CAPÍTULO 4
Samantha
Con el tiempo, Alex y yo empezamos a acostumbrarnos el uno al otro.
Ya no éramos esos dos adolescentes que apenas estaban aprendiendo a estar juntos. Poco a poco, habíamos creado nuestra propia rutina, una de esas que parecen insignificantes para los demás, pero que terminan convirtiéndose en una parte importante de tus días.
Nos buscábamos durante los descansos, compartíamos tiempo en el colegio y aprovechábamos cualquier momento libre para estar juntos.
A veces hablábamos de cualquier tontería, nos reíamos por cosas que probablemente nadie más entendería o simplemente nos acompañábamos mientras pasaba el tiempo.
No necesitábamos hacer nada extraordinario.
A mí me bastaba con verlo.
Y creo que eso era lo bonito de aquellos días: sin darme cuenta, Alex se había convertido en alguien a quien buscaba casi por instinto. Si tenía algo que contar, quería contárselo a él. Si pasaba algo gracioso, quería que estuviera ahí para reírse conmigo.
Habíamos encontrado una manera de estar juntos que, poco a poco, se volvió parte de nuestra vida.
Por esa época, Marisa, una de mis buenas amigas de entonces, empezó a juntarse mucho con nosotros. Sin planearlo demasiado, terminamos formando un pequeño grupo en el que compartíamos los descansos y también algunos momentos después de salir del colegio.
Muchas veces caminábamos juntos y acompañábamos a Marisa hasta cerca de su casa. Después, Alex y yo seguíamos nuestro camino hasta llegar a la esquina donde nos despedíamos.
Había una casa azul una cuadra más abajo de mi casa.
No sé por qué, pero aquella esquina terminó convirtiéndose en nuestro lugar de despedidas.
Era ahí donde, después de pasar un rato juntos, Alex y yo nos quedábamos unos minutos más antes de separarnos.
Y aunque al día siguiente volveríamos a vernos en el colegio, siempre parecía que ninguno de los dos tenía demasiada prisa por marcharse.
Recuerdo especialmente una de esas tardes.
Ya nos habíamos despedido y estábamos en la esquina de la casa azul, a punto de separarnos también.
Lo miré durante unos segundos. No había nada particularmente diferente en aquel día, ni había ocurrido algo que hiciera que ese momento fuera especial.
Sin embargo, mientras lo tenía frente a mí, sentí ganas de decirle algo que llevaba dentro.
-Te amo -le dije.
Las palabras salieron de mi boca y, apenas lo hice, sentí esa pequeña vergüenza que me daba expresar mis sentimientos de una manera tan directa.
Alex sonrió.
-Yo también te amo -me respondió.
Y entonces escuchamos una voz detrás de nosotros.
-¡AYYYY, TODO LINDO, MIS PAPÁS!
Era Marisa.
Me giré hacia ella, sintiendo cómo me daba vergüenza, mientras Alex no podía evitar sonreír.
-¡Mis papás se aman! -continuó, como si estuviera celebrando la noticia más importante del mundo-. ¡Ay, qué lindos!
Marisa ya se había proclamado la hija de nuestra relación desde hacía tiempo, así que, para ella, aquello era prácticamente una confirmación de que su pequeña familia imaginaria seguía intacta.
-Marisa, cállate -le dije, intentando disimular la sonrisa.
Pero ella no tenía ninguna intención de dejarnos tranquilos.
-¿Qué? ¡Si yo soy su hija! ¡Déjenme ser feliz!
Alex y yo terminamos riéndonos de sus ocurrencias.
Y yo, entre la vergüenza y la felicidad, volví a mirarlo.
Era un momento sencillo, de esos que probablemente cualquiera habría olvidado con el tiempo. Pero para mí significaba mucho.
Porque ahí estábamos los tres, riéndonos en aquella esquina, con Marisa molestándonos como siempre y yo sintiéndome feliz de tener a Alex en mi vida.
En ese momento no necesitaba nada más.
No sabía que, tiempo después, recordaría aquella escena con sentimientos tan diferentes.
En ese entonces, solo era Samantha, una adolescente enamorada, convencida de que aquellas palabras significaban lo mismo para los dos.
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No recuerdo exactamente qué día empezó todo.
Solo sé que fue una tarde cualquiera, mientras revisaba las redes sociales desde mi celular.
Estaba pasando publicaciones sin prestarles demasiada atención, hasta que algo en el perfil de Alex hizo que me detuviera.
Su foto de perfil.
Había algo extraño en ella. Algo que no terminaba de entender y que, de inmediato, despertó mi curiosidad.
Me quedé mirando la pantalla durante unos segundos.
¿Quién era esa persona?
¿Por qué compartían una foto de perfil?
Al principio intenté no darle demasiada importancia. Pensé que quizá se trataba de una amiga o que había alguna explicación sencilla para aquello.
Pero, cuanto más lo pensaba, más preguntas aparecían en mi cabeza.
Y yo podía intentar convencerme de que no pasaba nada, pero cuando algo me inquietaba, me costaba muchísimo dejarlo estar.
Así que hice lo que probablemente habría hecho cualquier adolescente con demasiadas dudas y un celular en la mano.
Me puse a investigar.
Entré a los perfiles, revisé las publicaciones y busqué cualquier cosa que pudiera ayudarme a entender qué estaba pasando.
No sé cuánto tiempo pasé haciendo aquello, pero, después de un rato, encontré su nombre.
Selene.
Ella era la chica con la que Alex compartía aquella foto de perfil.
Y entonces descubrí algo que no me esperaba.
Eran novios.
Tenían una relación a distancia y, por lo que pude averiguar, ella había llegado a su vida antes que yo.
Antes de que empezáramos a salir.
Antes de nuestras despedidas en aquella esquina.
Antes de que yo le dijera que lo amaba y él me respondiera que también.
Me quedé mirando la pantalla, intentando asimilarlo.
No entendía cómo podía estar pasando aquello.
Yo creía que Alex y yo teníamos una relación. Creía que, aunque todavía estuviéramos aprendiendo a querernos, al menos había algo que teníamos claro: nos habíamos elegido.