Dawn Breaker 05

Vástagos

Pasaron los meses, y Hange dejó de ser la niña que se colaba en el patio para convertirse en la cadete que llegaba antes que los instructores.

Esa mañana, Darius la llevó a un rincón apartado del campo de entrenamiento, lejos de las piedras y de los demás cadetes. Había nieve acumulada contra los muros y el aliento de ambos salía en nubes pálidas.

—Hoy empiezas con la técnica más importante del clan Haek —dijo Darius—. Los vástagos.

Hange se enderezó tanto que casi se puso de puntillas.

—¿Los que usan los líderes?

—Los que usan los líderes. —Darius se agachó para quedar a su altura—. Un vástago no es una manifestación de Aurum cualquiera. Es una extensión de tu cuerpo, de tu mente y de tu alma. Su forma depende de quién eres, y su fuerza depende de cuánto puedas imponerle tu voluntad sin romperte en el intento.

—¿Cuánto tarda la gente en aprender?

—Los adultos, años. Muchos solo consiguen formas incompletas, o las mantienen unos segundos y se desmayan.

Hange tomó aire.

—Entonces voy a ser más rápida.

—Eso tendrías que demostrarlo, no anunciarlo.

Ella extendió las manos y cerró los ojos. Frunció el ceño. Apretó los labios. En su palma apareció una silueta temblorosa que se deshizo como humo.

—No la fuerces —dijo Darius—. Un vástago no se fabrica a golpes. Hay que comprender su estructura y crear una conexión estable con él.

—¿Y cómo hago eso?

—Concéntrate.

—Llevo concentrada veinte minutos.

—Entonces concéntrate otros veinte.

Hange infló las mejillas, molesta. Darius disimuló una sonrisa tras la mano.

—El Aurum responde a tu voluntad, pero eso no significa que debas imponerla sin entender lo que haces. Intenta sentir la forma que quieres darle, antes de dársela.

Hange volvió a cerrar los ojos.

Durante un rato no hubo más sonido que el viento entre los muros. Después, en la oscuridad detrás de sus párpados, apareció una figura larga, flexible, parecida a una extremidad que nacía de su espalda. No sabía por qué había imaginado eso. No era un arma ni un animal ni nada que hubiera visto en el patio. Simplemente era lo que quería crear.

El Aurum se reunió detrás de ella.

Primero fue una sombra. Después, una estructura oscura que se alzó despacio, con los bordes vibrando como la superficie de un lago bajo la lluvia. Era negra, pero no del negro de la ausencia de luz. Era un negro denso, antiguo, que parecía absorber la poca claridad del invierno.

Darius dejó de sonreír.

La forma se estabilizó.

Hange abrió los ojos y movió la mano derecha. El vástago imitó el gesto, lento, preciso. Levantó el brazo izquierdo, y la extensión respondió de la misma manera, sin un solo temblor.

—¿Es esto lo que querías crear? —preguntó Darius. No logró esconder del todo la sorpresa.

—Sí. —Hange giró la cabeza para mirar la sombra que le brotaba de la espalda, fascinada—. Pero creo que puedo hacerlo más grande.

—No. Por hoy basta.

—Pero todavía no terminé.

—¡Hange!

Fue casi un grito. Ella se sobresaltó, y el vástago se deshizo en una lluvia de partículas luminosas que se apagaron antes de tocar el suelo.

Hubo un silencio incómodo. Darius se acercó y se agachó frente a ella, y esta vez no había nada de burla en su rostro.

—Escúchame bien. Lo que acabas de hacer no es algo que deba tomarse a la ligera. ¿Entiendes?

Hange asintió, aunque no parecía entender del todo. Bajó la mirada hacia sus manos.

—¿Hice algo malo?

—No. —Darius apretó la mandíbula—. Ese es precisamente el problema.

Se incorporó despacio. Alzó los ojos hacia las ventanas del edificio que daba al patio exterior, y el estómago se le encogió.

Dos hombres con el uniforme de los mandos militares los observaban al otro lado del cristal. No sabía cuánto tiempo llevaban allí.

El tiempo suficiente.

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Esa noche, la cámara principal del clan olía a piedra fría y a cera quemada.

Diez líderes supremos se sentaban alrededor de una mesa de piedra negra. Sobre ella descansaban documentos tan viejos que algunos se habían oscurecido hasta volverse del color del té. Orión Haek, el líder principal, permanecía de pie mientras los demás discutían, con las manos apoyadas en el borde de la mesa.

—¿Están seguros de que no es una exageración de los instructores? —preguntó uno de los ancianos.

—Lo vi yo mismo —respondió Darius, de pie junto a la puerta. Había sido convocado como testigo, y se notaba lo poco que le gustaba el papel—. La niña controla su Aurum con una naturalidad que no he visto ni en nuestros mejores guerreros.

—¿Y los vástagos?

—Los manifestó y los estabilizó sin entender los principios teóricos. Sin que nadie se lo explicara del todo.

Un murmullo recorrió la sala.




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