Cuestión de Perspectiva, Ella (libro 2)

Adoro - Parte 2

Mi vida pasó de ser rutinaria, aburrida hasta cierto punto, a convertirse en un torrente de emociones que fluían vertiginosas en mi interior.

Menos de dos días y ya me encontraba envuelta en los brazos que anhelé por cientos de noches, y días. Probé la fruta que tanto se me negó, y fue maravilloso. Se trataba de un encuentro conmigo misma y lo que podía experimentar con la pareja indicada.

El final de la travesía llegó cuando nos bajamos de los caballos. Me dolían las piernas. Me encontraba desacostumbrada a cabalgar por tanto tiempo.

Podíamos ver la entrada del modesto pueblo donde trabajaba Anita. Había dos altos postes de madera ennegrecida que no sostenían nada. Todo a nuestro alrededor estaba alumbrado con antorchas. Fue inevitable que me recordara a mi pueblo, a lo que fue cuando yo era joven.

Un hombre de no más de cuarenta años, de baja estatura, piel bronceada, cabello abundante color negro y con un machete en la mano nos interceptó en cuanto quisimos avanzar. Alzó el largo y filoso objeto delante de nosotros. Tuve el impulso de aventarlo, pero sabía que eso significaría nuestro fin. Esteban fue ágil y se adelantó. Quedé detrás de él.

—¿Pa’ dónde va? —le preguntó el hombre directo a Esteban. A mí ni siquiera me miró.

—Asuntos personales —contestó él, con cierto enfado.

Presiento que se sentía harto de tanto tener que pretender ser igual que ellos.

—¿Asuntos de qué o qué? —El hombre no se movió ni bajó el brazo amenazador.

Inquieta, observé más allá y reconocí a uno que otro poblador que veía interesado donde estábamos. Nos convertimos en lo que cuidé que no: el centro de atención.

—Tengo una… sobrina… —me atreví a responder, sin saber qué decir exactamente porque Anita no era nada mío.

Escuché que el hombre gruñó, y en sus ojos amarillentos reconocí la incredulidad.

¡Lo tenía que mantener presente! En esos rumbos yo no contaba con el permiso ni siquiera de hablar si no se me pedía.

— Me llamo Esteban Quiroga. Venimos de visita. Buscamos a Ana Rosario Gonzáles. —Por suerte, Esteban conocía el nombre de Anita—. Su padre se llama Filemón Gonzáles. ¿Lo conoce?

Pude respirar cuando el hombre asintió.

—El buen File. ¡Sí! ¿Cómo no? —Sonrió y mostró sus dientes chuecos que tenían restos de comida entre ellos. Por fin bajó el machete—. Nos encargó a su criatura: Anita, la dotorcita.

—Es enfermera —aclaró Esteban.

El hombre dio un paso hacia el frente con las cejas levantadas.

—Es lo mismo, ¿o no? —Siguió quejándose en su dialecto.

—Parecido —le contestó, resignado.

Me mantuve en el mismo sitio, quieta, silenciosa y harta del asfixiante calor que todavía se sentía a pesar de que el sol ya estaba bien escondido, pero ni así me quité el rebozo que me cubría la parte superior del cuerpo.

El hombre esta vez sí me dedicó un rápido vistazo.

Sudé más de la cuenta con eso. Temía ser una molestia para él.

La punta de su machete fue hacia mí.

—Con razón su señora tiene parecido con la dotorcita, nomás que ella es blanquita y de ojo claro. —Dio media vuelta—. Véngase, lo llevo.

Durante el trayecto por la calle medio empedrada, porque les faltaban pedazos por terminar, contemplé las cientos o quizá miles de brillantes estrellas que nos cubrían con su relajante manto. Ir del brazo de Esteban calmó mi angustia y apagó los miedos; al menos por un rato.

—Aquí es —dijo el hombre, todavía serio, y primero entró él.

El lugar que teníamos enfrente estaba a un costado del pueblo, un tanto apartado de las casas, y se tenía que cruzar un amplio terreno de parcelas. Recuerdo que lo primero que pensé fue que Anita corría peligro ahí. Se me apretó el pecho cuando descubrí que la unidad de atención médica comunitaria apenas y era una construcción de ladrillo de cuatro espacios, y adaptada como se podía para atender a los enfermos.

Después nos enteramos que solo dos médicos, tres enfermeras y un joven camillero trabajaban ahí. Era tan pequeño y precario que me embargó la pena. La vitrina de los medicamentos se encontraba casi vacía y las camillas donde los atendían eran simples camas donadas por alguien de buen corazón.

Esperamos en unos bancos de plástico por cerca de veinte minutos. El hombre del machete se marchó después de despedirse muy cortés.

Ni Esteban ni yo hablamos, nos dedicamos a inspeccionar a nuestro alrededor.

El joven camillero nos informó que Ana suturaba a una señora que se “cayó” y se abrió la frente. Ella salió después con su uniforme blanco y una cofia en la cabeza.

—¡Llegó…! —me dijo efusiva, y luego reconoció a Esteban sentado a mi lado—. ¡Llegaron!

Amos nos levantamos.

—¿Cómo estás, Anita? —Le di la mano.

—Bien, bien. —Se le veía emocionada—. Mi turno termina en una hora.

—¿Cuándo nace? —pregunté entre dientes.




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