-capitulo 3-
Samantha.
Sonó el timbre del descanso y, como de costumbre, salí del salón junto a Em.
Ya habían pasado casi dos meses desde que Alex y yo habíamos empezado nuestra relación. Dos meses desde aquel sí que, sin que yo lo supiera, terminaría convirtiéndose en el comienzo de una historia que todavía tenía muchísimo por contar.
Y, aunque seguía siendo la misma muchacha que al principio se ponía nerviosa por cosas tan sencillas como besarlo, había algo que empezaba a cambiar en mí.
Poco a poco, me estaba acostumbrando a tenerlo cerca.
Ya no sentía exactamente los mismos nervios de los primeros días. Había empezado a soltarme un poquito más con él, a disfrutar de nuestros momentos sin pensar tanto en qué debía hacer o cómo debía comportarme cada vez que estábamos juntos.
Aunque eso no significaba que la vergüenza hubiera desaparecido por completo.
Todavía había momentos en los que no sabía dónde mirar, cosas que me daba pena decir y gestos que me hacían sonreír sin saber muy bien cómo disimularlo. Supongo que una parte de mí todavía estaba aprendiendo a sentirse en confianza con él.
Pero ya no era como antes.
Ahora, cuando lo veía, me nacía acercarme a saludarlo. Sus abrazos comenzaban a sentirse familiares y aquellos pequeños besos que al principio me ponían tan nerviosa se habían convertido en una parte bonita de nuestra relación.
No es que de repente supiera cómo ser novia de alguien. Simplemente, estaba aprendiendo.
Y quizá eso era lo más bonito de aquellos primeros meses: descubrir que podía sentirme un poquito más cómoda con Alex cada día, aunque todavía hubiera cosas que me dieran vergüenza.
A veces me preguntaba si él notaba esos pequeños cambios en mí. Si se daba cuenta de que, aunque todavía me costaba mostrarme tal como era, cada vez me resultaba un poquito más fácil acercarme a él.
No tenía una respuesta. Nunca se lo había preguntado.
Pero me gustaba pensar que, de alguna manera, estábamos aprendiendo juntos. Que no teníamos que saberlo todo desde el principio, que podíamos ir descubriendo nuestra propia forma de querernos sin apresurarnos.
-Samantha, ¿me estás escuchando?
La voz de Em me sacó de mis pensamientos.
Parpadeé un par de veces y la miré, un poco confundida.
-¿Qué?
Em soltó una pequeña risa.
-Ay, amiga, ¿en qué estás pensando? Te estoy hablando hace rato.
-Perdón, estaba distraída.
Ella negó con la cabeza, divertida, y señaló hacia las escaleras.
-Bueno, pues deja de distraerte, que ya te están esperando.
Seguí la dirección de su mirada y entonces lo vi.
Alex estaba allí, acompañado de Juan.
Y, de repente, todos aquellos pensamientos quedaron a un lado. Porque una cosa era pensar en lo que significaba tenerlo en mi vida y otra muy distinta era tenerlo delante, esperándome para compartir un ratito juntos.
Me despedí de Em con una sonrisa y me acerqué a él.
Lo abracé y le di un beso en la mejilla.
Quizá para los demás no era más que un saludo entre novios, pero para mí seguía teniendo algo especial. No porque fuera la primera vez que lo hacía, sino porque, poco a poco, aquellos gestos que antes me llenaban de nervios comenzaban a salir de mí con un poquito más de naturalidad.
Juan y Em se quedaron un momento con nosotros, pero al poco tiempo se fueron, dejándonos solos.
Alex y yo aprovechamos para ir al salón de artística. Era uno de esos lugares en los que podíamos estar un rato juntos sin tener que preocuparnos demasiado por los demás.
Cuando llegamos, me acerqué a él y lo abracé.
Me gustaba hacerlo. Todavía me daba un poquito de vergüenza ser tan cariñosa, pero con Alex empezaba a sentir que podía permitirme esas pequeñas muestras de afecto sin pensar tanto en cómo me veía.
Nos quedamos abrazados un momento y después nos besamos.
No era algo nuevo entre nosotros, pero seguía sintiendo esa mezcla de nervios y felicidad que me hacía sonreír sin darme cuenta. A veces no sabía qué decir después de besarlo, así que simplemente me quedaba cerca de él, disfrutando de tenerlo a mi lado.
Y mientras estábamos allí, me llegó un pensamiento que me hizo sonreír por dentro.
¿En qué momento empezó a importarme tanto este niño?
No sabía exactamente cuándo había pasado. Tal vez había sido poco a poco, entre los saludos, los abrazos, los besos y esos ratitos que compartíamos durante los descansos.
No sentía que mi mundo girara por completo alrededor de él, ni que lo conociera tanto como para entender todo lo que había en su cabeza. Apenas estábamos aprendiendo a ser novios.
Pero sí sabía que su presencia empezaba a importarme más de lo que imaginaba.
Y eso, aunque era bonito, también me daba un poquito de miedo.
No por algo que Alex hubiera hecho. Él no me había dado motivos para desconfiar de él. Era más bien algo mío, una sensación que venía de experiencias anteriores, de momentos en los que había sentido que las personas importantes podían alejarse de un día para otro.
Me había pasado con personas de mi familia, con amistades y con gente a la que quería mucho. Por eso, cuando alguien comenzaba a ocupar un lugar importante en mi vida, una parte de mí se alegraba, mientras otra empezaba a pensar en lo que podría pasar si algún día esa persona ya no estaba.
Era extraño. Podía estar viviendo un momento bonito y, aun así, mi cabeza encontraba la manera de preocuparse por algo que ni siquiera había ocurrido.
Intenté dejar esos pensamientos a un lado. No quería arruinar un momento que estaba disfrutando por culpa de cosas que todavía no habían pasado.
Alex se apartó un poquito para mirarme.
-¿Qué tienes?
Lo miré, sorprendida por la pregunta.
-¿Yo? Nada, nada.
Él me observó durante unos segundos, como si intentara descubrir si de verdad estaba bien, pero no insistió demasiado.