Culpable, su majestad.

CAPÍTULO 7

CAPÍTULO 7

La desgracia acechaba, pero también la posibilidad de ver el reino arder en llamas.

Un día después de que Bronson, Freya, Peter y Amanda llegaran a la casa Dagger, una carta enviada por Katrina llegó a sus manos. En la carta, Katrina explicaba que había llegado al palacio hacía una semana, pero había sido sometida a una constante vigilancia que le impedía enviar su informe anteriormente, peros había logrado adaptarse rápidamente a su nueva posición como sirvienta dentro del palacio, formando parte del equipo de limpieza. A pesar de las limitaciones impuestas por su situación, se había ganado la confianza de algunos miembros del personal del palacio, lo que le había brindado un acceso a algunos pasillos.

En su carta, Katrina mencionaba que había notado comportamientos sospechosos y conversaciones en susurros entre los altos mandos del palacio. En definitiva, la princesa seguía desaparecida.

— Ha llegado. Es nuestro turno de partir.

— ¿Y las invitaciones?

— Aún hemos de aguardar la llegada del duque. Hasta entonces, debemos esperar.

— ¿Viajaremos todos?

— No. Solo Bronson y yo. El resto permanecerá aquí para recibir y despachar cualquier nueva información. Peter nos conducirá en carruaje y regresará de inmediato.

— Pero Kali …

— No está a discusión, Mitchell.

— ¿Y la niña? ¿Se quedará con nosotros?

Freya negó.

— No, debe abandonar Garicia cuanto antes. Pero no puede ir sola, así que alguien deberá acompañarla. Díganme, ¿quién desea regresar a Nepconte?

Después de unos segundos en los que el silencio llenó la habitación y nadie se atrevía a dar un paso hacia adelante, finalmente Eliza se adelantó y ofreció su compañía a Amanda en el viaje hacia Nepconte, específicamente hacia el lugar conocido como el Nido del Búho, entre pocos altos mandos.

Con los preparativos en marcha, Eliza y Amanda se dispusieron a emprender el viaje. La niña, bañada y con ropa limpia, subía al carruaje lleno de heno con una sonrisa en su rostro, levantó su mano y agitó hacia donde Freya se encontraba. La sargento asintió para ella sin mostrar la misma exaltación. "Cuando llegues dale esta carta a la anciana; no preguntes, no hables, solo dejarás a la niña y te irás", le había dicho a Eliza quien se preparaba para el largo viaje.

El carruaje se puso en marcha, sacudiéndose suavemente por el camino.

— ¿Está listo el barco?

— Sí, todo está preparado. Los agentes ya han recibido la orden de asegurar el embarque —respondió Peter, con un gesto serio en su rostro.

— Bien, entremos ya, o las viboritas querrán asomarse.

Peter asintió y ambos se adentraron en la casa mientras el carruaje se dirigía al puerto donde Eliza y Amanda partirían hacia Nepconte.

— ¿Ya han partido?

— Sí, acaban de irse.

— Bien —murmuró Bronson, dejándose caer en el sofá de la sala de descanso.

De pronto, la puerta se abrió de golpe.

— ¡Señores, señores! —exclamó Mitchell, la cocinera, irrumpiendo en la estancia con el aliento entrecortado y una sonrisa radiante.

Los demás se levantaron de sus asientos, curiosos por saber qué había ocurrido. Freya, que hasta entonces conversaba en un rincón, se acercó con el ceño levemente fruncido.

— ¿Qué sucede? ¿Por qué tanto alboroto? —Preguntó uno de los presentes, notando la agitación de Mitchell.

Mitchell intentó recuperar el aliento antes de responder, su voz entrecortada por la emoción.

— ¡Ha dado resultado! —exclamó—. Freya Dagger es el tema de conversación en todo Iterbio.

— ¿Y qué es lo que dicen? —preguntó Freya.

— Entre las sirvientas se murmura que Miss Dagger ha repartido pan a los indigentes, que ha llevado flores y ungüentos medicinales… ¡Todos están asombrados! Algunos pocos dicen que es un acto innecesario, pero ya saben… siempre habrá quien desprecie la bondad ajena.

Bronson sonrió y palmeó el hombro de su “hermana”. “Buen trabajo”, le dijo al ver que la idea de Freya con hacerse conocida de esa manera había funcionado.

Tan pronto como pudieron, cada uno comenzó con sus labores en la casa Dagger como fuera de ella. Bronson y Horts se mantenían en el sótano uniendo información, ideando planes y demás, mientras que la sargento Kali salía como Freya Dagger a una reunión de té con las viboritas, como ella llamaba al grupo de jovencitas.

A medida que el carruaje recorría las calles de Iterbio, Freya, la mujer de cabellos rojos, notaba cómo las miradas se posaban en ella. Los transeúntes volteaban la cabeza, algunos susurraban entre ellos mientras seguían observándola, sin embargo, en lugar de sentirse molesta, una sensación de satisfacción la invadía. Su plan estaba funcionando: su nombre se estaba extendiendo por todos los rincones. El propósito de Freya era simple pero ambicioso: hacer que su nombre, Freya Dagger, fuera reconocido cuando llegara el momento en que el rey Herald Hyde considerara nombrarla como la sustituta de su hija.




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