CUPIDO
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Avanzo unos pasos dentro de la habitación, mis ojos van de aquí a allá viendo todo y quiero acercarme a todo al mismo tiempo.
Es como si entrara a un mundo muy diferente a lo que vi allá abajo.
—Quiero que me escuches —dice Vienna cerrando la puerta—, o te juro que cambio de idea y te dejo afuera.
Al escuchar eso, me giro por completo para quedar frente a ella, que sigue junto a la puerta, su mochila ya está sobre un sillón redondo de color negro y apuesto a que es muy cómodo.
—Primero, hazme un favor y quítate los tenis —miro sus pies y ya no tiene sus botas, están a un lado de la puerta, junto a un mueble donde están varios calzados más, me señala un espacio y entiendo que ahí es donde debo poner los míos.
Asiento con la cabeza y levanto mi pie, alcanzando el teni de color azul marino y comienzo a jalarlo, pero este no sale. Lo intento y lo intento, pero no quiere, y en un último jalón que doy, pierdo el equilibrio y caigo al suelo… No, caigo sobre una alfombra, que es demasiado suave. Espera, todo el piso está alfombrado de un color morado oscuro, eso es más genial.
No escucho el momento en el que Vienna se acerca y se agacha para quedar frente a mi.
—Primero tienes que desabrochar las agujetas, genio —lleva sus manos a los cordones que pensé que eran sólo decoración y tira de dos de ellos, soltando el nudo que tenían y vuelvo a intentar sacar el calzado y esta vez si sale.
Y al verla hacer eso, noto algo que no había visto. Sus uñas son largas y moradas con negro. No sé si tengan importancia, verdad, pero se ven geniales.
—¿Por qué hacen esto? —pregunto, dejando de ver sus uñas e imitando lo que hizo en el otro— No sería más fácil estar descalzos o traer una de esas sandalias que le gusta usar a Apolo.
—También hay sandalias aquí, pero solo se suelen usar en tiempos de calor —explica, sentándose y cruzando las piernas—. Mira, si te vas a quedar aquí, tienes que escucharme y hacerme caso.
—Te escucho.
Me acomodo para mirarla a los ojos, pero ella desvía un poco la mirada hacía abajo. Quiero preguntarle sobre eso, pero ella comienza a hablar:
—El hecho de que Helena y Rick no puedan verte, no significa que no puedan escucharte si haces ruido aquí, aunque gracias a la alfombra no se escucha mucho ruido si te caes… Otra vez.
—Si, suele pasarme mucho, así como el chocar con las cosas. Me acuerdo de una vez que entré corriendo a la herrería de Hefesto, pero no vi el estante donde estaban las espadas y choque con él y tiré todo… Después de eso Hefesto me prohibió la entrada a su herrería y si quería pedirle algo, tenía que hacerlo por escrito.
Vienna me mira con la cabeza inclinada ligeramente hacía la derecha y una mirada de “¿ya terminaste?”. Le sonrío de la manera más inocente que puedo.
—Lo siento, continua.
Suelta un suspiro, pero no es uno enojado. De hecho, no parece enojada.
—Cuando estemos aquí, en la casa, y si ellos están también, no quiero que salgas de esta habitación ¿entendido? No quiero tener que darles explicaciones del porqué las cosas levitan o porque se escuchan ruidos raros.
—Entendido, y no creo tener problemas con eso, aquí hay muchas cosas con las que me puedo entretener.
Miro de nuevo alrededor, a los peluches, pero noto algo curioso, hay varios peluches de medusas, y no solo son peluches, también hay dibujos y un cuadro grande del mismo animal colgado frente a su escritorio. La mayoría, en colores morados.
—Ya veo cual es tu animal favorito —le digo—, aunque por un momento pensé que serían los murciélagos.
Se queda callada y la miro, sigue sin parecer molesta por el comentario y al contrario, se encoge de hombros.
—También me gustan —señala una esquina de su techo y ahí están, como si estuvieran volando, varios murciélagos en distintos tamaños—, aunque prefiero a las medusas —se levanta y camina a donde dejó su mochila antes de caminar a donde está un escritorio—. Y sobre las cosa que están en esta habitación —se gira para verme—, te voy a pedir otro favor, aunque esto si me va a doler, pero si vas a agarrar algo, no lo rompas y, por favor, lo dejas en su lugar, tal cual lo encontraste, cuando termines de utilizarlo.
—Entendido y anotado.
Me pongo de pie y dejo mis tenis en donde me dijo, tratando de dejarlos tan acomodados como los de ella. Y hay me doy cuenta de otra cosa, y es que el mueble donde tiene sus calzados es en forma de ataúd negro. Me río por eso y cuando me giro, noto que no es el único que tiene esa forma.
Vienna está sentada en su silla frente al escritorio, sacando cosas de su mochila.
Pienso en acercarme a ver lo que hace o va hacer, pero entonces se escucha un grito de su madre desde abajo:
—¡Vienna ¿Puedes ayudarme a poner la mesa?!
Vienna se queda quieta por un segundo antes de ponerse de pie y acomodar sus cosas sobre el escritorio, y se gira para verme.
—Ni un ruido, Mack. En serio.
—Lo prometo —pasa a mi lado y mientras se pone otros zapatos, siento de nuevo ese dolor en el estómago y pongo una mano en ese lugar—. Vienna, otra vez mi estómago está cobrando vida y gruñe como un animal salvaje.
Editado: 07.10.2026