Cuando Vuelva a Llover

6

Podía escuchar las risas, oler sus perfumes combinados, el aromatizante del auto...

La alarma me sacó de mis sueños, y lo primero que noté fue la lluvia tocando mi ventana. Deslicé con cuidado la cortina para ver el clima; el huracán aún no se iba. Eso me encantaba. Odiaría los días cuando el calor y el sol volvieran.

Tomé mi computadora para entregar los trabajos que tenía pendientes. Sobre mi escritorio había todo tipo de cosas que necesitaba para sobrevivir: mi tableta gráfica, mis computadoras, mis tabletas, papeles, lápices, colores, pinturas; jamás imaginé que me ganaría la vida dibujando y diseñando, pero no me quejaba, pues podía ganar dinero desde casa, y eso era lo que más me encantaba. Tras enviarlos me metí directo a bañar, no quería que se me hiciera tarde para la cita. ¿Cita? Sonaba tan raro decirlo, pero tal vez eso era. Como en las películas; citas, cafeterías, museos, desayunar juntos, ¿qué estaba haciendo? ¿En qué momento llegué a esto? En el centro de mi mente de alguna u otra manera sentía no merecerlo, pero...

Por primera vez en mucho tiempo escogí la ropa y no me puse lo primero que encontré: unas botas altas que me hacían casi cinco centímetros más grande, una gabardina de cuero negro, un pantalón de vestir negro que me quedaba un poco ancho y una camisa de talla chica que remarcaba mi torso; también era de cuello alto y mangas largas. Sobre mi cabeza, tras peinarme, me puse un bonete color gris oscuro, casi sólo como accesorio, pues la mitad de mi cabello estaba al descubierto, dejando salir mi flequillo al aire y a la lluvia de la mañana.

Eran las nueve, de nuevo estaba en el tren, me sentía nervioso. Tenía la mente bloqueada, como si no pudiera pensar. Aunque sus ojos... sus ojos eran lo único que permanecía, era algo que nunca se iba, por mucho que lo intentara no querían desaparecer. Subí al vagón sin titubear, a pesar de que estaba repleto de gente; todo el trayecto me fui apretado y con tan sólo la cabeza sobresaliendo entre la multitud. Ni siquiera presté atención a los olores.

Al bajar, ella estaba ahí, de pie, esperándome.

Vestía pantalones entubados cafés, una blusa de manga corta color crema y sobre ella un abrigo con textura de borrego marrón. En sus ojos, como desafiando la etiqueta de vestimenta, bailaban entre líneas y giros colores azules, morados y amarillos. Su delineado se extendía más allá de las comisuras de sus ojos, y subía por encima de sus cejas, un poco, hasta su sien. Se veía maravillosa, ¿cuánto tardaría en hacerse eso? A mí que me encantaba dibujar, me dejaba loco verle el rostro así. Parecía algún tipo de obra de arte lo que se hacía en la cara.

—Exactamente a las nueve treinta, ¡qué puntual es el tren de las nueve! —dijo al verme—. No sé por qué pensé que no vendrías —rio—. Pareces alguien muy tímido, y te entiendo, la verdad a mí también me aterraría mucho tener que volver a salir con alguien como yo, ¿entiendes? ¿Tú crees que estoy loca? No me respondas. ¿Tienes hambre? Yo ni siquiera pude cenar anoche, lo sé, es terrible. Así que sí, yo sí me muero de hambre, ¿qué quieres que desayunemos? ¡Ah, mira! —Se señaló el ojo—. Te dije que me haría algo con el color azul que vi en el arcoíris. ¿Qué te parece? Tuve que borrarlo como cien veces para que me saliera bien, no sé por qué estaba un poco nerviosa. Tal vez por ti, qué raro, ¿no te parece? Es decir, no manches, imagínate la casualidad de que hayamos nacido en el mismo lugar y en la misma época, ¿no te parece una casualidad extremadamente rara? Todo lo que tuvo que haber pasado tanto en la vida de nuestros antepasados como en nuestra vida para que estemos los dos aquí, juntos, de pie.

¿Cómo carajo le respondía a todo eso? Ni siquiera me dijo buenos días. Incluso se me había olvidado lo primero que habló.

—Sí —respondí tras meditar un momento.

—Sí, ¿qué? —El gesto de confusión en su cara hizo que se le arrugara todo el rostro.

Intenté hacer tanta memoria como pude.

—Sí quiero desayunar, y sí, es mucha coincidencia.

—¿Y lo demás?

—¿Qué era lo demás?

—Olvídalo —rio—. Es que a veces digo muchas cosas a la vez. No eres la primera persona que no me responde bien las cosas que le digo, así que no te preocupes. Es que no sé, siento que tengo muchas cosas que decir, después de pasar tanto tiempo sin poder hablar... —Se calló un instante y me miró desde abajo, como si esperara a que le hiciera una pregunta—. Olvidemos eso —dijo finalmente cuando vio que no iba a hablar—. Siento que puedo hablar contigo de cualquier cosa, me gusta que no hagas muchas preguntas. Me cae mal la gente que hace muchas preguntas, cosa graciosa, porque yo siempre suelo hacer preguntas.

—Y muchas —añadí.

Ella sonrió y me tomó del brazo.

—Ven, vamos para afuera. ¿Qué tal seguiste de tu dedo?

—Está mejor, la herida no fue tan profunda en realidad —le respondí mientras caminábamos hacia el exterior de la estación de tren—. Muchas gracias por los curitas de ayer.

—No hay nada que agradecer, tonto. Te ibas a morir, te salvé; me debes tu vida. —Hizo ademán de tomarme del cuello, pero del susto me hice para atrás. Ella rio mientras se cubría la boca—. Ves, has de creer que estoy loca —decía entre risas—. ¿Te asusto? ¡Boo!

No pude evitar reírme con ella.

Subimos escalones, cruzamos pasillos y llegamos al exterior. Sólo en ese momento me di cuenta del paraguas que llevaba entre manos, pues lo extendió para cubrirse de la lluvia. A mí en lo personal no me gustaba usarlo, pero tampoco le pediría que lo guardara si no se quería mojar…




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