De Paseo

La Gente de Ciudad me Amarga

La gente de ciudad me amarga
con sus caras largas.
Ellos andan
como si el alma
les pesara.
El alma
recuerda cómo bailaba
antes de acabar angustiada
por esa rutina enlatada.
¿Cómo pueden vivir así? La cara se les debería de caer de tenerla tan larga tanto tiempo.
Están mustios, como si una planta no hubiera recibido agua en mucho tiempo. Me dan pena. En el pueblo está ese que canta mientras anda o la que saluda y cede el paso. Aquí no hace falta hacer esa distinción, todos caminan en línea recta.

Pasean, lo veo, pero lo hacen con prisa. Hablan, lo oigo, pero no escucho risas. Son gente palurda, que ni saluda ni se despide, sólo desaparecen porque tienen prisa. Y me pregunto que a dónde irán. Los parques están invadidos de perros que pasean sapiens o viejos y niños que no tienen porqué preocuparse de vivir en una ciudad.
Los bares y cafeterías no son un punto de encuentro, se han convertido en un punto de paro. Un punto de paso. Mesas de una sola persona con un café y un cenicero. Miento, también son puntos de escape, escapan de la ciudad en algún bajo de un edificio cualquiera con barra y mesas. Huyen de la rutina, cuando se hace rutina ese día en el bar. La gente de ciudad parece coger aire en esas mesas cojas.
Y es normal que huyan, no son los protagonistas de nada la gente en la ciudad. El protagonista ruge sin tener pulmón para ello.

Son los coches los que parecen protas,
dejando la ciudad rota
para que a gusto corran.
Dejaron de galopar;
ahora truenan, frenan y ojalá
todos se rompan.
Las calles dividen y reparten los edificios y casas a sus anchas. Sé que también la organizan, pero ahora es imposible andar como se debiera. No veo un camino, veo una grieta, tan oscura como si de una de verdad se tratase, que permite que alrededor haya pequeños senderos a los que llamamos aceras. Los coches se mueven con más gracia de lo que lo hacen las personas, y eso que conducen en línea recta. ¿Cómo han permitido que esa lata con ruedas les gane terreno? No lo han hecho, alguien tiene que tener el poder para que alguien que va a vivir en la ciudad la diseñe para estos quemarruedas. Los coches ahora les sirven para todo: van al trabajo y les permiten volver a casa. Tiene que deprimirles necesitar esas tartanas para ir a la compra. En verdad, es normal que estén amargados, si ya ir a trabajar y estar preso entre papeles es una amargura para el alma, tiene que ser el remate tener que ir en coche o en alguno de esos gusanos de metal; de esos que se han de atascarse en sus túneles para que huelan tan mal y se retrasen tan bien. Hay carros grandes también, de esos que sirven para ir de pueblo en pueblo; pero aquí sirven para ir de un punto de la ciudad a otro.

Las gentes también parecen tener sus caminos.
Van en línea recta. Es que nunca un humano se había parecido tanto a un coche.
No sienten, o no lo expresan; o lo que es peor, no lo pueden expresar. Nunca tanta gente ha escuchado música. Algunos llevan cascos o auriculares y caminan de una forma tan inanimada que pareciera que, en vez de música escucharan los lamentos del averno de alguna religión.
Me pregunto cómo la gente es capaz de estar apreciando a un artista o a una banda y tener la misma expresión que la de un muerto en la cara, que las manos no hagan de director o instrumentalista, o que la boca no intente imitar las letras. Me intriga cómo ha de ser esa música para que no les lleve a nada. ¿Será por esa música repetitiva o las letras ininteligibles? No sé, pero parece que su música está enferma, y ellos se contagian.
Algunos, creo, que se sienten solos con la música como si un creyente creyera que Dios le abandonó y se pasan a otra cosa; pues ellos reniegan de cualquier atisbo de ritmo y escuchan a gente conversando al no tener a nadie con quien charlar.

Todo esto me trae una pregunta, no para de repetirse en mi cabeza. ¿La gente de acá se molestará en sentirse humana?
Las relaciones se sienten superficiales, las discusiones huecas. La gente se esfuerza más en aparentar "honor" que en quienes tiene enfrente. Y me parece casi de sobrevivencia, tienen que trabajar para comprar. Tienen que estudiar para trabajar. Nunca un ser humano ha estado tan cerca de necesitar aceite en las articulaciones u órdenes programadas para levantarse de la cama, de ser un robot. Entonces las relaciones humanas son casi utilitarias, como si la RAM y el disco duro se hicieran uña y carne... Siempre y cuando esté el ordenador enchufado.
Y como un ordenador, se molestan y parece que se han de esforzar por estar conectados. Se esfuerzan por parecer independientes. Es contradictorio. Pero sólo en un sitio tan apabullante y a la vez aburrido como lo es la ciudad es posible. No puedes ver a la gente como un colectivo. Qué aburrido que la gente no salude por la calle o al entrar en los sitios. Aunque no sé con qué ganas iban a querer ser personas en la jungla que les ve como engranaje o "cliente".
Han de tener una lucha interna. Tienen que no pensar para no gastar tiempo y seguir haciendo cosas. Parecen querer hacer cosas, pues les pagan por ello. Pero choca con la naturaleza de, no sé, abrazar a quienes quieran, y terminan encerrándose en pequeñas comunas como hormigas para ir a esos bares los viernes.

Si la gente se esfuerza para ser personas, ¿les quedarán fuerzas para enamorarse?
¿Se enamorará la gente de la ciudad?

El trabajo
es avaro,
es amo
del amor.
Lo tiene preso,
mató al deseo.
El deseo y el amor
están casados,
han madrugado
en coche viajado,
han trabajado
y sin tiempo
para un abrazo.
No hay piedad
si hay ansiedad.
Las piedras no gritan,
pero hasta las piedras
todos los días tiemblan.
¿Se enamorará la gente de la ciudad? Si apenas pasean solos, no sé lo que costará que lo hagan con nadie. Enamorarse aquí parece un ritual. “Entrale”, esa frase ya parece un ritual. ¿Luego qué?
La desesperación por recibir un abrazo al llegar del curro ha de ser tal que enamorarse se ha tornado una tarea más. Es una pena, siempre se vendió a la ciudad como un epicentro para los artes, y no conozco arte sin pasiones. no tienen universidades que enseñen a amar o a escribir con el sentimiento.
Para enamorarse, está claro que hay que empezar siendo uno mismo; y aquí que están sumergidos en tareas y estereotipos se han de esforzar (también) en ser uno mismo.
Se "rebelan". Visten raro, buscando ser distintos al vecino. Pero todos visten igual de raro, entonces... ¿Dónde está lo raro?
Han de fingir que son alguien. Ya no son humanos, se han reducido a gente. No se pueden permitir sentir o decaer. Han de trabajar, estudiar... Seguir el ritmo. Cada uno tiene un asqueroso papel. Los hombres se ven en la imperiosa necesidad de llegar a algún lado. Las mujeres se ven siempre en un reflejo. La "gente" siempre está haciendo algo que no sea vivir. ¿Cómo pueden los estudiantes esforzarse tanto para acabar como una pieza más.



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En el texto hay: ciudad, pueblo

Editado: 05.08.2026

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