Cuando Vuelva a Llover

7

Nuestra búsqueda comenzó alrededor de toda la catedral. Mirábamos hacia todas direcciones en busca de un carrito que vendiera elotes, aunque por la lluvia la mayoría de los puestos ambulantes no estaban. Era la desgracia que traía consigo el huracán, al menos por Guadalajara; dificultaba que las personas pudieran vender en sus carritos o puestitos.

—¿Alguna vez te has quedado atrapada en el tren cuando se inunda? —le pregunté.

—¡Sí! Es horrible. Cero recomendado, me dio mucha claustrofobia y desesperación. Y con toda la otra gente gritando y entrando en pánico. ¡Qué horror! Por eso tengo mucho cuidado en subirme cuando llueve. Malditos días lluviosos, de verdad, ya me dijiste que te encantan, pero todavía no lo entiendo —rio mientras sacaba su mano por fuera del paraguas—. Todo húmedo y mojado.

—Tiene su belleza, te lo prometo. Ya aprenderás a apreciarla —le dije.

—¡Mira! Este se parece a ti. —Apuntó a un muñeco de Freddy Krueger que se encontraba en la entrada del Museo de Cera.

—¡Y ese a ti! —Señalé al muñeco Billy de Jigsaw.

Los dos comenzamos a reír mientras nos empujábamos. Luz tropezó y casi cayó al suelo, pero alcanzó a detenerse sosteniéndose de una persona que pasaba a nuestro lado.

—¡Me las vas a pagar! —me gritó, intentando contener la risa.

—¡Perdón, perdón! —dije como pude entre una carcajada ahogada que no pude ocultar.

—¿De verdad me parezco a ese muñeco?

—Claro que no, tranquila.

—De igual manera me las vas a pagar, desgraciado.

Continuamos nuestro camino por Plaza Guadalajara, observamos un momento la catedral desde lejos y recorrimos la calle Pedro Loza. A nuestras narices llegó el característico olor de las donitas del centro. Me fue inevitable taparme la nariz con discreción y evitar respirar.

—¿No te gustan las donitas hediondas? —me preguntó Luz al verme la cara de disgusto.

—Nunca las he probado, pero por el olor no se me antojan nada.

—Tú sí que estás mal de la cabeza, padre santo. ¿Estás seguro de que no eres foráneo o algo así? ¿Siempre has vivido aquí en Guadalajara? Todo tapatío ama las donitas hediondas del centro. Huelen medio turuleko, sí, pero están muy muy buenas. ¿Por qué no compramos una orden? Estoy seguro de que sí te van a gustar.

—Si tú quieres, podemos comprar para ti, pero la verdad a mí hasta se me revuelve el estómago, así que esta vez sí paso.

Luz hizo un pequeño gruñido, pero asintió sin decir nada más.

El puesto de elotes lo fuimos a encontrar hasta el Jardín de San Francisco, al lado de Los Dos Templos. Era un señor mayor el que los vendía encima de su triciclo color naranja. Tras pedirlos, nos sentamos en una de las bancas y comenzamos a comerlos. Frente a nosotros, el templo de San Francisco de Asís se alzaba por encima de las otras edificaciones. Sus adoquines desgastados por el paso del tiempo ofrecían una vista hermosa, antigua. Rodeado de la lluvia y, por encima suyo, de las nubes grises y espesas, parecía algún tipo de reliquia que lograba conseguir una vista un tanto tétrica. Pero de cierta manera, daba mucha paz.

El sonido de la lluvia era reconfortante. Como si el cielo mismo estuviera tocando una melodía para nosotros.

—¡Hijo de su pinche madre! —exclamó Luz mientras sorbía por la nariz y comenzaba a inhalar y exhalar de manera exagerada—. ¡No manches, está bien enchiloso!

—¿No estás acostumbrada a comer picante?

—¡Sí! Pero ese chile de aceite está bien picoso. El don lo hizo enojado de seguro. No siento la lengua, ayuda.

Luz sacaba la lengua y se intentaba echar aire con una de sus manos.

—Ven, vamos por un agua.

Cerca de ahí había un puesto donde vendían aguas frescas de todos los sabores que uno se podría imaginar. Noté los colores de cada uno de los pequeños garrafones: blanco, para el agua de horchata; rosa, para el agua de fresa; naranja, para el agua de maracuyá, y rojo… para el agua de Jamaica…

—De… ¿de cuál agua quieres tú? —Cerré los ojos un momento, como si estuviera meditando. «Cálmate, cálmate, por favor», me dije.

Era frustrante cómo a veces, por mucho que yo quisiera que las cosas fluyeran con normalidad, había cosas que tocaban esa fibra sensible. Sobre todo, con ese color… solía rechazar trabajos de diseños con tal de no pintar con él. Era el único color que me faltaba en mis pinturas y en mis kits de colores, los tiraba sin pensarlo dos veces.

—Un agua de frutos rojos, por favor —dijo Luz.

Y comencé a sudar, a pesar de que el frío era notorio.

—Para mí de horchata rosa, por favor. —Y me giré para no ver cómo el tipo vaciaba el agua de Luz en su recipiente.

Tras pagar, volvimos a nuestro asiento, pero yo ya no estaba cómodo. Me comencé a sentir desesperado. Luz seguía jadeando por lo enchilada que estaba, el viento soplaba con más fuerza, la lluvia se precipitaba con más intensidad, los sonidos de nuestro alrededor se hicieron más fuertes; las charlas, las risas, los cláxones de los autos.

Luz bebió por el popote de su agua, y, combinado con el chile y la desesperación de beber deprisa, tosió. El agua roja salió de su boca de manera estrepitosa a pesar de que intentó taparse con su mano, pero pronto todo se llenó de rojo: su boca, sus manos, su ropa. Volteó a verme con una sonrisa; sus dientes se habían tornado rojos y por la comisura de su boca descendían gotas carmesís.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.