Cuestión de Perspectiva, Ella (libro 2)

Caminemos - Parte 2

El domingo temprano enviamos a Coni a la capital con el dinero listo en un sobre. No faltó ni un solo centavo.

Guardábamos la esperanza de que Alfonso fuera comprensivo y diera fin con su distanciamiento.

Se suponía que mi hija ya no regresaría, pero el lunes en la tarde llegó a la casa.

—¿Y? ¿Qué te dijo? —se lo pregunté, aun teniendo una idea de la respuesta que venía.

Coni se echó a llorar y se refugió en mis brazos. Sus hermanas permanecieron atrás, sobándole la espalda.

—¡Se fue de la casa! Dejará que me quede y él vivirá con uno de sus tíos. ¡Me pidió el divorcio! —esa parte la dijo con la voz ronca—. ¡Lo perdí, mamá, lo perdí!

—Hija mía —La estreché y le acaricié la cabeza—, cuanto lo siento.

¿Cómo se consuela a una hija que pasa por una separación? No estaba preparada para dar los mejores consejos. Lo único que me quedó fue llevarla a mi cuarto para acompañarla, hasta que se durmió sollozando.

Esa noche la pasé en vela. Tenía claro que el martes era incierto. Durante esos días no recibí ninguna llamada de Esteban, mucho menos un acercamiento de su parte. Si me presentaba en aquella casa y no llegaba, me terminaría de destrozar su indiferencia.

Cuando los gallos empezaron a cantar, fue que pude cerrar los ojos.

Desperté a las diez de la mañana. Algo que acostumbraba hacer muy poco. Las vacaciones eran una excusa perfecta.

Coni seguía dormida y me salí lo más cuidadosa que pude para no importunarla.

Descubrí que mis hijas prepararon el desayuno.

Juntos compartimos la mesa. Solo faltó Constanza, pero la comprendimos.

—¿Hoy no hay ensayo? —preguntó Onoria.

Angélica soltó la cuchara con la que comía su arroz.

—Acuérdate de que no eran ensayos —le dijo a su hermana.

—¡Ah! —A Onoria se le subieron los colores.

Tenía dos opciones: no ir y dejar que Esteban me buscara, si es que lo hacía; o ir y comprobar qué tan importante era yo para él.

—Iré —elegí al final—. Dejé algunas cosas que uso.

—¿Quieres que te acompañemos? —se ofreció Uriel.

—No. No tardaré. —Era un asunto de dos.

Después de lavar los trastes, metí las llaves en el bolsillo del vestido, recogí algunas monedas, y envolví dos costales.

Salí de mi casa. El aire se sentía diferente, se podía decir que incluso me recordaba a los días fúnebres.

A las doce con diez minutos estuve frente a la puerta del privado hogar que tratamos de formar. Cargaba el pecho tan apretado que me costaba respirar. Quizá sería la última vez que usara mi llave, por eso demoré en girarla. Dentro tenía que estar Esteban, si no, acabaría llorando como Coni lo hizo entre mis brazos.

Entré lento, revisando cada espacio. ¡Para mi desgracia, resultó estar vacía!

A esa hora él ya debía estar ahí.

Fue raro. A pesar de tenía inmensas ganas de llorar, mis ojos permanecieron secos.

Acabé sentada en el suelo, con la espalda recargada en la pared.

Necesitaba recobrar el juicio.

Como les avisé a mis hijos, recogería mis pertenencias.

Tuve que esperarme cerca de media hora solo para lograr levantarme.

Con cada cosa que metía a los costales, se caían piezas de mí.

En el librero no tenía nada, pero, por alguna razón, rebusqué también en esa parte. Escondido entre varios libros, encontré una libreta café que tenía una correa rodeándola. Era una que no había visto antes. La inspeccioné. Tenía un candado, pero el seguro estaba mal puesto.

Hurgar en la privacidad ajena era inadecuado, pero qué más daba. Opté por abrirla.

Todas las hojas tenían su letra, la de Selso Esteban.

Los primeros párrafos eran los siguientes:

 

Existen vivencias que quedan marcadas en tu vida, como hierro al rojo vivo que quema el corazón, eso lo tengo muy claro. Esta es la historia de un amor que dejó su cicatriz en mí desde que inició hasta el día de hoy.

Recuerdo bien cómo empezó todo. Corría el año de 1947. Yo tenía diecinueve años recién cumplidos y había regresado a mi pueblito por las vacaciones de verano…

 

Ya no pude seguir. Se trataba de nosotros, de esos tiempos que evitaba rememorar. Leer lo que venía ahí iba a ser una tortura, por eso volví a cerrarlo y lo acomodé en el librero.

Me encontraba a punto de avanzar hacia el baño, pero el clic de la puerta me detuvo.

Mis tripas revolotearon y el corazón se aceleró tanto que logré sentirlo en la punta de los dedos.

—¡Llegaste! —exclamé apenas.

Esteban se apresuró a alcanzarme, aunque se detuvo de golpe. Quedamos a un metro de distancia.




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