Esas seis semanas transcurrieron como si el tiempo quisiera escapar entre sus dedos. Fueron días llenos de charlas profundas hasta el anochecer, de risas compartidas y de sueños que tejían juntos, hilo a hilo. Pero mientras el día de la partida se acercaba, una mezcla de alegría y melancolía empezó a instalarse en sus corazones.
Julián había dudado más de una vez. ¿Valdría la pena alejarse de la persona que más amaba en el mundo? Pero entonces recordaba su propósito: estudiar medicina en Francia, prepararse, construir un futuro sólido… todo para que, algún día muy pronto, pudieran caminar juntos hacia el altar. Era una despedida necesaria, nacida del amor más grande.
Mientras cerraba por última vez las cremalleras de sus maletas, el teléfono sonó. Al ver el nombre en la pantalla, su corazón dio un vuelco.
—¿María…?
—Julián —su voz sonó suave—, ¿puedo ir a verte? Quiero estar contigo estas últimas horas antes de que partas. Necesito despedirme bien.
Se encontraron y pasaron la tarde y parte de la noche juntos en casa de María. Conversaron, recordaron momentos, miraron fotografías y hablaron de todo lo que soñaban para cuando él regresara. No hacía falta nada más que la compañía del otro. Se tomaron de las manos, renovaron sus promesas de amor y se prometieron que la distancia sería solo una prueba que su relación superaría con fortaleza. Se abrazaron con ternura, desando que el tiempo se detuviera, sabiendo que ese cariño sincero los acompañaría siempre.
Cuando la noche avanzó, Julián se despidió y regresó a su casa a descansar. Cada uno se fue a su propio hogar, llevando en el pecho la calidez de ese tiempo compartido y la seguridad de que su amor era verdadero.
Muy temprano, cuando apenas empezaba a clarear el día, el aeropuerto ya estaba lleno de gente que iba y venía, de maletas que rodaban y despedidas que se repetían. Julián estaba junto a sus padres, pero sus ojos no dejaban de buscar entre la multitud. Y entonces la vio: María caminaba hacia él. Sus ojos brillaban, no solo por las lágrimas que contenía, sino por esa luz que solo ella tenía.
Llegó hasta él y, aunque el corazón le dolía como si algo se rompiera por dentro, lo miró con dulzura y firmeza. No diría nada que lo hiciera dudar. No sería un obstáculo. Lo esperaría el tiempo que fuera necesario, porque sabía que él regresaría.
Por los altavoces, la voz rompió el momento:
—Pasajeros con destino a Francia, por favor dirigirse a la puerta de embarque número seis. La puerta cerrará en diez minutos.
María sintió que el aire se volvía más ligero, que el mundo se detenía por un segundo. Julián abrazó a sus padres, les dio las gracias con la mirada, y luego se volvió hacia ella. La tomó de las manos y luego la envolvió en ese abrazo cariñoso que ella extrañaría cada día. Le susurró al oído:
—Te amo más de lo que las palabras pueden decir. Cada día que pase, pensaré en ti. En cuanto llegue, te llamaré. Estaremos siempre conectados, te lo prometo.
La soltó poco a poco, como si cada centímetro que se separaba doliera. Tomó sus maletas y empezó a caminar hacia la puerta. María se quedó allí, de pie, viendo cómo su figura se hacía más pequeña entre la gente. Quiso gritarle que se quedara. Quiso decirle cuánto lo extrañaría ya. Pero se quedó quieta, apretando las manos contra su pecho, y solo dejó que las lágrimas corrieran libremente por sus mejillas.
Y justo antes de desaparecer por la puerta, Julián se volvió una última vez. Levantó la mano y sonrió, esa sonrisa que solo ella conocía tan bien. Y María, con la voz quebrada pero el corazón firme, le susurró al aire:
—Viaja seguro, mi amor. Aquí te espero...
Continuara...
Editado: 23.10.2026