Cuestión de Perspectiva, Ella (libro 2)

Tres regalos - Parte 2

El galope no afectó en mi malestar. Apenas y sentía una punzada soportable en el vientre y ya. Hasta escuché aplausos cuando me bajé del supuesto arisco animal.

Después de horas de cortés convivencia, tuve que ausentarme la noche del sábado por el trabajo en la marisquería. Mis hijos se quedaron por insistencia de Coni.

Esmeralda se quiso ir conmigo para quedarse en casa de Lucas. Le aburrían las reuniones de los Quiroga, según ella. Acepté porque conocía la magnitud de sus impulsos, y sin mi cuidado la dejaría libre de cometer imprudencias. Con mi hermano estaría bien resguardada.

Regresé al día siguiente a las once de la mañana. Antes pasé a ver a Joselito porque de nuevo partía a la costa. Me informó que esta vez demoraría dos semanas. Los largos besos no faltaron, y tampoco algunas otras cositas. Disfrutaba su compañía y en más de una ocasión él me dijo que por igual disfrutaba la mía. Era de carácter urgente aclarar el rumbo de nuestra relación. Me convencí de que hablaríamos largo y tendido sobre el tema tras su regreso.

El resto del domingo transcurrió en calma.

Mis hijos se integraban muy bien, eran hábiles a la hora de socializar.

Por la tarde se retiraban todos los Quiroga. Yo también informé que haría lo mismo para no incomodar al actual dueño.

Aproveché un momento en el que mi yerno estuvo solo para llamarlo dentro de la casa.

Del bolsillo de mi vestido marrón oscuro saqué el juego de llaves que me entregó en confianza.

—Te las devuelvo. —Ya no tenía más tareas que cumplir allí.

Alfonso extendió su palma, pero fue para negarse a recibirlas. Su semblante se descompuso y no pudo hablar.

—Tu papá está mejor —traté de animarlo—. Se ha repuesto muy bien. —Era verdad. La tristeza persistía en su mirada, como era normal en un duelo como el suyo, pero se comunicaba con más soltura y se notaba que ya no bebía tanto.

Constanza entró sigilosa y se colocó a un lado de su esposo.

—Eso parece —la voz de Alfonso salió quebrada y negó con la cabeza—. Le confieso que no le termino de creer. —Se encogió de hombros—. No sé, siento que no está tan bien como aparenta. —Su barbilla no paraba de temblar—. Yo tampoco lo estoy, nada más que trato de parecer que sí.

Coni se aferró al brazo de Alfonso.

—Es cierto —intervino ella—. A veces se decae tanto que me da miedo.

Alfonso tardó un momento para recobrar la calma:

—¿Por qué no nos sigue ayudando? Hizo un trabajo maravilloso.

—Es que…

Mi yerno me sostuvo de las manos, interrumpiéndome, y las juntó con las suyas.

—Se lo suplico —continuó él—. Me quedo más tranquilo sí sé que tiene compañía.

Tragué saliva y en ese instante vi pasar decenas de escenarios que sucederían si aceptaba.

—¿Tu papá qué opina de que siga viniendo?

De pronto, Poncho desvió la vista.

—No le he dicho —confesó—. Tal vez se niegue. No es personal. Ni a mi abuela le acepta quedarse.

Coni respaldó a su esposo:

—Pasar las primeras semanas de la viudez tan solo es malo, ¿no crees, mamá?

Por supuesto que era una locura de la que Esteban no planeaba salir pronto.

—Es lo peor que se puede hacer —les confirmé.

—¿Entonces? —Alfonso me observó, esperanzado—. ¿acepta? Un par de meses nada más.

«Un par de meses es demasiado», pensé, a sabiendas de que la cercanía con su padre era dañina para mí.

Acepté con un movimiento de cabeza, sin estar por completo convencida. No tuve el valor de rechazar a mi yerno al verlo así de afectado.

Él se apresuró a sacar unos billetes de su cartera y me los extendió.

—Tenga, para los gastos. No me gusta que use su dinero para venir hasta aquí.

El costo de los pasajes sí representaba para mí una inversión ya que mis ingresos eran limitados y condicionados a una buena noche de propinas.

—De ninguna manera. —Cerré su mano y le toqué la muñeca—. Somos familia, ¿o no?

Los ojos de los dos brillaron después de que lo dije.

—Lo somos —dijo Alfonso, susurrándolo.

 

Después de eso pasamos al comedor. La convivencia prosiguió como si se tratara de una reunión de conocidos que hacían un esfuerzo por ser amistosos.

Al terminar la comida, ayudé a lavar los platos. Me servía de excusa para no estar sentada sin hacer nada más que hablar y hablar de temas poco importantes.

Estaba concentrada en quitarle los restos de comida a una olla de barro grande, cuando sentí una presencia detrás. Primero lo ignoré, pero luego de dos segundos escuché la puerta cerrarse y una voz que me habló directo:

—Ponchito ya me dijo que vas a sacrificar tu valioso tiempo con mi hijo. —¡Se trataba de nada más y nada menos que de doña Esperanza!




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