La casa había recuperado la tranquilidad. Después de todo lo ocurrido en la Grieta Pacífica, los chicos habían conseguido regresar sanos y salvos, aunque no precisamente ilesos. El lugar permanecía tal como lo habían dejado antes de partir: los muebles en su sitio, los objetos desperdigados y aquella familiar sensación de estar, por fin, a salvo.
Lucas, sin embargo, seguía dándole vueltas a una pregunta.
—Lyan, ¿quién era ese capitán del que hablaste cuando me entregaste el brazalete?
Lyan guardó silencio durante unos segundos. Pareció rebuscar en sus recuerdos hasta que, con una pequeña sonrisa, cayó en la cuenta.
—Vaya, es verdad. Llevamos un tiempo conviviendo y todavía no les he hablado de la capitana.
Los chicos levantaron la mirada.
—Bueno... Supongo que ha llegado el momento de contarles una historia.
Sasha dejó los pinceles sobre la mesa y se acercó, todavía con algunas manchas de pintura en los dedos. Lucas tomó asiento frente a Lyan, dispuesto a escuchar cada detalle. Einar se acomodó como pudo, procurando no apoyar demasiado peso sobre sus heridas. A su lado, Valente terminaba de ajustar el vendaje que le cubría parte del cuerpo.
Aunque todos habían sufrido durante su última aventura, ninguno presentaba heridas mortales. Al menos, por aquella noche, podían permitirse descansar.
Lyan observó a sus compañeros y respiró profundamente.
—Muy bien. Todo comenzó hace cinco años...
Cinco años antes de la aventura de Einar y sus amigosNo puedo más.
Corría por unas calles oscuras y desoladas, con la respiración entrecortada y las piernas a punto de fallarme. Una espesa neblina se extendía entre los edificios, ocultando las esquinas y convirtiendo cada callejón en una posible trampa.
Era invierno. Una lluvia fina caía sobre la ciudad, empapándome la ropa y haciendo que el frío se me clavara hasta los huesos. Mis zapatos golpeaban el pavimento mojado mientras buscaba desesperadamente un lugar donde esconderme.
Van a alcanzarme.
Apreté los dientes y continué corriendo.
No. No puedo rendirme todavía. Tiene que haber alguna salida.
—¡¿Dónde está ese mocoso?! ¡Lo teníamos acorralado! —rugió una voz a mis espaldas.
Era un hombre corpulento, calvo y de rostro amenazante. Una cicatriz le atravesaba la cara y su vestimenta, demasiado elegante para aquellas calles miserables, contrastaba con la expresión de furia que deformaba sus facciones.
Varios hombres obedecían sus órdenes. Se dispersaban por la zona, inspeccionando los callejones y registrando cada rincón. Algunos llevaban armas; otros, linternas. Los perros ladraban y aullaban mientras sus dueños tiraban de las correas, tratando de seguir mi rastro.
Yo no era más que un fugitivo.
No tenía hogar, familia ni un lugar al que regresar. Había aprendido a sobrevivir robando comida y pequeños objetos que después vendía para conseguir unas monedas. No era una vida digna de admiración, pero era la única que conocía.
El hambre se había convertido en una compañera habitual. El miedo, en cambio, nunca dejaba de sorprenderme.
Lo peor no era pasar frío ni dormir en lugares abandonados. Lo peor era pensar que, después de todo lo que había hecho, quizá ya no existía un camino de regreso.
Había cometido errores. Había tomado decisiones desesperadas y pronunciado palabras que no podía retirar. Cada día parecía hundirme un poco más en una vida de la que ya no sabía cómo escapar.
Y aquella noche, por primera vez en mucho tiempo, sentí que realmente iba a terminar todo.
Encontré un edificio abandonado y me introduje en él. Subí unos escalones agrietados hasta llegar a una habitación vacía, con las paredes desconchadas y los cristales rotos. Me oculté detrás de unos muebles viejos y contuve la respiración.
Las voces se acercaban.
—¡Registren el edificio! ¡No puede haber llegado muy lejos!
Escuché pasos en la planta inferior. Después, el ruido de una puerta al abrirse.
Uno de los hombres gritó algo que no logré distinguir.
Me abracé las rodillas, intentando controlar los temblores. No podía seguir corriendo. Apenas tenía fuerzas para mantenerme en pie.
Por favor... Que se vayan.
Los pasos resonaron en las escaleras.
Cerré los ojos.
Entonces, una voz habló desde la oscuridad.
—Eh, chico. ¿Necesitas ayuda?
Levanté la cabeza de golpe.
No había visto entrar a nadie. De hecho, no estaba seguro de que aquella voz procediera de una persona que se encontrara realmente en la habitación.
Sin embargo, había algo extraño en ella. Era profunda y firme, pero también cálida. No transmitía amenaza ni impaciencia. Por alguna razón, escucharla me hizo sentir que podía bajar la guardia, aunque solo fuera durante unos segundos.
—Sí... —respondí con la voz quebrada.
Las lágrimas comenzaron a deslizarse por mis mejillas.
—Tengo miedo. Ya no puedo más... No puedo seguir huyendo.
Intenté contener el llanto, pero no lo conseguí. Había soportado demasiado durante demasiado tiempo. En aquel momento no necesitaba fingir que era fuerte ni convencer a nadie de que podía arreglármelas por mi cuenta.
Solo quería que alguien me escuchara.
La voz guardó silencio brevemente.
—Está bien, chico. Vamos a ayudarte. Pero tendrás que venir con nosotros.
Me sequé las lágrimas con la manga.
—¿Con quiénes?
La respuesta no llegó de inmediato.
De pronto, las paredes comenzaron a deformarse.
Unas líneas irregulares aparecieron sobre la superficie, como si la estructura del edificio estuviera siendo atravesada por una fuerza invisible. El aire vibró. Un estruendo retumbó en la habitación y las sombras parecieron retorcerse a nuestro alrededor.
Entonces, el espacio se abrió.
Una Grieta.
De aquella abertura emergieron cinco personas. Sus siluetas quedaron recortadas contra una luz extraña que no se parecía a ninguna que hubiera visto antes.