Capítulo: La Grieta Pacífica
El entrenamiento había comenzado. Durante veinte días, todos se habían esforzado al máximo, sometiéndose a una rutina agotadora que combinaba artes marciales, manejo de armas y ejercicios de resistencia.
Bueno, todos menos Sasha, quien, en aquel preciso instante, estaba pensando en algo mucho más importante.
Unos panqués recién hechos, acompañados de una taza de café...
¿Qué tenía que ver aquello con el entrenamiento?
Absolutamente nada.
—Llevamos veinte días entrenando y, aun con todo este esfuerzo, estamos lejos de ser lo suficientemente fuertes —comentó Lucas, acomodándose los lentes con una expresión de desaliento.
Los demás intercambiaron miradas. Aunque ninguno lo dijo en voz alta, todos compartían su preocupación.
Lyan, que había permanecido observándolos en silencio, sonrió con confianza.
—Tienen razón. Veinte días no son suficientes para alcanzar un nivel de combate extraordinario. Sin embargo, este entrenamiento solo constituye la base de lo que tengo planeado. Han aprendido técnicas de combate cuerpo a cuerpo, manejo de armas y otros recursos que les serán útiles en el futuro. Pero todavía no han visto mi plan completo.
Retrocedió unos pasos y extendió el brazo hacia una pared cercana.
—Observen.
De pronto, varias líneas luminosas aparecieron sobre la superficie. Se entrelazaron formando figuras geométricas que parecían obedecer a un patrón desconocido. Un agudo chillido resonó en el lugar y, poco a poco, el espacio comenzó a deformarse.
Una grieta se abrió frente a ellos.
Su interior resplandecía con tonalidades anaranjadas, doradas y rojizas. La luz palpitaba suavemente, como si aquella abertura estuviera viva.
Los chicos contemplaron el fenómeno con asombro.
—Esta es una Grieta Pacífica —explicó Lyan—. Solo se abre dos veces al año y, mientras conserva su estado natural, nadie puede sufrir daño en su interior. Incluso si alguien entra con heridas mortales, su cuerpo se recupera por completo.
Lucas se acomodó los lentes. Sus ojos recorrieron la abertura mientras procesaba la información.
—Ya veo. Si es capaz de curar heridas mortales, entonces podemos aprovecharla para llevar nuestro entrenamiento más allá de los límites normales, ¿no es así?
—Exactamente. Muy bien, Lucas. Se nota que eres el más perspicaz del grupo.
Lyan hizo una pausa y volvió la mirada hacia la grieta.
—Hay algo más. Este lugar no altera el tiempo, pero sí fortalece las capacidades de los seres vivos. ¿Cómo lo hace? Sinceramente, todavía no lo sé.
—Entonces, si entramos, ¿nuestras capacidades de combate mejorarán gracias al entrenamiento que hemos realizado? —preguntó Valente.
—Así es. No experimentarán un aumento descomunal, pero cualquier mejora puede marcar la diferencia cuando llegue el momento de enfrentarse a un peligro real.
—¡Qué grieta tan bonita! ¡Tengo que pintarla! —exclamó Sasha, contemplando los colores con los ojos brillantes.
—Después tendrás tiempo para eso —respondió Lyan, divertido—. Por ahora, entremos.
Todos asintieron.
Uno a uno, cruzaron la abertura.
Una extraña energía los envolvió en cuanto atravesaron el umbral. Por un instante, sintieron una ligera presión sobre sus cuerpos, como si el espacio estuviera reconociendo su presencia.
Al otro lado se extendía un paisaje imposible de describir a primera vista.
El suelo parecía estar formado por una sustancia cristalina que reflejaba los tonos anaranjados del cielo. A lo lejos se alzaban estructuras rocosas de formas irregulares, suspendidas sobre una superficie que se perdía en el horizonte. Pequeñas partículas luminosas flotaban en el aire, desplazándose lentamente como diminutas estrellas.
No había señales de una ciudad, de caminos ni de construcciones humanas. Aquel lugar parecía existir al margen de todo lo que conocían.
Los chicos avanzaron con cautela, incapaces de ocultar su asombro.
—Así que esto es... una grieta vista desde dentro —murmuró Lucas, examinando el entorno con detenimiento.
—Por cierto, Lucas, tengo algo para ti.
Lyan se acercó y le entregó un brazalete de apariencia tecnológica. Su superficie oscura estaba recorrida por finas líneas luminosas que se encendían y apagaban con un ritmo irregular.
Lucas lo sostuvo entre sus manos, examinándolo desde distintos ángulos.
—¿Qué es esto?
—Un dispositivo de análisis. Conociendo tu capacidad intelectual, creo que podrás utilizarlo sin demasiadas complicaciones.
—¿Y qué se supone que hace?
—Eso tendrás que descubrirlo.
Lucas arqueó una ceja, aunque no tuvo tiempo de formular otra pregunta. En cuanto se colocó el brazalete, un destello recorrió su superficie.
La luz cambió de intensidad y de color.
Entonces ocurrió algo extraño.
Una sucesión de datos, imágenes y conceptos comenzó a aparecer en su mente. No eran pensamientos propios, sino información que parecía proceder directamente de aquel lugar. Era como si el dispositivo le permitiera interpretar ciertos aspectos de la grieta sin necesidad de examinarlos uno por uno.
Lucas retrocedió un paso, sorprendido.
—Esto es... increíble.
Miró el brazalete, tratando de comprender lo que acababa de experimentar.
—Parece que puedo acceder a parte de la información de esta grieta. Puedo identificar algunas de sus propiedades y... sí, parece que realmente es imposible morir aquí mientras conserve este estado.
Hizo una pausa, concentrándose en los datos que recibía.
—También detecta un incremento en nuestras capacidades de combate cuerpo a cuerpo y en el manejo de armas. Aunque todavía no comprendo cómo calcula esa información.
Los demás se miraron entre sí, atónitos.
—¡Perfecto! ¡Funcionó! —exclamó Lyan, incapaz de ocultar su alegría—. Sabía que tú podrías utilizarlo sin demasiadas complicaciones. Al capitán le encantará saber que el dispositivo funciona.