Cuestión de Perspectiva, Ella (libro 2)

Rondando tu esquina - Parte 1

En agosto de ese mismo año Uriel entró a la universidad. Eligió irse a una más modesta que en la que estudiaba Constanza. Se ubicaba a casi una hora de camino de la casa, pero preferí que rentara un cuarto allá para que no viajara a diario. Con el dinero que ganaba en el grupo, poco a poco, comencé a darme pequeños lujos que en la fábrica no podía. Además, amaba mi trabajo, lo amaba tanto que dejé de considerarlo como una obligación.

Mi único hijo varón se iba y tal vez para ya no regresar. Ese era el destino “normal” de los hombres. Incluso después de tantos años, la costumbre de buscar esposa apenas terminan una carrera o consiguen un buen trabajo, seguía usándose.

—Nada de andar de pica flor —le advertí cuando su despedida llegó en la parada de los camiones—. Y si necesitas dinero, avísame.

Uriel cargaba consigo una única maleta en la que llevaba ropa, y una bolsa grande con comida preparada para toda la semana.

—Estaré bien, mamá.

Sé que quería verse confiado, aunque en su rostro reconocí el miedo a lo desconocido.

Sabía que Uriel era valiente, pero el reto que se le presentaba lo pondría a prueba. Vivir solo y lejos de su familia significaba también soledad y fácil acceso a cometer errores de los que quizá no existían buenos remedios

Triste, lo persigné y dejé que se fuera uno de mis grandes tesoros.

 

Cada noche le pedía a Dios por mis hijos. Porque Constanza siguiera teniendo un bello matrimonio, porque Esmeralda ganara sabiduría y más paciencia para criar a mi nieto, porque Onoria continuara aumentando sus clientes, porque Angélica llegara sana y salva de la escuela todos los días. Y también le pedía por mí, para que me diera la oportunidad de desprenderme del intenso sentimiento hacia un hombre que me rechazó, un sentimiento que volví a esconder en lo más hondo de mi ser.

 

Cuatro meses después de la fiesta de Alfonso, Nicolás tuvo el cuidado de darme primero a mí la noticia. ¡Por fin era yo a quien se lo informaba antes que a nuestros hijos! Decidió pedirle a Guadalupe que fuera su esposa. A sus cuarenta y siete años recién cumplidos iba a desfilar por la iglesia para unirse en santo matrimonio con una mujer adulta que hablaba poco en público y que se notaba demasiado enamorada.

La boda se llevó a cabo en febrero, el afamado mes del amor. Cursis hasta en eso.

Según me contaron, fue una fiesta menos concurrida que la de Coni y Poncho, pero igual de generosa, incluso más. Los padres de Guadalupe Sandoval, como se llamaba la… nos é cómo decirle porque no pasó a ser nada mío, pero llamémosla la madrastra de mis hijos, no escatimaron. Supongo que ahorraron bastante tiempo para cuando su hija saliera tal como la sociedad dictaba.

Don Álvaro, doña Teresa y Nicolás fueron a recoger a Onoria y a Angélica por la mañana ese alegre día.

—¿Segura de que no vas? —preguntó doña Teresa por tercera ocasión.

Ya era una decisión tomada. Si yo me presentaba ahí, significaría mala suerte para los novios y, además, la gente hablaría de mí.

—No —confirmé, tomándola de las manos—. Es una falta de respeto, lo sabe.

A doña Teresa se le humedecieron los ojos.

—Aunque sea te voy a traer un plato de comida.

Con ella, lo que un papel dijera no me importaba, jamás dejaría de ser mi querida suegra.

—Le agradezco.

Los padres de Nicolás se adelantaron para subirse al carro.

Angélica se veía hermosa con su vestido rosa intenso y sus trenzas que quiso que le hiciera. A ella sí le gustaba usar la joyería de mi pueblo y me pidió prestado los aretes de monedas. ¡Tan bella mi niña! Estaba pasando a ser una tierna señorita.

Onoria fue la última. Salió a prisa de su habitación y se detuvo frente al sillón donde permanecí sentada. Ella se hincó y tocó mis rodillas.

Mi morenita linda sabía sacarles partido a sus facciones, a sus grandes ojos negros y a su cabello ondulado largo y abundante. No tenía nada que envidiarle a Esmeralda.

Lagrimeé al verlas así de maduras y al recordar que mis otros hijos ya habían volado. No volverían más las caóticas salidas entre regaños, peleas y risas que teníamos los seis, eso se había quedado muy atrás. Tiempos que añoraba más de lo que era capaz de expresar.

—Mami —dijo despacio—, ¿estás bien con esto?

—Sí. —Sequé mis mejillas—. Las bodas me ponen sensible, nada más. ¡Ándale!, se le hará tarde y a tu padre y no queremos que la novia se arrepienta.

—Me vendré temprano para acompañarte.

—Hoy tengo trabajo —mentí—. Tú disfruta.

Onoria me besó la frente. Ojalá hubiera sabido lo dulce que fue ese simple detalle para mí.

Antes de que ella cerrara la puerta, alguien se le atravesó.

Giré a ver veloz y descubrí a Nicolás.

Quiero pensar que tomó la decisión de bajarse del automóvil en el último minuto.

El hombre poseía el brillo especial de un novio primerizo. Su mirada resplandecía. Se rasuró, se cortó el cabello y se puso un pantalón negro con una camisa blanca de mangas largas que tenía líneas verticales bordadas.




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