Elira
¡Ser humana era un incordio!
Se suponía que había desayunado esa misma mañana, pero en apenas un par de horas ya me estaba muriendo del hambre. El estómago no me dejaba de sonar como si una batalla campal se estuviera librando ahí dentro y las piernas me dolían de tanto caminar. Y todo eso sin mencionar el frío que me calaba los huesos a través de la fina tela de la ropa cuando empezó a bajar la temperatura.
Lo peor era que ya me había acercado a varios puestos para pedir algo de comer, pero todos me echaban cuando les decía que no tenía dinero.
Si me iban a mandar a resolver el asunto como humana… ¡podrían haberme dado algo de dinero humano!
—Ay, ¿y ahora qué hago?
Me dejé caer sentada junto a la pared de una casa vieja. No sabía qué hora era, pero el cielo ya estaba rojo, por lo que debía ser bastante tarde y no solo no había conseguido comer, sino que tampoco averigüé nada acerca de Ashara.
¿En serio los humanos necesitaban alimentarse tan seguido?
—Jovencita, ¿estás bien?
Levanté la cabeza que tenía casi oculta entre las piernas y vi a una mujer frente a mí. No era anciana, pero parecía bastante mayor. Su expresión era de preocupación al verme temblar. Tal vez pensó que yo era una mendiga.
Bueno, no estaba tan equivocada.
—Eh, sí. Gracias… —le respondí.
El sonido de mi estómago rugiendo me delató. El calor me coloreó las mejillas de inmediato.
—¡Por el Padre! Debes estar muy hambrienta, ¿no has comido?
Solo negué con la cabeza, avergonzada.
—Ten, muchacha —dijo, rebuscando algo en el bolso que llevaba colgado al hombro. Sacó un trozo de pan. Estaba un poco duro y seco, pero no dudó en ofrecérmelo.
Yo habría querido negarme, pero el hambre era tanta que ni siquiera lo pensé dos veces.
—Grashias —hablé con la boca llena de migas.
—¿Por qué estás sola en la calle? ¿Dónde están tus padres?
¿Padres? ¿Me veía tan joven como para que me preguntaran eso?
—Ah, no sé. Nunca los conocí.
Ella se llevó una mano a la boca, sorprendida. Sentía lástima por mí y, bueno, yo también me la tenía en ese momento.
—¿De dónde vienes?
Uy. No podía decirle que del mundo fae. Había dos posibilidades si hacía eso: que no me creyera y pensara que estaba deschavetada, o que me creyera y me pusieran un castigo peor por chismosa y bocona, así que tuve que inventar una excusa rápido.
—De… de un reino vecino. Me abandonaron aquí unos… —Miré en todas direcciones, porque no se me ocurría nada que decir, hasta que vi a unos hombres ebrios saliendo de un bar al final de la calle—. Unos bandidos borrachos, me secuestraron y abandonaron en el bosque.
Era una mentira descarada, pero fue más o menos una adaptación del incidente que había sufrido de niña.
—¡Eso es terrible! ¡Pobre de ti! —exclamó dramáticamente.
¿En serio era tan malo? Pues no me parecía para tanto, digo, la mentira, porque lo que en verdad me había sucedido sí era una tragedia.
—Ven, te ayudaré.
Esa mujer parecía ser buena como el anciano, hasta me había dado de comer. Y viendo que empezaba a caer la noche, no me quedaba más opción que aceptar.
Era eso o dormir en la calle.
La mujer me guio por un par de callejuelas estrechas hasta una casa modesta, pero iluminada por una luz cálida que salía por las ventanas. Al entrar, el olor a leña y a sopa caliente me llenó la nariz, haciendo que se me hiciera la boca agua otra vez.
—¡Estoy en casa! —anunció la mujer.
Un hombre alto, de brazos fuertes y manos manchadas de hollín salió de lo que parecía ser una pequeña cocina, seguido por un muchacho joven que llevaba un plato de madera. Los dos se detuvieron al verme.
—¿Martha? ¿Quién es la jovencita? —preguntó el hombre, frunciendo el ceño, aunque sin dureza en la voz.
—Es una pobre muchacha sin hogar —explicó Martha, dándome un leve empujón por la espalda para que avanzara—. La encontré en la calle muriéndose de hambre. Se quedará esta noche.
Pensé que el hombre se molestaría. En el mundo de las hadas, nadie compartía su espacio ni sus recursos sin exigir un tributo o un favor a cambio. Pero, para mi sorpresa, el sujeto solo suspiró, negó con la cabeza y me sonrió con amabilidad.
—Bueno, donde comen tres, comen cuatro. Siéntate, muchacha. Me llamo Tom, y él es mi hijo, Lucas.
El ambiente dentro de esa pequeña casa era raro, pero agradable y muy cálido. Los tres hablaban, se reían de cosas insignificantes y se pasaban la comida con una soltura que jamás había visto en la academia. Las familias humanas no parecían los monstruos primitivos que me habían enseñado. Eran extrañamente acogedores.
Mientras cenábamos la sopa caliente, Tom dio un golpe suave sobre la mesa.
—La ciudad está hecha un caos total —comentó, mirando a su esposa—. Mañana la comitiva del rey estará recorriendo el distrito este. Andan probando el famoso zapato de cristal a cuanta doncella se les cruce enfrente.