Lucas caminaba junto a Valente por los senderos del parque de diversiones. A su alrededor, las luces de las atracciones comenzaban a destacar con mayor intensidad, mientras la música y las voces de los visitantes se mezclaban en un bullicio constante.
Valente observaba cada juego con una mezcla de curiosidad y temor. Había montañas rusas que se elevaban por encima de los edificios, torres desde las que los pasajeros descendían a gran velocidad y atracciones giratorias que parecían desafiar cualquier sentido de orientación.
Todo aquello le parecía demasiado peligroso.
Y, sin embargo, había algo que le impedía darse por vencido.
Quería superar sus propios miedos.
Lucas, por su parte, no sentía especial temor por ninguna de las atracciones. Simplemente, no le interesaban demasiado. De vez en cuando consultaba su teléfono, como si estuviera esperando encontrar algo más entretenido que todo lo que ocurría a su alrededor.
—¿De verdad tenemos que subirnos a alguno de esos juegos? —preguntó Valente, mirando de reojo una montaña rusa.
—No tenemos que hacer nada —respondió Lucas sin apartar la mirada de la pantalla—. Podemos caminar por aquí hasta que llegue el chófer.
Valente guardó silencio.
La propuesta era tentadora, pero no había ido hasta allí para limitarse a pasear.
Antes de que pudiera responder, Kuro regresó volando y se posó sobre el hombro de Lucas. El pequeño escarabajo parecía particularmente satisfecho consigo mismo. Entre sus patas delanteras sostenía un trozo de algodón de azúcar que, a juzgar por su tamaño, acababa de conseguir de una manera poco honrada.
—Los humanos son criaturas bastante extrañas —comentó mientras le daba un mordisco a su botín—. Pero debo reconocer que saben divertirse. Además, parecen disfrutar mucho de estar juntos. Son muy sociables.
Lucas levantó lentamente la mirada de su teléfono.
Después observó el algodón de azúcar.
Finalmente, miró a Kuro.
—¿De dónde sacaste eso?
—De un humano.
—Eso ya lo veo. ¿De dónde lo sacaste exactamente?
El escarabajo se quedó inmóvil durante un instante.
—Lo tomé prestado.
—¿Prestado?
—Sí. Aunque debo admitir que el humano parecía poco dispuesto a prestármelo.
Lucas dejó escapar un suspiro.
—¡No puedes quitarles la comida a otras personas!
Kuro dio el último mordisco y contempló el pequeño espacio vacío que había quedado entre sus patas.
—Perdón. Además, solo fue un pedacito.
—No se trata del tamaño del pedazo, sino de que no puedes tomar cosas que no te pertenecen.
—Entiendo. La próxima vez pediré permiso.
Lucas lo miró con desconfianza.
—Eso espero.
Valente, que había presenciado la conversación, soltó una pequeña carcajada.
—Déjalo, Lucas. Al menos no se llevó el algodón de azúcar entero.
—Ese no es el punto, Valente.
—Ya lo sé, ya lo sé.
Valente volvió a mirar las atracciones. Su sonrisa se desvaneció poco a poco mientras observaba a un grupo de visitantes que acababa de salir de una de ellas, riéndose y comentando lo emocionante que había sido el recorrido.
Lucas guardó el teléfono y siguió la dirección de su mirada.
—Mira, hay varios juegos por aquí. Podríamos subirnos a alguno.
—¿A cuál?
—No lo sé. Al que quieras.
—¿Al que yo quiera?
—Sí, Valente. Al que quieras.
Valente se frotó el brazo, indeciso.
—Bueno… quizá podríamos empezar por el que dé menos miedo.
Lucas alzó una ceja.
—¿El que dé menos miedo?
—Sí. Para empezar, no está mal, ¿verdad?
Lucas observó las atracciones durante unos segundos, buscando alguna que pudiera considerarse apropiada para alguien que parecía dispuesto a salir corriendo ante la primera señal de peligro.
—Supongo que podemos intentarlo.
Después señaló una atracción de recorrido moderado, cuyos vagones avanzaban por una serie de curvas sin alcanzar demasiada altura.
Valente la contempló detenidamente.
—¿Estás seguro de que eso es seguro?
—Valente, nos enfrentamos a una mantis religiosa mutante hecha de acero. Creo que podemos sobrevivir a un juego de feria.
—¡Pero aquello era diferente!
Lucas guardó silencio, sorprendido por la firmeza de su respuesta.
Valente bajó la mirada.
—Es curioso, ¿sabes? —continuó después de unos segundos—. Uno pensaría que, después de enfrentarse a cosas tan extraordinarias, las cosas normales dejarían de dar miedo.
Hizo una pausa.
—Pero no es así. A veces, lo más cotidiano puede asustarnos más de lo que esperamos.
Lucas dejó de mirar la atracción.
Por primera vez desde que habían llegado, prestó toda su atención a su amigo.
—¿Te da miedo subirte?
Valente tardó un momento en responder.
—Sí.
No intentó disimularlo ni acompañó la respuesta con una broma.
Simplemente, lo admitió.
Lucas lo observó durante unos segundos. Hasta entonces, había considerado que el problema de Valente era una cuestión de falta de costumbre. Nunca se había detenido a pensar en lo que significaba enfrentarse voluntariamente a algo que uno temía, aun cuando los demás lo consideraran insignificante.
—Valente…
Este levantó la mirada.
—Yo estaré a tu lado, ¿de acuerdo? —dijo Lucas con serenidad—. No tienes que demostrarle nada a nadie. Si quieres intentarlo, iremos juntos. Y si al final decides que no quieres subirte, tampoco pasa nada.
Valente lo miró a los ojos.
No era una promesa extraordinaria ni una declaración especialmente emotiva. Lucas ni siquiera parecía consciente de la importancia que podían tener aquellas palabras.
Pero, para Valente, significaron mucho.
Asintió lentamente.
—Está bien. Vamos a intentarlo.
Lucas sonrió apenas.
—Bien. Pero, por favor, no me aplastes la mano cuando empiece a moverse el juego.