Cuentos Llenos de Gracia (de Bestias de la Edad Oscura)

Qué Extrañas tus Orejas

Clavó los ojos en aquel árbol, en su tronco vasto, en sus ramas grises, y luego en sus hojas rojas y holgadas como pétalos de rosa, a medida que alzaba la vista. Era enorme, al menos cuatro veces más alto que aquel espino que la trajese a Áes Sídhe. Su espesura roja irradiaba cierto brillo, cierta aura furtiva, pese a que el cielo se encontrase asaltado por nubes cenicientas.

Grace cerró la boca, cuando se percató de que se había quedado boquiabierta.

Pero Hazel parecía demasiado concentrado como para notar que sacaba la lengua mientras con una piedra afilada tallaba su nombre en la corteza.

Si lo que le decía era cierto, sobre aquel árbol único entre los de su clase los viajeros tenían la costumbre de grabar su nombre. Y tanto era así que, por más amplio que era su tronco, estaba plagado de arriba abajo y en toda su anchura por inscripciones, la mayoría inteligibles para Grace.

— Esos símbolos... ¿Qué son?

— Se llaman runas — le hizo saber el niño hada. —. Son comparables a las letras que estás acostumbrada a leer.

— ¿De verdad? A mí se me hacen más parecidas a los símbolos que Brigitte traza en sus hechizos.

— A esas también las llamamos runas. — aseguró, tendiéndole la piedra.

Pero estos grabados eran más simples que aquellos que requería la magia; cuestión de unas pocas líneas, que mínima similitud guardaban a las letras del idioma Ánglico.

— Tantos nombres. Muchos años han de haber pasado desde que el primero dejó el suyo aquí.

Las runas que se encontraban más arriba, a cinco metros de altura, debían llevar allí décadas mientras el árbol crecía, o, por el contrario, habían sido escritas por la mano de gigantes.

— Es como si aquellos que hacen magia escribieran sus hechizos en un idioma que ni tú ni yo sabemos leer. — siguió Hazel. —. Te toca escribir a ti.

Tan emocionada como indecisa se sintió al tallar en la madera «Grace Maine» usando las letras que conocía, junto a los nombres de todos los demás viajeros. Cuando se echó hacia atrás, para ver cómo había quedado, sonrió dichosa al comprender que, en el día de mañana algún otro viajero, alguna criatura cuya apariencia ni siquiera imaginaba, leería el nombre de una niña extraña a aquel mundo. ¿O tal vez se preguntaría por qué usaba aquellos símbolos indescifrables?

No pudo evitar preguntarse si volvería algún día en un futuro distante, a visitar aquel árbol, cuando aquellos minutos atrapados en su mente tan solo fuesen un hermoso recuerdo.

Grace se giró hacia el leprechaun.

— Anda, Aenguns. Todo aventurero debe grabar su nombre.

Él depositó su sacó en el suelo con un quejido de esfuerzo, y cogió la piedra. Y al tiempo que se acercaba al árbol, se llevó una mano a la espalda adolorida. A Grace no le sorprendió tampoco oír sus lamentos. Después de todo, no había existido día o noche en el que Aenguns se despegara de sus sacos de oro. Para colmo, incluso en momentos como aquel, donde ni cien pasos se habían alejado del campamento, elegía cargar con una de sus bolsas al hombro para protegerla.

Por desgracia y mal camino, la promesa del oro lo había cambiado.

« Me pregunto si estabas mejor sin ese oro, hombrecito verde», iba pensado Grace, cuando desde un costado de su vista algo llamó su atención. Sobre el arroyo de mansas aguas pasaba flotando un hermosísimo animalito que hizo a Grace encenderse en simpatía. Un castor-nutria pasaba flotando de espaldas, dejándose llevar por la corriente, como quien dormía una siesta al aire libre. Y detrás de este, surgió pronto una familia alegre de cuatro nutrias que reposaban también en el arroyo. Un par de ellos conservaban una piedra sobre el vientre a la que se abrazaban; otros dos en cambio, atesoraban entre sus pequeños brazos lo que parecían guijarros de un dorado brillo.

Con cierta urgencia, Hazel llegó hasta la orilla.

— Oye, Guns. ¿Esa no es una de tus monedas?

— ¡Dana mía! — saltó de pronto el leprechaun. — ¿Cómo? ¿En qué momento? — Y se echó al suelo a revisar el saco. Se encontraba cerrado con cinto, desde luego, pero descubrieron que a un costado asomaba un orificio por el que podría escapar una moneda. —. Y no es solo una. ¡Me han robado varias!

Salió despedido tan veloz que su sombrero verde quedó atrás, y cayó al suelo suavemente cual hoja deslizándose en el viento. Pero en breves Aenguns fue resbalando por la hierba, intentando de golpe detenerse. Se giró, y regresó en apuros por su saco de oro. Se lo cargó al hombro sin el menor esfuerzo.

— ¡Bribones! Venid aquí. — espetó alzando un puño al aire, mientras corría siguiendo el curso del arroyo.

Sin vacilar, pero con aspecto cansado, Hazel fue corriendo tras él. Y con voz aún más cansada señaló:

— Sé bueno con ellas. No saben lo que hacen.

Grace quedó sola junto al árbol, junto a aquel arroyo, y rodeada por una naturaleza de buen ver, que a sus pensamientos y emociones embotaba. Recogió del suelo el sombrero del leprechaun sin llegar o incluso poder juzgarlo. Su mente estaba demasiado ocupada admirando sus alrededores. Anduvo sin rumbo ni premura, girando el rostro a cada segundo, estudiando, memorizándolo todo antes de que regresasen al campamento.



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En el texto hay: fantasia, juvenil, aventura

Editado: 05.10.2026

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