Fue el anciano de la cicatriz quien la delató.
No lo hizo con un castigo ni con un informe. Lo hizo con una sola frase, dicha al pasar, a un instructor de hombros anchos que repasaba la lista de cadetes en la galería norte.
—Hay una niña en el patio que ve el Aurum antes de que exista —dijo el anciano—. Revísala, Darius.
Darius levantó la vista de sus papeles.
—¿Una niña? ¿De quién?
—De los Haek. Seis años, rodillas peladas, demasiada lengua.
Darius pensó en ignorarlo. Los ancianos veían prodigios en cada sombra, y los prodigios casi nunca existían. Pero esa tarde, al cruzar el patio, encontró a una niña imitando a escondidas los ejercicios de canalización de los cadetes. Tenía la mano extendida y la lengua entre los dientes, concentrada. En la palma le temblaba un resplandor tenue.
Debió reprenderla. Eso mandaba el reglamento.
—¿Quién te enseñó eso? —preguntó, en cambio.
Hange dio un respingo. Escondió la mano a la espalda.
—Nadie.
—No te pregunto quién te dejó. Te pregunto quién te enseñó.
—Ya le dije que nadie. —Hange infló las mejillas. Un segundo después, la verdad se le escapó, como siempre—. Lo siento desde siempre. Es como escuchar el Aurum antes de que aparezca.
Darius cruzó los brazos y la estudió. Debía ser un castigo. El reglamento mandaba un castigo. Pero había algo en esa niña que le hizo guardar el reglamento en un cajón.
—Mañana, antes del amanecer —dijo—. Te quiero en el patio de cadetes.
Hange abrió los ojos como platos.
—¿Me va a dejar entrenar?
—Te voy a dejar demostrar si vales la pena. No es lo mismo.
—¡Sí, señor!
Salió corriendo, y Darius se quedó un momento solo, preguntándose en qué momento había dejado de ser un hombre sensato.
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Un año después, a los siete, Hange entró formalmente al ciclo de entrenamiento militar.
El primer día, decenas de cadetes la miraron entrar al patio. Algunos tenían su edad; otros eran mayores y llevaban meses con los instructores.
—¿Esa es la niña de la que hablan?
—¿De verdad la dejaron pasar?
—Quizá sea hija de algún líder importante.
Hange los oyó. No les prestó atención. Tenía los ojos fijos en la hilera de objetivos de piedra del otro lado del patio, y el corazón le latía como si hubiera corrido toda la mañana.
Darius se plantó frente a los cadetes.
—Hoy no quiero saber cuánta energía pueden soltar. Quiero saber si son capaces de obedecer a su propio cuerpo. —Señaló las piedras marcadas con círculos—. Concentren el Aurum en la palma y golpeen el objetivo. No destruyan la piedra. No quiero fuerza bruta. Quiero precisión.
Los cadetes empezaron. Algunos apenas producían una chispa. Otros envolvían la mano en una capa fina de energía que se les apagaba antes de golpear. Un muchacho de doce años lo logró, pero la piedra se partió en dos, y Darius lo mandó a repetir.
Cuando llegó el turno de Hange, Darius cruzó los brazos.
—Adelante.
Ella se paró frente al objetivo. Cerró los ojos. Respiró.
Y extendió la mano.
El Aurum respondió de inmediato, como si hubiera estado esperándola. Una corriente invisible le subió por el brazo y se concentró en la palma. La piedra vibró con un sonido seco, y en el centro apareció una grieta perfectamente circular.
Nadie habló.
Darius se acercó, pasó el pulgar por la marca y la miró a ella.
—Repítelo.
Hange obedeció. La grieta se abrió en el mismo punto, con el mismo trazo exacto, como si la hubiera dibujado con un compás.
—¿Cuántas veces has practicado? —preguntó Darius.
—No sé. Muchas.
—¿Desde cuándo?
—Desde que empecé a sentirlo.
Aquella respuesta no tenía sentido dentro de ningún método de enseñanza. Los cadetes aprendían a reconocer el Aurum con ejercicios de concentración, y a la mayoría le tomaba meses distinguirlo de sus propias sensaciones. Hange parecía haberlo hecho al revés: primero lo había oído, y después había aprendido a nombrarlo.
—Ahora, combate —dijo Darius, y señaló a un cadete de doce años, casi el doble de alto que ella.
—Instructor, no quiero lastimarla…
—Entonces controla tu fuerza. ¡Comiencen!
El muchacho atacó con un golpe directo. Hange inclinó la cabeza apenas unos centímetros y el puño pasó de largo. Un giro sobre un pie, un toque en el costado, y el cadete cayó de rodillas.
Se levantó furioso, con los brazos cubiertos de Aurum, y atacó más rápido. Hange esquivó dos golpes, bloqueó el tercero y empujó su hombro. Otra vez al suelo.
Desde los bordes del patio empezaron los murmullos.
—Tiene siete años…
—Eso no es normal.
—¿Cómo supo por dónde iba a atacar?