Cuestión de Perspectiva, Ella (libro 2)

La muerte del palomo - Parte 2

El martes por la mañana, después de hacer el desayuno y despedir a mis hijos que se iban a la escuela, preparé una canasta con la misma comida que ya tenía. Metí ración doble de todo por si hacía falta. Salí antes de las ocho rumbo a la casa de Alfonso.

En mi bolsillo se encontraba mi monedero y las llaves que Coni y su esposo me entregaron. Se trataba de un juego pesado porque contenía copias de la puerta principal, de todas las habitaciones, la bodega, la cava, y demás.

Todo el camino me fui concientizando de que sería echada enseguida. Si Esteban lo hizo con su propia familia, conmigo ni siquiera lo dudaría. Aun así, pensaba cumplir.

Cuando estuve frente al portón, no toqué. Si poseía las llaves, iba a hacer uso de ellas.

El cantar de los pájaros en los árboles celebraba la mañana en la que una neblina molesta cubría los alrededores.

«¡Que ya se acabe este maldito frío!», me quejé, tiritando y dando pasos rápidos porque me urgía calentarme.

Esperaba ver en el patio a algún empleado de la casa, como a don Juan que era el más recurrente, o la señora Eleuteria, quien se encargaba de la limpieza y la cocina junto con su hija, ¡pero no!, no hallé ninguno deambulando por allí.

Tomé la decisión de entrar a la casa. Según Alfonso, su padre se mantenía encerrado en la habitación donde Celina falleció. Ese era mi objetivo, pero mis pasos se vieron interrumpidos por una figura masculina sentada en uno de los sillones. Por un breve instante creí que era Esteban. De inmediato me di cuenta de que no, no se trataba de él, ni de ninguno de sus hermanos o sobrinos.

El hombre en cuestión leía plácidamente un periódico y fumaba un puro. Su cabello crespo llamó mi atención porque era muy rizado y voluminoso. Cuando respiré el humo molesto de su puro, empecé a toser. Con eso, hice que me prestara atención.

—Buenos días. Vengo a dejarle al señor un poco de comida —le dije, pensando que se trataba de un empleado que se tomaba demasiadas libertades.

Pero el sujeto no se apresuró a disimular; al contrario, dejó a un lado el periódico, el puro lo colocó en el cenicero de vidrio, se levantó y extendió una mano.

—Ermilio Sepúlveda. Para servirle.

Acepté su saludo. Por la cercanía, lo inspeccioné. No, no podía tratarse de un empleado, su vestimenta no era propia de un trabajador doméstico.

Enfoqué la vista sobre su rostro. Por alguna razón me parecía conocido a pesar de que su acento era ligeramente distinto.

—Amalia Bautista —dije, todavía con la concentración puesta en sus facciones—. Mucho gusto.

—¿Amalia? —susurró para sí, e hizo un gesto de incomodidad.

Ignoré su acción, aunque me pareció un desdén inapropiado. Algo así solo podía venir de los amigos o familiares de Esteban. Incluso los relacioné con los gestos que Florencio hacía de una manera mucho más discreta.

—¿Ya comió don Selso?

—¿Ese quién es? —Arrugó la frente.

Evité reír. Que muchos ignoraran el primer nombre de Esteban me daba gracia. Para mí era imposible olvidar cuando me lo confesó. Su vergüenza, sus movimientos en una pierna, una de sus manos que se abría y cerraba a ratos… No, jamás lo olvidaría.

—¡Ah, sí! Esteban —el tal Ermilio reaccionó—. No, no ha comido. —Bajó la cabeza—. Anoche tampoco cenó. Solo salió por una botella de tequila y se volvió a meter. —Comenzó a masajearse la barbilla—. Creo que se encerró a piedra y lodo.

—Enfermará si no se alimenta bien.

Él se recargó con el codo sobre un mueble blanco de madera donde había retratos familiares, luego me observó sin tapujos.

—Bueno, ¿qué le digo? —la voz que salió era distinta a la inicial—. Esta no es la primera vez que me toca acompañarlo cuando está así de jodido. La primera fue cuando éramos compañeros de casa. —Resopló—. La pasó fatal por culpa de un mal amor. —Inclinó la cabeza a un lado, sin dejar de contemplarme—. Aunque pienso que hay mujeres por las que vale la pena sufrir, y otras… —El sonido gutural que hizo se pareció mucho a una risa—. Usted me entiende. —Tronó la boca y solo en ese punto su vista se apartó de mí—. Pero cuando se compuso, cuando la herida le cerró, las cosas le salieron mucho mejor.

Cargaba conmigo la canasta y el peso ya me molestaba en el antebrazo.

Me excusé y fui hacia la cocina. En la estufa vi que había dos ollas llenas, una con frijoles y otra con sopa de pasta. No tenían mal olor. Probé de ambas ollas. A decir verdad, me pareció una sazón aceptable. Supuse que Eleuteria las dejó preparadas por si se ofrecían.

Sobre una charola acomodé varios platos servidos y un vaso de agua.

Salí rumbo a la habitación. Antes de llegar, volví a toparme con Ermilio al principio del pasillo.

¡En ese momento lo recordé! Esteban lo llevó al pueblo en la boda de Erlinda, era su amigo, uno con un carácter contrastante con el de él. Llamó mi atención no haberlo visto ni en el aniversario de bodas, ni en la boda de Alfonso, ni tampoco en el funeral de Celina.

—Vamos a ver qué nos tiene preparado el anfitrión. —Mostré la charola.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.