Cuestión de Perspectiva, Ella (libro 2)

Contigo - Parte 2

El paso del tiempo es capaz de impresionar por la rapidez o lentitud con la que se percibe. No contamos las semanas y de pronto ya nos encontrábamos a principios de diciembre.

Era martes por la mañana y Esteban todavía no llegaba de la huerta. Me dediqué a prepararle unas quesadillas de huitlacoche. Decía que le encantaban y me gustaba agasajarlo. El calor de la estufa servía para olvidar el tremendo frío que hacía fuera.

Pensaba en lo buenos que eran los días que compartíamos. Ansiaba saber qué sentía él en ese punto, si nuestro constante trato le sirvió para aclarar sus sentimientos hacia mí. No le pregunté porque el temor de la verdad era más fuerte que la incertidumbre.

Un firme toque en la puerta me alertó y apresuré el paso para abrir. No me quité el mandil de cocina con tal de no hacerlo esperar.

El corazón me brincaba cada vez que él llegaba, era un deleite admirarlo cuando dejaba el llavero colgado y se giraba para sonreírme.

Sabía que tenía llaves propias, aun así, supuse que las olvidó

Fue una sorpresa incómoda comprobar que quien tocaba no era Esteban, ¡sino Gerónimo Quiroga! Detrás, un tanto alejado, reconocí a Anastasio Quiroga. Acomodaba un coche cerca de la banqueta.

Los dos llevaban abrigos largos. El de Gerónimo era verde olivo y el de Anastasio era azul oscuro.

Verlo de frente, tan próximo, me confirmó que la edad ya se le notaba a Gerónimo. Las arrugas se le extendían marcadas en los pómulos y en la frente, o tal vez se debía al gesto contraído que cargaba.

Hice un esfuerzo para recuperar el aliento.

—Bienvenidos —les dije, aunque desconocía los motivos de la visita—. Esteban no está. ¿Les ofrezco de desayunar?

Fingí estar en calma, pero por dentro me urgía que él llegara. Era posible que se tratara de alguna “emboscada” donde la víctima era yo.

Gerónimo entró, apenas y me saludó con frialdad, y comenzó a recorrer la sala, lento y concentrado en cada detalle que pusimos.

La sonrisa de Anastasio, quien entró después, me confundió más.

—Es una casa agradable —comentó Gerónimo con un tono osco. Después se concentró en mí. Sus ojos claros no dejaron de observarme, irradiaban recelo—. ¿Muy contenta con lo que está consiguiendo, señora?

Anastasio ladeó la cabeza enseguida.

—¿En qué quedamos? —lo reprendió.

Me envaré, furiosa por tremendo atrevimiento.

—Sí, estoy muy contenta por tener las atenciones de su hermano. ¿Le molesta? —Bajé la voz e incliné el cuerpo hacia adelante—. ¿O le gustaría más que lo tuvieran encerrado en el loquero? —No podía olvidar que fue él quien consideró que era necesario internar a Esteban cuando estuvo en el punto más preocupante de su duelo.

Nos quedamos mirándonos. Un metro de distancia nos separaba. Quizá cada uno pensaba en una manera inteligente para rebatir. En mi mente abundaban los variados insultos que me sabía.

Anastasio lo notó y se interpuso entre los dos. Le dio la espalda a su hermano.

—Amalia, espero que en un futuro te pueda llamar “cuñada”.

—Imbécil —susurró Gerónimo.

Logré escucharlo.

Estuve a punto de recordarle a su madrecita, pero Anastasio me sujetó de los hombros e hizo que me girara.

—Yo sí te acepto ese desayuno.

Por respeto a Esteban cedí, aunque ardía por dentro. De verdad me quemaba callar.

Le pedí a Anastasio que se sentara en el comedor para doce personas que mi empeñado don Selso quiso comprar. A mí me pareció exagerado.

Me encontraba a punto de sacar uno de los platos, cuando reconocí el sonido de la llave moviéndose dentro de la cerradura.

Corrí para alcanzarlo. La brisa fresca acompañó su entrada y lo abracé fuerte. Eso frente a Gerónimo. Adoré que presenciara que estábamos juntos, que le molestara saber que sí me sentía contenta con lo que conseguía: a su hermano menor.

—Perdón por la tardanza —dijo Esteban—. Llegaron antes.

Por la rapidez con la que asimiló la visita supe que sabía que irían, incluso se le notaba contento.

Escuché los pasos de Anastasio detrás.

—Ni te apures —intervino, mientras acomodaba su abrigo en el perchero—. Estamos bien cómodos. Tu mujer nos invitó a comer unas quesadillas que prometen estar riquísimas.

Gerónimo gruñó audible.

—No es su mujer.

Esteban lanzó su mirada directo hacia él y su brazo no dejó de rodear mi cintura.

—Lo es —afirmó sin vacilar.

«¿Lo soy?», me pregunté. Por supuesto que lo era a puerta cerrada y quizá entre desconocidos, pero frente a nuestras familias todavía no.

A Gerónimo se le marcó el ceño.

—Entonces, ¿por qué no lo gritan a los cuatro vientos? —Un ligero temblor en el dedo que nos apuntaba dio indicios de lo que experimentaba—. Me encantaría saber qué opina nuestra madre. —Mantuvo la seriedad y la vista puesta en Esteban—, y tu hijo. Alfonso de seguro tiene mucho que decir.




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