Sí, Lottie —asintió mi padre con cautela, escudriñando mis ojos en busca de cualquier señal de pánico—. Es un proyecto inmobiliario y tecnológico de cientos de millones de dólares. La junta directiva ya dio luz verde. Es oficial. Pero al tomar la presidencia, te tocaría a ti encabezar las reuniones, supervisar el desarrollo y firmar el contrato definitivo frente a ellos.

Giré el rostro hacia la ventana, observando las luces de la ciudad mientras procesaba la información. Se me vinieron a la mente mil recuerdos de golpe: el dolor en el pecho, las noches en vela, los ojos grises e impenetrables de Nathaniel Sinclair. Pero en lugar de miedo o ganas de huir, sentí una determinación fría y absoluta.

—¿Por qué con ellos, papá? —pregunté sin perder la compostura, cruzándome de brazos—. Habiendo tantas opciones en el mercado, ¿por qué tuvimos que juntar nuestros caminos con los suyos precisamente ahora?

—Porque en el mundo de los negocios, los rencores personales no pagan las nóminas ni mantienen los imperios, Charlotte —respondió con esa visión práctica y despiadada que lo había convertido en una leyenda, aunque su tono de voz fue comprensivo—. Son los mejores en su área, y nosotros en la nuestra. Es el contrato más importante de la década para esta empresa. Rechazarlo o darle la espalda significaría perder millones y regalarle una ventaja absurda a nuestra competencia directa.




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