Cuando Vuelva a Llover

5

Estaba en ese auto otra vez, podía sentir en mi nuca recién rasurada la piel desgastada y apestosa a tabaco que recubría el asiento trasero. Ella tomaba su mano con tanto amor… Me miraba a mí mismo en el retrovisor y hacía gestos tontos, lo que era tener doce años. Llevaba en mis manos un dinosaurio, uno nuevo que me habían comprado, de niño me encantaban, Parque Jurásico era mi película favorita. Adoraba cuando mis padres me llevaban al museo a ver los huesos de esas criaturas tan asombrosas. Jugaba con él, lo lanzaba al aire y lo atrapaba, y de pronto gritos y oscuridad.

Al abrir los ojos de nuevo parecía que todo era blanco, a excepción de la sangre, que manchaba todo el interior del carro, que me manchaba por completo a mí, y que goteaba de ella hacia mí, directo a mi rostro.

El grito también salió en la vida real, al despertar. Me levanté otra vez de un salto y sudando, a pesar del frío que envolvía la noche. «¿Cuándo va a parar?», me pregunté entre lágrimas. Tal vez nunca, y eso me aterraba. No podía dormir sin miedo a volver a revivir ese día.

Me fui al patio en silencio, con la respiración agitada y el corazón a punto de salirse de mi pecho. La noche estaba en su mero apogeo, las estrellas estaban cubiertas tras nubes grises. A tientas llegué hasta el interruptor del patio y encendí la pequeña lucecita naranja que apenas iluminaba la estancia. Me recargué en la pared húmeda y me encendí un cigarrillo. El humo me calmó un poco, aunque no tanto como me hubiera gustado. Mosquitos e insectos revoloteaban en torno al foco que recién había encendido y chocaban con él hasta caer muertos. Era curioso cómo se aferraban en ir a la luz, sabiendo que sería su final. El repiqueteo de sus pequeños cuerpos y alas al chocar con el vidrio de la bombilla me empezaba a agobiar, por lo que mejor decidí apagarla y quedarme en total oscuridad. La luna, escondida tras las nubes, ni siquiera me dejaba ver a dos metros frente a mí. Había mucha paz al estar entre la negrura, donde nadie podía verme. La única luz era la de mi cigarrillo, allí donde la brasa quemaba el tabaco que poco a poco me mataba.

Qué difícil era. Vivir era bastante difícil. Pero, si me hubieran dado la oportunidad de elegir, ¿habría aceptado? Ojalá supiéramos la vida que nos va a tocar antes de llegar al mundo. ¿Habría aceptado venir aun sabiendo todo lo que tendría que vivir? No lo sabría decir…

Cuando terminé mi cigarro volví a entrar a mi habitación. Pequeñas gotas de lluvia se habían comenzado a precipitar, y tenía bastante frío… y esa noche no me quería mojar. Mi proyector mostraba en el techo la galaxia de Andromeda. Llevaba tanto tiempo con él que me había aprendido de memoria qué era cada cosa y lugar que proyectaba. Me perdí entre las estrellas y el polvo estelar. Seguía teniendo sueño, pero no quería dormir, tenía miedo de volver a soñar con lo mismo.

Faltaban muchas horas para el amanecer. Tomé la cajita de los curitas y me puse uno nuevo. Mientras lo hacía me fue inevitable recordar la canción que cantaba Luz «Sana, sana, colita de rana», pensé. Me reí como tonto. ¿Qué habrá visto en mí una mujer como ella para desear mi amistad? ¿Eso éramos? ¿Amigos? ¿O tal sólo era un desconocido que le cayó bien? Qué extraño.

Decidí escribirle a Sinaí. Sabía que él trabaja en el turno nocturno de una empresa de tecnología, así que era muy probable que estuviera despierto.

—Hola, amigo, ¿estás ahí? —Le escribí por mensaje desde mi celular.

—Hola, Daniel. Aquí estoy, dime.

—Lamento escribirte, perdóname si estás ocupado.

—¿Cuántas veces te he dicho que no importa si estoy en mitad de un incendio forestal, siempre te voy a contestar?

—Lo sé, lo sé. Perdón.

—Deja de decir tantas veces perdónnnnn, no pasa nada en serio. ¿Qué te cuentas hoy? ¿Y ese milagro que te da por escribirle a tu mejor amigo?

—Lo sé, he estado distante, perdón. Es que ha pasado algo estos días. Y quería contarte, ya sabes, eres la única persona con la que hablo.

—Vuelves a pedirme perdón una vez más y voy y te mojo todos tus cigarros. ¿Qué ha pasado? Y por la misma razón de que soy la única persona con la que hablas deberías de hablarme más. Desde que dejaste de ir al psicólogo no hay nadie más con quien te comuniques. Me preocupas, wey.

—Tiene que ver con eso, de hecho, más o menos.

—¿Volviste a ir al psicólogo? Wey, qué alegría.

—No. Estoy saliendo con una chica.

Sinaí no me mandó otro mensaje, mi celular empezó a vibrar y sonar; me estaba llamando.

—¿Hola? —contesté, confundido.

—¡No mames, wey! ¿Cómo que estás saliendo con una chica? —La alegría y asombro en su voz me hizo sentir incómodo hasta cierto punto, como aquel al que le cantan las mañanitas en su cumpleaños y no sabe dónde esconderse de la pena.

—Bueno, sólo nos hemos visto un día, bueno, dos. Me la encontré en el tren antier, y ayer por mera casualidad me la volví a encontrar casi donde mismo, y me saludó. Platicamos, fuimos a desayunar y al final la acompañé a su trabajo.

—¡Eso hay que festejarlo! —Casi gritaba—. No sabes el gusto que me da saber que por fin estás haciendo algo más que pudrirte en tu cama, wey. ¿Cómo se llama?

—Luz, y lo sé, lo sé, te juro que me siento bien raro. Me parece increíble imaginar que de una u otra manera le haya llamado la atención a una mujer. No estamos saliendo como pareja ni nada de eso, claro que no, nomás ayer fuimos a desayunar y hoy en cuanto amanezca nos veremos de nuevo. Qué tal, ¿eh?




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