Cuestión de Perspectiva, Ella (libro 2)

Por amor

Lo que seguía era informarles a mis compañeros del grupo sobre mi nueva e inesperada contratación. ¿Quién diría que a una aspirante a cantante con apenas la primaria terminada la aceptarían en una obra de teatro? Demoré un par de días en caer en la cuenta de la importancia que tenía lo que firmé.

El lunes por la tarde cité en mi casa a Fermín, Salvador y Joaquín. Desde el comienzo les extrañó la invitación porque por lo general acostumbrábamos vernos en otras casas, menos en la mía. Desde el momento en el que entraron me di cuenta de que sospechaban lo que estaba a punto de decirles.

—Nos deja, ¿verdad? —comentó Salvador apenas y nos sentamos en la sala.

Respiré lento y profundo para que no me soltara a llorar ahí mismo.

—Fui contratada para una obra de teatro. Es un musical.

De pronto vi tres rostros deformarse por la melancolía. Ninguno trató de ocultarla.

—Pero le avisé al director que el grupo va conmigo —proseguí—, si así lo quieren. La gira será de algunos meses…

Me encontraba entusiasmada con los detalles, cuando, sin esperarlo, Salvador intervino:

—Le agradezco, señora, pero a mi edad no aguantaría separarme de mi familia.

—Pienso igual —añadió Fermín—. Si no duermo en mi cama, siento que no descanso. —Se sonrojó—. Aunque sí me halaga que pensara en nosotros.

Joaquín fue quien se demoró más en dar una respuesta. Supongo que analizó sus alternativas.

—Quisiera acompañarla —dijo al fin—, sería toda una experiencia, pero a mi papá no le gustará nadita la idea.

Me embargó la pena de saberlos incompletos. El grupo era su sustento y yo se los estaba quitando.

—Entonces, ¿qué harán? —les pregunté con una voz que salió débil.

—Siempre hay trabajo para nosotros, por eso no se apure —respondió Fermín—. Mejor disfrute su momento.

Hubo un silencioso instante.

Rememoré el primer día en el que tocamos, como nos costó esfuerzo coordinarnos y llegar a acuerdos. Siempre atesoraré esos bellos tiempos.

Cada uno se levantó.

—Grupo Errantes vivirá en nuestros corazones —dijo Joaquín, conmovido.

Los cuatro nos estrechamos las manos y formamos un círculo.

Las despedidas eran un suplicio y más cuando sabía que representaba el final de una etapa de grandes aprendizajes.

—Los voy a extrañar. —Lagrimeé, fue inevitable.

Nosotros también —escuché al unísono.

Así, concluimos con una agrupación que se volvió una hermandad. Solo cumpliría con los contratos próximos, en lo que ensayaba la obra, y luego, no volveríamos a tocar juntos jamás.

Una insistente sensación de pérdida me atacó durante varias semanas después de eso.

 

Catalina fue estricta en los repasos de mis escenas. Eran casi todas cantadas, pero se empeñó en enseñarme su técnica corporal y me ayudó a buscar mi “mejor ángulo”. También estuvo conmigo en las pruebas de vestuario. Me tocó cargar prendas pesadas y esponjadas que dificultaban la movilidad. Otro detalle que pulimos poco a poco.

Durante esos días me pregunté si Esteban sabía de la asesoría personal que su hija me daba y si se encontraba de acuerdo con ello.

No se lo pregunté a Catalina para que no pensara que todavía tenía un interés en su padre.

A cada uno de mis hijos les di instrucciones que debían seguir si no querían que me preocupara de más:

Esmeralda se quedaría en mi casa con sus hijos hasta que lo deseara, y si prefería seguir allí no tenía problema alguno. Ella debía ayudar a Onoria con sus citas como asistente para que aprendiera con la práctica. Onoria llevaría las cuentas de la casa porque era buenísima para cuidar hasta los últimos centavos. Angélica se encargaría de hacer su inscripción a la universidad con la guía de su hermano, y de cuidar a sus sobrinos mientras sus hermanas no estuvieran. Coni me mantendría informada sobre cómo avanzaba su relación. Uriel prometió aumentar sus calificaciones y dejarse de andar de ojo alegre.

Ellos ya eran lo bastante mayores como para cuidarse solos, aun así, le encargué a Nicolás que los frecuentara y estuviera al pendiente, en especial de los dos más chicos. Él aceptó sin rechistar, e incluso me regaló un bolso de su negocio para que “me diera suerte”.

Prometí escribirles desde donde estuviera. Las llamadas las reservaríamos para emergencias porque no en todos lados contaban con líneas telefónicas y los costos de larga distancia eran altos.

La noche antes de partir recé a Dios para que velara por cada uno; incluso por Guadalupe que seguía con cuidados en cama.

A todos les di mi bendición dos veces.

Subir al camión fue complicado. La maleta pesaba más por lo que no llevaba dentro. Mi vida se transformó demasiado rápido y tenía la obligación de adaptarme si pretendía sobresalir en el medio al que me metía.

 

En la capital nos esperaba un camión exclusivo para los participantes de la obra. Martín, el director, me presentó con todos. Yo era la nueva, la desconocida que miraron con cierto recelo. No permití que me afectara. Mi propósito era lucirme en la obra a como diera lugar. Además, la mayoría eran jóvenes, apenas unos veinteañeros frescos y talentosos. Solo dos pasábamos los cuarenta. Me senté sola porque sobraban asientos.




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