Cuestión de Perspectiva, Ella (libro 2)

Perdón - Parte 1

Pensé que tocaban a la puerta. Apenas un golpe leve y rápido. Incluso creí que el cansancio o la pena estaba confundiéndome. Quien llamaba tuvo que tocar de nuevo para que me levantara de un tirón. Supuse que se trataba de Lázaro. Agradecí que no tardara tanto como creí. O quizá era Isabel. Fuera quien fuera, era bueno recibir compañía.

Abrí confiada, quizá demasiado. Desconocía si algún Carrillo regresó al pueblo durante ese tiempo. A mi madre jamás le hicieron nada en sus visitas, pero a mis hermanos, por ser varones, no era seguro. El rencor puede prevalecer a través de la descendencia.

Estaba oscuro, faltaba iluminación afuera y ya anochecía. Retrocedí por inercia al no escuchar una voz que me calmara.

¡Temía lo peor!

Para mi sorpresa, quien tocó no era ni Lázaro ni Isabel.

¡Lo que vi en el umbral de la puerta me dejó pasmada!

Se trataba, nada más y nada menos, que de ¡Selso Esteban Quiroga! Mi querido Esteban, que con sus ojos de cielo iluminó esa dolorosa noche, se encontraba ahí.

Parpadeé varias veces. ¡No podía ser real!

Por un instante supuse que alucinaba producto del reciente duelo.

No me moví de mi sitio.

—¿Cómo es posible? —le pregunté con una voz débil y vacilante.

Él no respondió. Avanzó con pies firmes, me alcanzó y sus brazos me rodearon.

En ese momento un largo suspiro salió de mí. Solté el cuerpo, abandoné por ese lapso la tristeza.

—No debes estar sola —dijo cerca de mi oído.

Tan arrulladora su voz, me relajó.

Sentí su mano acariciándome la cabeza.

—¿Cómo supiste? —se lo pregunté sin soltarlo.

Detrás de él reconocí otra figura acercándose. Esta vez sabía quién era.

—¿Lucas? —Esos hombros y esas piernas un tanto arqueadas eran inconfundibles.

De pronto tuve la urgencia de separarme de Esteban. Me hice a un lado lo más rápida y discreta que pude, aunque era seguro que fuimos vistos.

—Nos encontramos a Lázaro —contó Lucas enseguida—. El muy pendejo no sabe cómo encontrar un teléfono. Tuvimos que ayudarle a que le dieran indicaciones. —Con tres pasos estuvo frente a mí—. Ya le avisé a Isabel y a la tía Antonia.

Esteban permaneció en el mismo sitio. Parecía un atento y fiel vigilante.

Abracé a mi hermano. Tenía claro que no expondría sus sentimientos, por eso quise ser un soporte para él.

—Mamá murió —salió de mi boca y una vez más la verdad me lastimó.

—Lázaro me dijo —respondió a la ligera, como si se tratara de cualquier cosa.

Dejé de abrazarlo, lo sostuve de los hombros y lo observé.

—¿No te duele? —Concentré la vista en su rostro.

Hice un esfuerzo extra para revisar cada mínimo cambio que hacía. La luz en la casa era poca. Solo servían dos focos de la improvisada instalación, y las veladoras que encontré las dejé en la habitación donde estaba el cuerpo de mi madre.

Para mi sorpresa, no hallé en él gran pena por la reciente pérdida.

—Debemos organizar el velorio —añadió sin más—. Supongo que vas a querer que se entierre aquí.

Asentí convencida de que era lo ideal.

—En el espacio familiar del panteón, como ella siempre quiso.

—No se diga más. —Lucas se acercó a Esteban—. Cuñado, ¿me prestas tu carro? Hay que despertar al funerario para que traigan la caja.

Observé de inmediato a mi hermano, impresionada como lo estuve solo en contadas ocasiones.

«Mira nada más a este “confiancitas”», pensé. ¿Desde cuándo le parecía correcto hacerle ese tipo de bromas? Y peor aún, en un día tan triste.

Esteban sacó de su bolsillo el llavero, se lo entregó. Luego Lucas se retiró.

Nos quedamos solos. Aunque quería decirle tantas cosas, sabía que era un mal momento. Dejaría esa conversación para después del novenario.

Lo invité a pasar a un espacio a un costado de la habitación de mi madre. Solía bordar ahí porque entraba bastante luz por la ventana alargada.

Mantuve la puerta abierta para velar el cuerpo. Coloqué dos sillas de madera tejidas con palma y ahí nos sentamos. Estuve un rato atenta a que no cedieran porque eran viejas. Que cayéramos al suelo de un sentón sería muy vergonzoso y, a nuestra edad, peligroso.

—¿En qué más necesitas ayuda? —me preguntó. Lo dijo de una forma cariñosa, tanto, que parecía que no estábamos distanciados por propia elección.

—Isabel ayudará a comprar las cosas, no te preocupes.

—Quiero ser útil —insistió y su atrevida mano fue a entrelazarse con la mía.

No lo evité ni me solté. Tener su calor y compañía redujo la intensidad del suplicio.

De ninguna manera le pediría que me ayudara a preparar a mi madre, para eso necesitaba a una mujer.




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