VIENNA
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Hoy la tienda tuvo más visitas y compras que otros días.
Pero eso no me impresionaba tanto como lo hacía ese rubio ruidoso y torpe, aunque no lo diga en voz alta, claro.
Quiero, de verdad que quiero seguir pensando que todo se trata de alguna broma, pero ¿Cómo explicaría el hecho que hizo aparecer un arco y flechas de la nada y después las hizo desaparecer de la misma manera?
Lo miro mientras él está hojeando un libro con las hojas demasiado amarillas y habla con una señora de unos ochenta años.
Y eso también es algo que no le encuentro explicación, ¿Por qué algunos si pueden verlo y otros no?
Me despido del señor que se llevó una tetera y me quedo ahí, con los codos apoyados sobre el mostrador y lo miro, intentando encontrar lógica a todo esto, pero... no la hay.
¿Qué pensarías de esto, papá? ¿Tú serías de aquellos que lo ven? ¿Creerías que realmente es un cupido?
Sacudo la cabeza sin querer que esos pensamientos se apoderen de mi mente y solo voy atrás para sacar una caja más y acomodarla en los espacios vacíos.
—¿De donde sacan tantas cosas viejas? —pregunta el rubio apareciendo a mi lado y viendo el contenido de la caja. Demasiado cerca de mi espacio personal para mí gusto, por lo que doy un paso a un lado.
—La mayoría son donaciones de distintos pueblos o páginas de internet, otras son compradas —me giro para verlo y le pongo la caja en las manos, tomándolo desprevenido, pero se las arregla para no tirar la caja y le hago una seña para que camine y lo hace.
—La tienda no es tuya ¿Verdad? Es de... —frunce el ceño—, el señor Joel ¿Cierto?
Lo miro a los ojos por unos segundos antes de fijarme en los lunares que tiene en la mejilla, pero ahora soy yo quien frunce el ceño.
—¿Cómo sabes eso? —le pregunto, y aunque la mayoría sabe quién es el dueño de la tienda, si realmente dice ser quien dice ser...
—Oh, eso viene en la información que Eros me dio de ti —deja la caja sobre un mueble y se pasa una mano por el cabello. Alzo una ceja y me cruzo de brazos, él alza las manos a la altura de sus hombros—. Eso es parte del trabajo, dar un pequeño informe del humano que nos asignan. Además, es poca la información, no viene mucho... aunque me hubiera servido saber un poco más de ti, eso sería un poco más fácil para mí, porque hacer las cosas a ciegas no es lo mejor...
—Quiero ver ese informe que dices —lo interrumpo, porque si se suelta a hablar y hablar, ahora sí lo saco de la tienda.
Abre la boca y la vuelve a cerrar, pero al final se encoge de hombros y camina hacia atrás del estante donde comienzo a acomodar las cosas, tanto las que ya están ahí, que los mismos clientes desacomodan al verlas, como las que saco de la caja.
Lo escucho tararear algo, pero me concentro en lo que estoy haciendo. En mis tiempos muertos es lo que hago, acomodar todo por tamaños y a veces, por color y hasta por año. Cuando el señor Joel me ofreció trabajo aquí al poco tiempo de llegar al pueblo, todo estaba desordenado, y lo entendía, una tienda de antigüedades siempre estará en desorden para llamar más la atención de las personas, pero aunque lo intente, no pude dejarlo así.
—Oye ¿No sabía que todavía existieran estás cosas? —el rubio sale del otro lado del estante, con un par de mensáfonos en las manos— Uno de mis primeros humanos tenía uno de estos.
—Esos fueron creados más o menos por los noventas —dije en voz baja y viendo al rubio en busca de la edad de cualquier persona que ya había nacido antes de los noventas como para haber tenido para comprarse uno de esos.
Pero en su lugar solo veo a un adolescente cercano a los dieciocho años, que suelta un suspiro y su mirada se queda fija en los mensáfonos.
—Los noventas, que época tan... ruidosa, diría yo y una de mis favoritas, sin duda —sonríe ampliamente y se da media vuelta para regresar por dónde había salido.
Estoy por abrir la boca para recordarle que quiero ver ese informe, cuando lo veo salir del pasillo y caminar hacía el mostrador. Yo prefiero darme prisa con lo que estoy haciendo.
Pienso en el idiota ese que quiso coquetear conmigo, queriéndose hacer el interesante para llamar mi atención. Sí, como si no conociera a los de su tipo.
Miro el reloj antiguo que está cerca de la ventana, no servía al principio, pero decidí arreglarlo y no esperaba que funcionara, pero ahora ya tengo donde ver la hora sin necesidad de sacar mi teléfono.
Ya casi es la hora de la comida. Me giro para ver al rubio, y lo encuentro inclinado sobre el mostrador.
—¿Qué estás haciendo? —me acerco para que tanto está escribiendo en el cuaderno.
Por un momento pienso en que se trata del cuaderno donde anoto las ventas, pero ese sigue en su lugar.
—¿De dónde sacaste ese cuaderno?
—Lo tomé de tu mochila —dijo sin levantar la mirada, sus rizos cayéndole al frente—, espero que no te moleste.
Me quedo viendo su cabello, se ve demasiado suave, y la luz hace que brille de una manera bonita.
Editado: 07.10.2026