Mulatos seguía en la puerta, goteando sobre el piso. Esa respuesta se le clavó adentro, como una espina, sin entender el motivo.
—Castellanos —dijo el Maestro, sin darse vuelta—. Llegas tarde.
—Se le salió la cadena a la carretilla de un señor en la esquina, Maestro. Las naranjas estaban rodando calle abajo.
—¿Y las salvaste?
—La mayoría. —Mulatos se sacudió el agua del pelo—. Usted las habría salvado todas, Maestro. Y habría roto la carretilla.
El Maestro soltó una carcajada que le sacudió los hombros y lo obligó a apoyar una mano en la pizarra.
—El café no espera a nadie, Castellanos, ni siquiera a los que salvan naranjas. —Señaló con la tiza, por encima del hombro, hacia el fondo de la sala—. El banco de la lámpara. Es lo que queda para los que llegan tarde.
Todos rehuían ese rincón. Mulatos atravesó el laboratorio dejando un rastro de gotas, se sentó bajo la luz de la lámpara, que le tiñó la piel de un tono enfermizo, y se frotó las manos en el pantalón ya mugriento. Detrás de él, entre dos armarios, asomaba la puerta angosta de un depósito clausurado.
El Maestro pasó junto al mechero y olió el aire.
—¿Quién bajó el fuego?
Tomás, que estaba más cerca, se encogió dentro de su chaqueta.
—Yo no quemo el café, Quiroga —dijo el Maestro, volviendo a subir la llama hasta que la olla protestó—. Lo concentro. Es distinto. Algún día lo vas a entender, y ese día vas a ser un hombre más feliz.
Y empezó a escribir.
Escribía como trabajaba: rápido, apretando de más. La tiza se le partió dos veces. Primero un vaso de agua dibujado con tres líneas. De ahí una flecha hacia dos letras, *H₂O* y la palabra *calor* subrayada. Luego cerró el dibujo con un círculo que lo encerraba todo y golpeó la pizarra tres veces con los nudillos.
—El agua se rompe —dijo—. Se separa en lo que la hace. Lo que la hace se vuelve a juntar, y al juntarse devuelve energía. Con esa energía se rompe otra vez el agua. Y así. —Pasó el dedo por el círculo—. Una rueda que no se detiene. Energía perpetua.
Hubo un silencio incómodo. Ignacio Vela, sentado derecho en la primera fila, con un abrigo de lana gruesa que olía a tienda cara, levantó apenas la mano.
—Con todo respeto, Maestro, eso es movimiento perpetuo. Lo prohíbe la segunda ley: se pierde calor en cada vuelta, y la rueda se frena.
—Lo sé, Vela.
—Entonces no entiendo el ejercicio.
—Porque buscas el procedimiento antes que el problema. El método no sustituye a la cabeza. —El Maestro se volvió hacia la clase, sacudiéndose la tiza de los dedos en la bata—. La rueda se frena, sí. Ese es mi problema; el de ustedes es otro. Les pido una sola cosa: rómpanme el agua sin pila. Sin enchufe. Si alguno lo logra esta noche, me cierra la ecuación.
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Editado: 27.10.2026