—¿No vas a bajar a comer? —me preguntó Sinaí desde la puerta.
—No tengo hambre.
—Nunca tienes hambre, Daniel.
—La comida sabe feo.
—Sabe bien feo, Pepe y Jorge casi nunca comen tampoco, pero sólo hay eso.
—Quiero pizza.
—Sólo nos dan pizza hasta en Navidad —dijo mientras comenzaba a contar con sus deditos—, y falta muuuuucho tiempo para Navidad.
—No tengo hambre.
—Después de comer vamos a ir a jugar al patio, te veo allá. —Y salió de la habitación haciendo mucho ruido con sus zapatos.
Podía escuchar desde mi litera a todos los niños corriendo escaleras abajo. También escuchaba los gritos de jugueteo, las risas y, de los más nuevos, el llanto. Me tapé por completo con la cobija desgastada que me dieron, olía feo, a humedad. Las señoras que nos cuidaban nos regañaban cada vez que las ensuciábamos porque decían que todas las lavadoras estaban descompuestas, y no querían lavar con sus manos. Menos Lucy, ella me caía bien; siempre que venía a cuidarnos nos traía paletas de cereza y no nos gritaba. También fue ella quien me recibió cuando llegué, semanas atrás:
—A ti te toca en este cuartote, mira —dijo cuando entramos a la recámara aquel día—. ¿Te gusta? ¡Está muy grande!
—¿Por qué hay tantas camas?
—Vas a tener muchos amiguitos que estarán aquí contigo. Como las pijamadas, ¿te gustan las pijamadas, Dany?
—No me digas así. —Mis ojos se llenaban de lágrimas tan rápido que ni me daba cuenta cuándo empezaba a llorar.
—Está bien, Daniel, ven. No llores, mira, aquí vas a hacer a muchos amiguitos. —Se puso en cuclillas frente a mí y con sus dedos limpió las gotas que recorrían mi rostro. De la bolsa de su chamarra sacó una paleta y me la dio—. Si quieres que te ayude a poner las cosas en tu cajón me avisas, ya le pusimos una calcomanía con tu nombre. Vas a dormir allá arriba mira, en la cama de arriba. ¡Qué emoción! Cuando estaba chiquita igual que tú, siempre quise una litera en la que pudiera dormir arriba.
Pero yo no sabía que era lo que les decían a todos los niños nuevos que llegaban. Y que, para eso, tenían que cambiarle la cama de arriba a otro niño. Fue Fernando quien me lo dijo… porque me dieron la cama que antes tenía él.
—Ya deja de llorar para que me regresen mi cama —me decía—. Por eso me caga cuando traen a nuevos. Además, ya estás grande, mocoso.
Mi habitación era en la que dormían los niños de diez a quince años. Fernando tenía catorce.
—Le voy a decir a Lucy que te la regrese.
—¡No! Si le dices va a saber que te dije yo. Deja de llorar y me la van a dar. Si para el lunes no me la regresan, vas a ver.
Y no pude dejar de llorar para el día lunes. Ni siquiera podía comer, ni me juntaba con nadie.
—¡Dany, Dany, Dany! —me gritaba desde la cama de abajo mientras pateaba mi colchón a la hora de dormir.
Yo nada más me hacía bolita y lloraba en silencio. Todos los niños estaban hartos de escuchar a los nuevos llorar. Y si no los dejaba dormir, al día siguiente nadie me iba a querer en sus equipos para jugar.
—¿Ya vieron que si le dicen Dany llora? —decía Fernando cuando estábamos en el patio.
Sólo me prestaron su cama por ser nuevo, ¿por qué se portaba así conmigo? Pero entendía poquito que no había nadie que nos educara, ni que nos enseñara modales. Y él ya iba en la secundaria.
—¿No viste a Sinaí, Daniel?
La llegada de Diego me sacó de mis pensamientos. Me incorporé sobre un codo para voltear a verlo.
—Sí, ya bajó a comer.
—¿Tú ya comiste?
—No tengo hambre.
—Ya te dije que le digas a doña Rosa que Fernando no te deja comer a gusto para que lo regañe.
Mis ojos se cubrieron de lágrimas y me volví a tapar con la cobija, sin responderle siquiera. «Si le digo me va a pegar», pensé mientras apachurraba los ojos.
Quería que todo fuera una pesadilla. Que de pronto despertara y estuvieran ahí conmigo otra vez. No me gustaba estar ahí. No me gustaba la comida, no me gustaba la cama, el cuarto, no me gustaban las señoras que nos cuidaban, ni los otros niños. No me gustaba que Fernando no me dejara dormir, ni que me castigaran cuando hacía algo mal. La primera noche que desperté llorando y gritando me hice pipí; manché todas las cobijas y todo el colchón. Y esa semana no nos cuidaba Lucy. La señora Araceli me hizo lavar las cobijas y quedarme en el tendedero, bajo el sol, todo el día hasta que se secaran, sin poder taparme en la sombrita ni ir a jugar.
—Si me hubieran caído tus miados a mi cama te hubiera quebrado la nariz de una patada —me había dicho Fernando esa ocasión. Desde entonces no le caía bien a casi ningún niño del cuarto, pues las pesadillas se hicieron cada vez más recurrentes.
La segunda vez que me hice pipí en la cama me volvieron a castigar, pero ese día estaba nublado, por lo que no fue tan malo esperar junto a la cobija a que se secara con el viento.
—Daniel —llamaron desde la puerta—. Tu cita con el doctor Javier es a las cinco. Vete a bañar y cámbiate. Lávate los dientes, que no se te olvide.