CAPÍTULO 2
Samantha.
Habían pasado apenas cuatro días desde que Alex y yo habíamos empezado a salir.
Cuatro días desde que le había dicho que sí, sin imaginarme demasiado lo que vendría después. Porque, aunque ahora era mi novio, la verdad era que todavía no sabía muy bien cómo comportarme con él.
Me daba vergüenza.
Mucha vergüenza.
Y no era que no quisiera estar a su lado. De hecho, creo que una parte de mí quería pasar más tiempo con él, conocerlo mejor y descubrir qué significaba aquello de tener novio. El problema era que, cuando finalmente estábamos juntos, no sabía qué hacer.
No sabía qué decirle, cómo mirarlo ni cómo actuar con naturalidad.
A veces caminábamos por el colegio y él terminaba dejándome atrás con apenas dos pasos. Alex era mucho más alto que yo, así que, mientras él avanzaba como si nada, yo tenía que apresurarme para no quedarme rezagada.
Era un poco absurdo.
Llevaba apenas unos días siendo su novia y ya tenía que esforzarme para seguirle el ritmo, literalmente.
Además, no es que entre nosotros hubiera demasiada conversación. Todavía estábamos aprendiendo a conocernos y, aunque nos gustábamos, había momentos en los que parecía que no sabíamos qué hacer con aquello que nos estaba pasando.
A veces nos mirábamos durante unos segundos y después apartábamos la mirada, como si alguien acabara de descubrirnos haciendo algo malo.
Y supongo que, en cierto modo, nuestros compañeros estaban a punto de convertirlo en un espectáculo.
Porque, al parecer, para ellos no era suficiente que hubiéramos empezado a salir.
Ahora también teníamos que aprender a besarnos.
Y ellos estaban dispuestos a asegurarse de que lo hiciéramos.
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Todo ocurrió durante un descanso cualquiera.
No recuerdo exactamente quién empezó ni de dónde salieron tantos compañeros. Solo recuerdo que, de un momento a otro, estábamos rodeados y que las preguntas no tardaron en llegar.
-¿Ustedes ya se besaron?
Alex y yo nos miramos.
-No -respondimos casi al mismo tiempo.
Y, por supuesto, aquella respuesta fue suficiente para que empezaran a insistir.
Yo no sabía dónde meterme.
Nunca había besado a nadie. Ni siquiera tenía idea de cómo se suponía que debía hacerlo. Y ahora tenía a un grupo de compañeros pendientes de mi vida amorosa, como si nuestro primer beso fuera un acontecimiento que todos estuvieran esperando.
Nos llevaron detrás de un salón y continuaron molestándonos.
Yo solo quería que dejaran de insistir.
No era que no quisiera acercarme a Alex. Era la vergüenza de hacerlo delante de los demás, de sentir que todos estaban esperando una reacción y de no saber qué hacer si las cosas no salían como ellos querían.
Al final, terminaron convenciéndome mediante un trato que hice con uno de mis amigos.
Todavía me pregunto cómo algo tan sencillo pudo convertirse en una negociación.
Pero así éramos.
O, mejor dicho, así era yo.
Después de todo el descanso escuchando sus insistencias, terminé aceptando.
Alex se acercó.
Y entonces ocurrió.
Sentí sus labios sobre los míos.
Dos segundos.
Quizás ni siquiera fueron tantos.
No sé qué esperaba sentir en ese momento. Tal vez había imaginado que sería diferente, pero la verdad es que no tuve tiempo de pensar en nada. Estaba demasiado nerviosa, demasiado pendiente de lo que estaba pasando y de las personas que seguían alrededor de nosotros.
Cuando sentí que él intentaba continuar el beso, me separé inmediatamente.
No pude evitarlo.
Me dio muchísima vergüenza.
Y allí estaba yo, apartándome de mi primer beso como si acabara de cometer el error más grande de mi vida.
Lo peor era que ni siquiera sabía cómo reaccionar después. No sabía si debía mirarlo, sonreír o fingir que no había pasado nada.
Solo quería que el descanso terminara.
Aquel fue mi primer pico con Alex.
No fue como en las películas, ni ocurrió en un lugar especial, ni hubo un momento mágico en el que el mundo desapareciera a nuestro alrededor.
Fue rápido, incómodo y bastante torpe.
Pero había sucedido.
Y aunque en ese momento no lo sabía, todavía nos quedaban muchos besos por delante.
Lo que yo no podía imaginar era qué había pensado Alex cuando me aparté.
Alex.
¿Ya?
Quizás no había sido exactamente eso lo que pasó por su cabeza. Después de todo, no puedo saberlo con certeza. Pero me gusta imaginar que, durante aquel instante, también debió de quedarse intentando entender qué acababa de pasar.
Porque yo me había separado enseguida.
Tal vez él también estaba nervioso. Tal vez tampoco sabía muy bien qué hacer después de aquel beso que nuestros compañeros prácticamente nos habían organizado.
Éramos novios, sí.
Pero eso no significaba que supiéramos cómo serlo.
Y quizá aquella fuera una de las primeras cosas que tendríamos que aprender: que gustarse no siempre significa saber acercarse al otro.
A veces, incluso cuando dos personas quieren estar juntas, el miedo y la vergüenza terminan hablando más fuerte.
Y nosotros todavía teníamos mucho que aprender.
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Samantha.
Después de aquel día, las cosas no cambiaron de repente.
Seguía dándome vergüenza besar a Alex. Cada vez que intentábamos hacerlo, parecía que tenía que reunir el valor suficiente para dar un paso que, para otras personas, probablemente no significaba demasiado.
Y, para ser sincera, él tampoco parecía tener demasiada experiencia.
Recuerdo especialmente nuestro primer intento de darnos un beso de verdad.
Fue un desastre.
Alex abrió muchísimo la boca y terminó llenándome de saliva la zona de los labios. Yo intenté seguirle el ritmo, moviendo los míos un par de veces, pero aquello no parecía funcionar.
No sé qué expresión tendría en la cara, pero estoy casi segura de que no era precisamente la de una niña enamorada viviendo el beso de sus sueños.