De Hadas y Zapatos de Cristal

Trece

Elira

Terminé de limpiar la habitación de la señora Von Valerius lo más rápido que pude y salí casi corriendo de ahí.

Yo ya no podía hablar con los animales como antes, pero eso era porque no tenía más mi magia, no significaba que ellos fuesen tontos o que no me pudieran entender. Por eso sabía que la ratita sería mi salvadora.

—Ven aquí, amiguito —susurré cuando llegué a la cocina, acuclillándome frente a ella (¿o él) mientras le ofrecía un trocito de queso.

Su nariz se agitó en cuanto empezó a oler desde la distancia, dudando si confiar en mí.

—Vamos, ¿me recuerdas? Soy yo, la señorita mosca.

Apenas me escuchó decir eso, corrió hasta llegar a mi lado y royó el queso con sus dientes amarillentos. Acerqué mi mano a su pequeño cuerpo y, con las yemas de los dedos, le acaricié la cabecita.

—Eso es, no te haré ningún daño —sonreí, dejando que se atiborrara—. Necesito que me ayudes, ¿sí? Es por el bien de Ashara.

Dejó de comer cuando pronuncié ese nombre. Sus ojos redondos se clavaron en mí y supe que me había entendido a la perfección.

Le susurré el plan, procurando que nadie más escuchara, y cuando terminé de hablar, la rata salió corriendo y se metió en el hueco entre un estante y la pared, pues las voces de las demás criadas indicaban que se estaban acercando.

Si todo salía bien, tendría esa llave en mis manos dentro de poco. Córax estaría muy orgulloso de mí.

—¿Has escuchado los ruidos que vienen del sótano? La señora Agnes me gritó ayer por asomarme —decía una de las criadas que venía caminando, sosteniendo el trapeador en una mano y un balde de agua en la otra.

A su lado, otra de las criadas la miraba pasmada.

—Sí, escuché sollozos y gritos. —Se le puso la cara tan pálida como el papel—. ¿No será que hay fantasmas? Esta mansión es muy vieja.

—Ay, no sé. Ya quiero irme de aquí.

Las dos se pararon en seco cuando se toparon conmigo. Claire, o así creo que se llamaba, frunció el ceño.

—¿Por qué no estás limpiando? —cuestionó, no lo dijo en tono despectivo, pero sí de regaño—. Si te ven ahí parada sin hacer nada nos gritarán a todas.

—Ah, sí… —Agarré mis cosas y empecé a caminar hacia otra habitación, pero antes de entrar me puse a buscar a la rata con la mirada. La pequeña se asomó tras el estante del pasillo y volvió a esconderse dos segundos después.

Las otras dos criadas siguieron en lo suyo y yo me perdí tras la próxima puerta. Ya no quería limpiar más, pero tenía que mantener la fachada un poco más de tiempo.

Para mi alivio o desgracia, esa misma tarde se presentó la Comitiva Real del príncipe en la mansión Von Valerius. Yo estaba en la cocina almorzando con las otras criadas, cuando de la nada la señora Agnes entró como un huracán y empezó a gritar que debíamos dejar lo que sea que estuviéramos haciendo para ir a atender a los invitados de la señora.

La Comitiva no era nada silenciosa, se anunciaron con trompetas, un carruaje tirado por corceles blancos y un puñado de guardias con pesadas y relucientes armaduras de hierro.

Me asomé por la ventana cuando escuché el anuncio ruidoso. Había un hombrecito más bajo que un enano adulto parado al frente de la Comitiva. Juntó los talones y enderezó la espalda para verse más imponente, pero no lo logró. Se aclaró la garganta y gritó:

—¡El Guardia Real del Príncipe Evander y Teniente del ejército de Kalendor, sir Rowen, se presenta ante ustedes!

Alzó tanto la voz que el cuerpo diminuto se le fue hacia adelante y por un segundo pensé que iba a irse de bruces contra el suelo, pero solo se tambaleó un momento y recuperó el equilibrio.

La señora Von Valerius y sus hijas corrieron hacia la puerta frontal de la mansión y se formaron frente al carruaje, justo cuando la puerta se abría y el pie de un hombre se asomaba por la escalinata.

No tardó en salir. Llevaba puesta la armadura completa, excepto por el yelmo, dejando su rostro al descubierto.

Abrí la boca con gran asombro. No solo se parecía muchísimo al príncipe que había conocido en el baile, sino que era el impostor.

¡El príncipe falso!

¿De modo que era su Guardia Real?

—¿Crees que tienes tiempo para ponerte a espiar, Eloria? —me regañó la señora Agnes, dándome escobazos en los pies.

Yo pegué varios saltitos para esquivarla y no la corregí cuando dijo mal mi nombre. Prefería que no se lo supiera.

Las otras criadas ya estaban en el salón cuando llegué corriendo y me paré rígida a un lado de una de ellas. Las escuché murmurar embobadas sobre lo guapo que era el Guardia Real y de cómo se casarían con él sin dudarlo, aunque no fuera más que un sirviente.

Me lo quedé mirando durante un segundo sin prestarle atención a nada más y tuve que reconocer que no mentían. Tanto él como el príncipe Evander, ambos eran apuestos, pero el príncipe tenía un aire mucho más… sobrenatural. Podría decir que había algo mágico en él, después de todo, había escuchado la voz de Córax. Era probable que corriera sangre fae por sus venas.




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