Cuestión de Perspectiva, Ella (libro 2)

Me duele el corazón

Mis dos hijas vacilaban demasiado.

Mostré molestia para que no me hicieran esperar más.

Esmeralda se animó a dar un paso al frente y se puso recta.

—Antes de que el teléfono se descompusiera, el tío Lázaro llamó. Dijo que la abuela está enferma.

Un espasmo en mi estómago acompañó la noticia.

—¿Qué tan enferma? —pregunté temerosa.

—La tienen con tratamiento —me desvió la vista—, pero que está exigiendo regresarse a la casa.

Onoria tronó la boca.

—¿Vas a traerla otra vez? Ella… —Se acercó a mí—. Mamá, ella no te quiere. Déjala donde está.

Eso no lo podía permitir. Al final de cuentas, se trataba de mi madre. Tenía la obligación de respetarla, fuera como fuera.

—Iré para ver cómo está y allá decido —les avisé.

Volví a ir a la puerta.

Ambas me persiguieron exaltadas.

—¿Sola? —preguntó incrédula Esmeralda.

No sabía cómo explicarles la terrible urgencia que nació en mi interior y que actuaba más por eso que por tener ganas de viajar de nuevo.

—Sí, sola. —Levanté la maleta.

Onoria trató de interponerse.

—¡Pero acabas de regresar!

¡No! No evitarían que acudiera al llamado, aunque lo rogaran.

Erguí el cuerpo y levanté la barbilla.

—Avísenle a su padre —les ordené.

Hice a un lado a mi hija con el mejor cuidado posible y abrí la puerta.

Ni siquiera me cambié la ropa. No era dueña del todo de mis acciones y pensamientos.

Opté por ir a ver a Lucas para pedirle que fuéramos juntos. Lo hallé acomodando las pocas frutas que quedaban en sus estantes.

—Pásale y déjalas donde siempre —comentó cuando escuchó los pasos detrás.

Seguro creyó que se trataba de algún repartidor.

No lo saludé, no le aclaré que era yo quien llegó, mi voz salió directa:

—¿Sabías que nuestra madre está enferma? —fue más un reclamo que una verdadera pregunta.

Lucas giró veloz hacia mí. El pobre no tenía conocimiento de que estaba de vuelta en la ciudad.

—Sí… —Recobraba despacio el sosiego. Cuando lo consiguió, puso una mueca de desaprobación—. Lleva “enferma” como un mes.

—Lucas —soné incrédula—, ¿por qué no te importa?

—La conoces bien. —Él continuó acomodando las manzanas que se negaban a permanecer apiladas—. Ha de estar mintiéndole a Lázaro para que se regrese a tu casa. —Me miró de reojo—. Eso no lo voy a permitir. Que se aguante donde está, se lo ganó a pulso.

¡No lograba concebir lo que decía!

—Entonces, ¿no vas a acompañarme? —quise confirmar, herida.

Mi hermano soltó un bufido.

—¿Vas a ir por ella?

Traté de acercarme, pero él avanzó hacia atrás.

—Quiero ver cómo está.

—No. —Elevó un brazo—. Esta vez no te apoyo.

Por dos segundos me mantuve callada.

—¿Seguro? —le pregunté por última vez.

—Muy seguro —ni siquiera vaciló.

Salí decepcionada, triste por su tajante respuesta y su evidente desprecio.

Tuve que abordar el autobús sola. Esas fueron cuatro largas horas en las que tuve tiempo de pensar en todos los problemas que tenía encima. Problemas que me perseguían a dónde fuera.

Lucio y Lázaro antes vivían en la misma ciudad, un agradable poblado con poca gente y un clima cálido soportable, pero Lucio se mudó poco después de la boda de Constanza. No se alejó tanto, su actual domicilio estaba a menos de una hora a una velocidad moderada, treinta y cinco minutos si manejaba don Selso.

Contemplaba por la ventana cuando esa idea me dio vueltas. «¿Por qué te me apareces donde sea?», cuestioné pensativa, como si pudiera recriminarle que mi mente jugara en mi contra.

Conocía la casa de Lázaro, fui cuatro veces en todos los años que llevaba viviendo ahí. Seguía siendo la misma propiedad de un piso con cuatro recámaras y un patio delantero de buen tamaño.

Su esposa, Dolores, se encontraba cuidando unas plantas cuando me quedé parada frente a la entrada.

La reja de acero nos separaba, pero me reconoció. Dejó a un lado la regadera de metal que cargaba y fue a abrirme.

—¡Cuñada! —Estaba también sorprendida de verme—. ¡Qué gusto que nos visites! Pásale.

Primero le pregunté sobre mis sobrinos y sobre ella.

Dolores me invitó a pasar y fui delante. Fue agradable comprobar que ella no tomaba partido en el distanciamiento de mi hermano.

El acomodo de su casa era impecable.

—¿Dónde anda Lázaro? —No lo vi cerca.




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