Dakar

4. El idioma de los motores

Me desperté con la boca seca, un sabor metálico en la lengua y un dolor de cabeza que golpeaba contra mis sienes con el ritmo sordo de un pistón fuera de fase.

El departamento estaba en un silencio sepulcral.

Un silencio demasiado pesado para la hora que debía ser, de esos que no transmiten paz, sino la resaca de algo que se rompió la noche anterior sin hacer ruido.

Me quedé mirando las grietas del techo, intentando reconstruir la curva de los acontecimientos. No había una respuesta clara. Solo fotos sueltas, flashes sin orden ni concierto; la botella verde sobre la mesa, la huella húmeda del vaso junto al sofia, la luz fría de la cocina encendida y la pantalla del celular parpadeando como una baliza de emergencia.

No recordaba haber contestado ninguna llamada. En mi código personal, eso contaba como una victoria a medias. Giré la cabeza hacia la mesa de luz, el teléfono estaba ahí, con la pantalla congestionada de notificaciones.

Tres llamadas perdidas de mí papá. Un mensaje de Franco. Y uno de Noah.

El pulso se me aceleró apenas una milésima de segundo, traicionero. Abrí primero el de Noah.

Noah: ¿La moto tiene salvación o tengo que empezar a buscarle un funeral?

La comisura de mi boca se elevó un milímetro, instintiva. El dolor de cabeza me devolvió a la realidad con un chispazo en los ojos. Dejé de sonreír.

Tipeé con el pulgar torpe.

Bruno: Tiene salvación. Vos no sé.

La respuesta tardó lo que tarda un parpadeo.

Noah: Qué tranquilidad. ¿Me mandás la lista de piezas?

Le saqué una foto al papel arrugado que había garabateado la tarde anterior y se la mandé.

Bruno: Batería, aceite, filtro, bujías y un par de juntas. Tengo que abrirla para ver el desastre real.

Noah: ¿Y si paso por el taller? Así me explicás en persona qué tengo que comprar y no compro cualquier porquería.

Me quedé contemplando el texto. En mi mente resonó la forma en que había dicho que iba a volver por la moto. Y resonó, sobre todo, la certeza de que ninguno de los dos estaba hablando únicamente de mecánica.

Noah era un imán que no entendía de fricciones ni de frenos.

Bruno: ¿Vos querés venir al taller o querés verme a mí?

El indicador de lectura permaneció gris unos segundos. Luego, los tres puntitos bailaron en la pantalla.

Noah: Qué ego tan grande para alguien que todavía no hizo arrancar mi motor.

Sentí una punzada eléctrica en el estómago.

Bruno: Entonces no vengas.

Noah: ¿Eso es una invitación inversa a que vaya?

Bruno: No.

Noah: Perfecto. Voy después del mediodía.

Dejé el celular boca abajo sobre el colchón y me senté en el borde de la cama, apoyando los codos en las rodillas y hundiendo la cara en las manos. La cabeza me pesaba como si estuviera hecha de plomo. Miré hacia la mesada de la cocina. La botella de whisky seguía allí, una silueta de cristal amberino que funcionaba como un espejo descarnado. Le quedaba menos de la mitad. El líquido bajaba al mismo ritmo que mi capacidad para controlar lo que sentía.

No recordaba haber tomado tanto. O quizás sí, pero la memoria es un mecanismo cobarde que tiende a filtrar los excesos para que no duela tanto el ajuste de cuentas.

Me levanté, fui hasta el baño y tomé agua directamente de la canilla, sintiendo el chorro helado bajándome por la garganta como un extintor.

Antes de cruzar la puerta para irme, agarré la botella de whisky y la encerré en el mueble bajo la mesada, no quería que me mirara a los ojos mientras intentaba armarme para el día.

[*]

Kilómetro Cero olía a aceite quemado, caucho sintético y metal caliente antes de que Mateo terminara de subir la persiana metálica. Era un olor ácido, denso, pero para mí, era el único aroma que ponía en orden el caos de mi cabeza.

Franco ya estaba encarnizado contra una moto que llevaba dos días negándose a dar chispa.

—No la mires con esa cara —le dije, tirando la mochila sobre el banco de trabajo.

Franco levantó la vista, con los pómulos manchados de hollín.

—¿A la moto o a vos?

—A la moto.

—La estoy mirando como se mira a una enemiga jurada.

—Por eso no te arranca, Franco. A los motores no se los combate; se los entiende. Si te ponés violento, el metal se cierra.

—Miren al filósofo de la tuerca —se burló, haciendo sonar la llave de trinquete—. Qué raro. Pensé que vos solo sabías hablar con tono de suficiencia para asustar a los clientes.

Me detuve en seco. Franco me sostuvo la sonrisa, pero en sus ojos había una lupa puesta sobre mí. Diego salió del pañol con una caja de llaves fijas. Me midió en un segundo, desde las ojeras marcadas hasta la forma rígida en que sostenía los hombros.

—¿Dormiste algo, Bruno?

—Sí.

—No te pregunté si cerraste los ojos. Te pregunté si dormiste.

Lo clavé con la mirada.

—¿Ahora resulta que todos se recibieron de psicólogos en este taller?

—No —respondió Diego con una calma exasperante—. Algunos simplemente tenemos ojos y no nos gusta ver cómo te prendés fuego solo.

—¿Cuánto tomaste ayer? —insistió Franco, perdiendo la guasa.

Agarré un trapo, una llave del doce y me concentré en apretar un perno que no necesitaba ajuste.

—No sé.

—Bruno.

—¿Qué?

—No te estamos juzgando —dijo Diego de forma pausada—. Pero estás manejando con la reserva desde hace semanas. Y la reserva se agota.

Apreté los dientes hasta que me dolió la mandíbula.

Que no me juzgaran me hacía sentir diez veces peor que si me hubieran puteado. La piedad me resultaba insoportable; la agresión, en cambio, era un territorio que sabía mapear a la perfección.



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En el texto hay: drama, coqueteo, boylove

Editado: 06.10.2026

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