Cuestión de Perspectiva, Ella (libro 2)

Piel canela

Mis cuatro hermanos se marcharon a sus casas con la promesa de estar presentes tres semanas más tarde. A Isabel le envié un telegrama con un directo aviso. Si no asistía a la despedida de soltera y a la boda de mi hija, lo tomaría como una gran ofensa. Quedaba en ella si iba a asistir o no.

De Nicolás no supe nada en cuatro largos días. Me empezaba a consumir la preocupación. Preparé las escrituras de la casa por si se llegaban a necesitar y empecé a vender algunas cosas que ya no usaba. Con eso pude dar el anticipo de los recuerdos y la renta de mesas y sillas. Sería en la casa de Alfonso, así que alquilar un lugar quedaba descartado. Joselito ofreció mariscos con excelente descuento para la comida. Yo cocinaría, aunque invitaran a trescientas personas, aunque terminara medio muerta, estaba dispuesta a hacerlo por mi hija.

Al quinto día, en jueves y pasadas las ocho de la noche, escuché que estacionaron un coche afuera de mi casa. Lo ignoré porque nadie más me visitaba, solo Lucas que, cuando le daban ganas, iba en domingo. Él se jubiló a los treinta y ocho años tras pasar veinte de ellos en servicio, y disfrutaba de una vida holgada. Para sentirse útil, montó una frutería en la cochera de su casa y eso lo ayudaba a pasar el tiempo; solo la cerraba en domingo.

—Mamá, creo que es aquí —me dijo Angélica.

Las dos bordábamos servilletas para darlas en la fiesta.

—Debe ser algún despistado que anda perdido —le respondí, más concentrada en la aguja.

Mi hija no dejaba de ver hacia la puerta. Las fijas luces del coche cercano la tuvieron atenta.

—No, yo creo que sí es aquí —insistió.

En ese momento presté atención. Angélica podía estar en lo correcto porque se oían voces y los golpes de las puertas del automóvil cerrándose.

Dos segundos después, tocaron.

Mi corazón vibró al tener la idea de que podía ser Celina con sus recomendaciones para la boda, y obvio no iría sola. Se suponía que se encontraban en su mudanza, pero estando tan cerca podían llegar en cualquier momento.

Eso de tenerla presentándose por mis rumbos me causaba sentimientos confusos. Era demasiado amable conmigo y mi familia como para despacharla, y encima estaba lo de su enfermedad, ¡de ninguna manera yo podía atreverme a ser descortés!

Abandoné la costura sobre la mesita que tenía a un lado y me puse de pie.

Angélica me secundó.

Deseé estar más presentable porque el vestido sencillo de manta no era lo bastante bonito como para recibir visitas.

Ya nada podía hacer al respecto y me apresuré a abrir. Antes, retuve el aire en los pulmones.

Fue a Nicolás a quien vi empujar la puerta para meterse. Ni siquiera dejó que yo terminara de jalarla.

Esa fue una de las contadas ocasiones tras la separación en la que agradecí que se tratara de él.

—Vaya, empezaba a creer que tendríamos que ir a reconocer tu cadáver.

—Para tu mala suerte, sigo bien vivo. —Se apuntó. La seriedad que mantenía era distinta—. Vine porque alguien quiere verte. —Asomó la cara hacia afuera—. Pásenle.

A pesar de estar de perfil, noté que sonrió.

La puerta quedó abierta de par en par y ¡la vi!

—¡No puede ser! —Tapé mi boca debido a la emoción—. ¡Doña Teresa!

Los años que la envejecieron y blanquearon su cabello no la hicieron perder el aura de bondad tan suya. Su vestido típico de la región color amarillo encendido la rodeaba brillante.

Ella extendió los brazos hacia mí, cual sol de esperanza.

Angélica permaneció a mi lado, confundida. Cuando nos fuimos del pueblo de Nicolás, ella apenas tenía tres años.

¡Hija mía! —Me estrechó con sus voluminosos brazos y habló sollozante—: ¡Cuánto te he pensado! Todos los días le rezaba a Dios que estuvieran bien.

No pude contenerme, ni lo quise, porque sí estaba conmovida, y mucho.

—¿Cómo pasó? —le pregunté a Nicolás después de que nos soltamos su madre y yo, y de paso aproveché para saludar a su padre.

Don Álvaro solía ser un hombre alegre y fiestero, pero nunca perdía ni el porte, ni el bigote, ni el sombrero. Para esa ocasión llevó uno café con decoraciones de piel de un tono más oscuro. Ante todo estaba su legado.

Nicolás no me respondió. Conociéndolo, sé que también tenía ganas de llorar.

Doña Teresa tuvo que intervenir:

—Mi hijo llegó a la casa antier. Por poco y me infarto, no lo creía —su voz se escuchaba afectada—. Nos contó lo de Constanza. ¡Ah! —Suspiró—, debe estar enorme. No la veo desde que tenía seis años, y ahora se va a casar.

—Sí, se me va mi bebé. —De pronto, tomé consciencia de mi desatención—. Pero siéntense, por favor.

Los cuatro nos acomodamos en la sala que para ese momento estaba desordenada con telas y pedazos de hilo.

—Tú debes ser la chiquita —le dijo Doña Teresa a Angélica.

Mi pobre hija estaba estática y callada. Raro en ella. Debió impactarle mucho porque su padre siempre repetía que era huérfano.




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