Un trago de más – Maca & Gero
Becky
-Jueves 26 de agosto 2027-
8:27pm.
- ¿Wyatt, qué te sucede? –pregunto, con voz suave.
Tiene algunos mechones húmedos pegado a la frente. Debe de llevar rato bajo la lluvia. Tiene la respiración agitada, su mirada no es la de siempre, hay algo raro en él.
Me mira confundido. No lo juzgo. Mi aspecto no es el más favorable, tengo el cabello atado en un moño descuidado, mi ropa está empapada.
- Becky… yo… –frunce el ceño y vuelve a pasarse la mano por el cabello para quitárselo del rostro– ¿Qué haces aquí?
- Estaba comprando unas cosas y al pasar vi tu auto y a ti fuera y… no creo que mojarte hasta enfermar sea parte de tu currículo –intento bromear.
Al menos logro hacerlo reír un poco.
- Sí, tienes razón… –dice, y sacude la cabeza– solo estaba manejando y antes de hacer una locura preferí aparcar –suspira.
- Ya. Debes estar muy molesto para llevar tanto rato bajo la lluvia y no haberlo notado.
- ¿Hace cuánto llueve? –pregunta entonces.
Por lo sincera que suena su pregunta creo que ha estado perdido en su mente por un largo rato. En algo nos parecemos.
- Como unos diez minutos –respondo.
Eso parece desconcertarlo. Palpa sus bolsillos hasta sacarse el móvil y me mira de reojo mientras intenta encenderlo.
- No me había fijado. Se me ha pasado el tiempo. Yo… voy a llamar a Theo para ver si mis tíos no están para quedarme allá –murmura.
¿Por qué tendría que quedarse en casa de Theo?
Claro que quiero preguntarle, pero no sería apropiado. No es como que sea de mi incumbencia, ¿verdad?
Cruzo los brazos sobre mi pecho intentando buscar calor. Lo veo marcar y tras un primer tono Theo contesta:
- ¿Wyatt? –habla tan alto como para que Wyatt deba alejarse el celular de la oreja y, de paso, yo escuche.
- ¿Estás en casa?
- ¿Yo? No, no estoy en casa. Sasha y yo vinimos a una fiesta en casa de Cris. ¿Por qué? ¿Necesitas algo?
- Ah, vale… tranquilo, solo era para llevarte unas galletas –miente–. Se las daré a Maddie… buenas noches, Theo –cuelga antes de que Theo pueda dar alguna respuesta.
La lluvia ha cesado. Solo se oyen algunos truenos a lo lejos. Creo que preocuparme por alguien más me ha hecho olvidarme de la crisis de ansiedad que me estaba empezando. Por eso salí de casa, fui a la farmacia buscando unas pastillas.
- Se hace tarde –comento–. ¿No tienes donde pasar la noche? –pregunto, él niega y suspira.
- Buscaré un hotel –dice, con la mirada perdida.
No sé si es lo decaído que se ve o por alguna otra razón. Pero no me doy cuenta de mis palabras hasta que las digo:
- Tengo una habitación libre en casa.
- ¿Qué…?
Vale. Ya no me puedo echar para atrás.
¿No que muy valiente?
- Que puedes quedarte en mi casa… eh… si quieres, claro.
- ¿De verdad?
- Sí, por supuesto. Seguro es más cómodo que dormir en un hotel. Puedes guardar el auto en el garaje.
- Gracias, Roja… de verdad lo agradezco –dice, con una sonrisa más sincera.
- Dámelas cuando estemos en casa. No es muy lejos de aquí.
Me doy la vuelta y camino a mi camioneta. Subo y conduzco hasta la casa. Abro el garaje y aparco dejándole espacio al auto de Wyatt.
Luego de entrar le indico donde está el cuarto de baño y le dejo un par de toallas. Subo las escaleras y entro a la primera habitación a la derecha.
Mi tía tiene la costumbre de dejar un juego de mantas en el armario, así que, las saco y se las dejo en la cama. Para cuando salgo aun oigo la ducha del baño de invitados en el piso de abajo. Será mejor que use la ducha de la habitación de mi tía. Si sigo empapada puedo coger un resfriado.
8:52pm.
Termino de cepillar mi cabello y observo mi reflejo en el espejo. Por lo menos ya no parezco haber estado corriendo una maratón. Llevo el mechón de siempre tras mi oreja y salgo del baño.
Hay un olor a pancakes recién hechos cuando bajo las escaleras.
Al entrar a la cocina lo encuentro con las manos en la masa, literalmente.
Me apoyo en el marco de la puerta y cruzo los brazos sobre mi pecho. Me aclaro la garganta, él levanta la mirada y deja a un lado el tazón que tenía en sus manos.
- Supongo que no has comido todavía. Pensé que te gustaría algo ligero –dice, con media sonrisa dejando en la isla un plato.
Desde que recibí mi diagnostico puedo decir que soy experta en hacer pancakes de avena. Son mis favoritos. Creo que los podría hacer hasta con los ojos cerrados, pero estos… se ven hasta esponjocitos.
- La verdad sí, sí me apetece –digo, acercándome para sacar algunos cubiertos de la gaveta.
Vamos a la mesa y comenzamos a comer. De vez en cuando le echo algunas miradas furtivas. He notado que cuando come cada tanto se pasa el dorso de la mano por la nariz. Me parece un gesto algo tierno.
Después de un rato en silencio, él lo rompe.
- Te gusta leer, ¿no?
Sigo su mirada hasta una, de las muchas estanterías que hay en esta casa. Vuelvo a mirarlo y asiento con una sonrisa algo tímida.
- Al menos las páginas no te lastiman… pero ese no es mío. Yo no sería capaz de leer libros de misterio sin romance de por medio. Son de mi tía y su esposo.
- No puedes decir que los libros de misterio no son lo mejor del mundo –dice, súper ofendido–, esos son los mejores.
- No dije que no sean buenos –me quejo–. Solamente dije que no leo aquellos que no tienen romance.
Tal parece que mi defensa no sirve de nada, porque se levanta, camina a la estantería y toma un libro. Vuelve y se sienta.
- Tienes que haber leído, por lo menos este libro –dice, dejándolo entre nosotros.
- Pues claro, lo he leído unas cuatro veces. Terror en la mansión Bertrand es una de las únicas excepciones –respondo.