Estaba asustada
Su respiración estaba acelerada, sentía que ya no se podía mover, pero aún así, algo (seguramente el miedo y la adrenalina) la mantenía en movimiento.
Llevaba horas corriendo. ¿O eran minutos? ¿Tal vez días?
No lo sabía
Lo único que sabía es que había cometido una estupidez. La mayor y probablemente la última que cometería en su vida. Había molestado al Canavar, y eso le iba a costar caro.
Todo el mundo conocía el mito del Canavar, el monstruo que vivía en el bosque cercano al pueblo y que acechaba en las noches de luna llena. Pero claro, siempre hay un grupo de jóvenes incrédulos que entre tragos y apuestas decidieron probar suerte.
Ella pertenecía a ese grupo, arrastrada por las decisiones de los demás y ahora se arrepentía. Ya no estaban con ella, todos habían desaparecido en el camino, y prefería no saber su destino.
Podía sentir el ruido las pisadas a su espalda, el crujido de las ojas secas amortiguado por el rugido del viento y los apresurados latidos de su corazón.
Escrutaba a todo a su paso, sus ojos moviéndose salvajemente, dándole un aspecto alocado. Los árboles ocupaban casi todo el espacio a su alrededor y con sus copas ocultaban lo que en otras circunstancias sería una hermosa noche estrellada. Se podía apreciar en el aire el aroma a pino, hierba fresca y tierra mojada.
Tropezó con una rama, pero recuperó el equilibrio antes de caer al piso, y al levantar la vista otra vez, un rayo de esperanza cruzó por su pecho.
Al frente suyo estaba la carretera.
Corrió aún más rápido si eso fuera posible, y divisó a lo lejos un auto venir a toda velocidad.
Comenzó a agitar los brazos y gritar hasta que el auto se detuvo a su lado. Un chico de ojos negros y profundos conducía y parecía venir solo.
Le explicó a toda prisa y con la respiración entrecortada que la perseguía el Canavar y el chico accedió a llevarla.
A salvó en el auto respiró hondo y sonrió, la esperanza era aún más fuerte en su pecho.
Pero esa noche, ella aprendería dos cosas. La primera, que la esperanza es peligrosa, y la segunda, que al mito le faltaba una parte, una habilidad del Canavar, transformar su apariencia a su antojo.