ARCO 1:EL COMIENZO DE LA MAGIA
El bosque que rodeaba la colina estaba irreconocible. Donde antes había caminos ocultos por la niebla, ahora quedaban raíces retorcidas y tierra seca. La torre de Lyssandra ya no se alzaba orgullosa: solo quedaban paredes derrumbadas, piedras cubiertas de musgo y el olor viejo de un hogar quemado.
Kael subió despacio, como si cada paso pesara una década. El silencio era denso, pero en él creía escuchar la voz de su maestra: “La magia no muere mientras alguien la recuerde”.
Se arrodilló frente a lo que alguna vez fue su habitación y apartó escombros con las manos. Allí, bajo la piedra y la ceniza, encontró un cofre pequeño, protegido por un sello que reconoció al instante: el Vínculo de Sangre, un hechizo que Lyssandra usaba solo para guardar lo más peligroso.
Un corte en su palma bastó para romperlo. Dentro había pergaminos ennegrecidos, frascos con líquidos que parecían latir, y un mapa dibujado en tinta roja. En él, un símbolo que Kael jamás había visto: una espada envuelta en llamas negras, con una sola palabra escrita debajo: Arkh’Zhaar.
Los pergaminos hablaban de un arma forjada antes de que existieran los Guerreros Anti-Magia, un filo nacido del corazón de una estrella caída. No absorbía magia: la corrompía, la volvía veneno. Con ella, incluso el acero nigro podía ser quebrado.
Pero conseguirla implicaba entrar en las Catacumbas de Sahl-Varr, un lugar sellado por los primeros magos y custodiado por guardianes que no conocían la muerte.
Kael cerró el cofre y lo abrazó contra el pecho. Por primera vez desde la muerte de Lyssandra, sentía que tenía un propósito más grande que la venganza inmediata: armarse con el poder que pondría de rodillas a los cazadores de su especie.
Al salir de las ruinas, el viento pareció susurrar entre las piedras. Kael no supo si era el eco del pasado o la voz de Lyssandra, pero creyó escucharla decir:
Ve y rómpelos....