Cuando el mundo siguió igual

Capitulo 17 (Un día para recordar)

El grupo se había reunido nuevamente en la casa de Valente. Entre bromas, conversaciones y comentarios sin demasiada importancia, la tarde transcurría con una tranquilidad que hacía tiempo no experimentaban.

El día era cálido, aunque no lo suficiente como para resultar sofocante. Una brisa ligera se colaba por las ventanas y movía suavemente las cortinas. El cielo permanecía despejado y el sol iluminaba las calles con una luz agradable, de esas que invitaban a salir y olvidarse, aunque fuera por unas horas, de cualquier preocupación.

Por primera vez en mucho tiempo, no había una amenaza inmediata de la que preocuparse.

Lyan se puso de pie, atrayendo la atención de los presentes.

—Chicos, quería proponerles algo —anunció, mirando al grupo—. Hemos pasado por muchas cosas últimamente. Creo que nos vendría bien descansar un poco y divertirnos. ¿Qué les parece si vamos a un parque de diversiones?

A su lado, Diantra asintió discretamente. La idea, en realidad, había sido suya.

Lyan la miró de reojo y recordó la conversación que ambos habían mantenido un rato antes, cuando se encontraban a solas.

Unas horas antes…

—Deberías darles un respiro a los muchachos —le había aconsejado Diantra mientras se acomodaba junto a una de las mesas—. Han tenido demasiadas emociones en muy poco tiempo. A veces también es necesario divertirse.

—Lo sé, pero esperaba que mañana retomáramos el entrenamiento —respondió Lyan—. No podemos permitirnos bajar la guardia ahora.

—Y no te estoy diciendo que lo hagamos —replicó ella, con una tranquilidad poco habitual en alguien que solía mostrarse tan severa—. Entrenar es importante, especialmente en las circunstancias actuales. Pero incluso en medio de todo este desastre tiene que haber momentos para ser libres.

Lyan guardó silencio durante unos segundos.

Conocía bien a Diantra. Sabía que detrás de aquella apariencia ruda y de su carácter firme había una persona capaz de preocuparse sinceramente por los demás. No siempre lo demostraba con palabras, pero tenía una forma particular de comprender cuándo alguien necesitaba apoyo, incluso sin pedirlo.

—Supongo que tienes razón —admitió finalmente, sonriendo—. Se lo propondré a los chicos.

—Procura que no termines convirtiendo el paseo en otra sesión de entrenamiento —bromeó Diantra.

—No prometo nada.

Ambos intercambiaron una sonrisa.

Fin del recuerdo.

—No me gustan los lugares donde hay demasiada gente —comentó Einar desde su asiento, sin mostrar demasiado entusiasmo.

Sasha giró hacia él con una expresión divertida.

—¡Ay, Einar! ¡Siempre tan amargado! —exclamó, dándole una palmada en el hombro—. Aunque, pensándolo bien, al menos parece que ya controlas tu telequinesis.

Einar levantó ligeramente la barbilla, disimulando una sonrisa de orgullo.

—Un poco. Ya no muevo los objetos involuntariamente.

—¿Eso significa que ahora puedes hacer que Lucas flote hasta el techo? —preguntó Valente.

—No —respondió Einar de inmediato.

—Qué decepción.

—Puedes intentarlo tú, si tanto te interesa.

Valente soltó una carcajada mientras Lucas negaba con la cabeza, poco impresionado por aquella conversación.

Desde el hombro de este último, Kuro levantó sus pequeñas patas delanteras y observó al grupo.

—A mí no me parece una mala idea. Quiero conocer más lugares y, sobre todo, observar cómo se divierten los humanos.

—¿Y qué esperas encontrar? ¿Un humano que sepa explicar por qué hablas? —preguntó Lucas.

—No. Espero encontrar algo más interesante que tus explicaciones.

Valente se echó a reír.

Lucas miró al escarabajo con una expresión de absoluta desaprobación.

—Definitivamente, no debí permitir que te quedaras en mi hombro.

—Pero aquí estoy.

—Eso es precisamente lo que me preocupa.

—Yo digo que vayamos —intervino Valente antes de que la discusión continuara—. Podemos pedirle al chófer que nos lleve a todos.

—Entonces, está decidido —concluyó Diantra, levantándose junto a Lyan—. No tardará en ocultarse el sol, así que será mejor que nos demos prisa.

Y, entre algunas protestas poco convincentes y comentarios entusiastas, el grupo terminó aceptando la propuesta.

Poco después, todos se acomodaron en una camioneta que los llevaría hasta el parque de diversiones.

Durante el trayecto, las ventanillas permanecieron abiertas. La brisa entraba en el vehículo y acariciaba sus rostros mientras la música, suave y relajante, acompañaba el murmullo de las conversaciones.

Por un momento, la carretera pareció extenderse sin ninguna preocupación a la vista.

Kuro observaba el paisaje con una curiosidad casi infantil. De vez en cuando, preguntaba por algún edificio o señalaba algo que le llamaba la atención, obligando a Lucas a interrumpir sus pensamientos para responderle.

—¿Y ese lugar qué es? —preguntó el escarabajo, señalando un edificio que acababan de dejar atrás.

—Una gasolinera.

—¿Y qué hacen ahí?

—Venden combustible.

Kuro guardó silencio durante unos segundos.

—¿Los humanos necesitan beber combustible para seguir funcionando?

Lucas cerró los ojos y suspiró.

—No quiero responder a eso.

—Entonces, ¿sí?

—No.

—Interesante.

Valente, sentado a su lado, tuvo que contener la risa.

El resto del camino transcurrió entre conversaciones similares, hasta que, finalmente, llegaron a su destino.

El parque de diversiones se extendía ante ellos como un pequeño mundo de luces y colores. Las atracciones se elevaban sobre los edificios cercanos, mientras los letreros luminosos anunciaban juegos, premios y espectáculos. Por todas partes se escuchaban risas, conversaciones, música y los gritos de quienes descendían de las atracciones más emocionantes.

Había familias caminando entre los puestos de comida, grupos de amigos tomando fotografías y empleados que orientaban a los visitantes. Las luces comenzaban a destacar a medida que el sol descendía en el horizonte.



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Editado: 22.10.2026

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