—¡Atención, su alteza real y sus excelencias! —anunció el joven de cabellos plateados postrado en la puerta.
Las puertas se abrieron, grandes y relucientes de oro y diamantes, con detalles nuevos de zafiros en cristales sobre ellas.
La princesa real caminaba tomando el arma de jade entre sus brazos, llamando la atención de todos por su actitud.
—¡Shh! ¡Shh! —repetía a los aristócratas que estaban en el estrado, hasta llegar enfrente, donde se encontraban los cuatro duques.
Xixia fue la primera en reverenciarse, aunque lo hizo más que nada por su dolor.
El marqués estaba totalmente sonrojado de pies a cabeza por la situación de Lemun. Lo que había hecho con la hija... no, con una princesa real, se le antojaba muy vergonzoso. Se reverenció hasta abajo, colocando una de sus piernas en el suelo y una mano cerca del hombro en señal de respeto a la Gran Madre.
El suelo de mármol se sentía más frío de lo que parecía. Las farolas cerca de la cabeza del trono brillaban relucientes junto a la posición de la Gran Madre.
Llevaba un vestido hecho de seda que recorría hasta la mitad de las escaleras del trono de oro en el cual estaba sentada. Su rostro, tapado con capas y capas de tela en un tono blanco azulado, la hacía ver como una estrella en el cielo despejado de Soik, así como en la estación Eīrol.
El guardia se postró ante ella, haciendo que Lemun bajara igual. Aunque no había visto cómo reverenciarse correctamente, vio a Xixia de reojo y notó que estaba parada con una pequeña inclinación de cabeza.
Una de las reglas de Soik era que las mujeres no podían inclinarse hasta el suelo, ni siquiera tratándose de la Gran Madre. Eso no lo sabía Ysæūn, así que intentó levantar a Lemun quedando un poco torpe.
Ella reaccionó silenciándolo, porque hacía mucho ruido para el bebé que tenía en brazos. La Gran Madre observó a las mujeres y luego a los hombres postrados delante de ella.
Comenzó a subir una capa de las trece que tenía puestas encima del rostro. Luego subió otra, y otra más.
Todos reaccionaron a la actitud de la Gran Madre y a lo que iba a hacer: dieron media vuelta mirando hacia el suelo, cerrando los ojos y apagando sus sentidos.
Ysæūn miró hacia el suelo, levantándose lentamente y yendo en dirección a un lado del duque del Oeste, quien era el único que quedó mirando de frente con los ojos cerrados.
El marqués se levantó a la cuarta capa levantada del rostro de la Gran Madre. A la sexta, se fue a donde estaban los demás marqueses de Soukur y miró al suelo como ellos.
A la séptima, Xixia se apoyó en Xrill y guio a la niña a que hiciera lo mismo que todos. La única que terminó quedando de frente a la Gran Madre fue Lemun.
Quitó las demás capas y, antes de la última, todos colocaron sus manos en sus orejas con textura de ópalo; los mortales, en sus orejas frías y sonrojadas por el clima repentino del lugar.
Los guardias que estaban vigilando los alrededores del trono colocaron la punta de su arma hacia abajo e inclinaron la cabeza hacia el techo. Cerraron los ojos.
La última capa sonó al cantar de un urutaú, entre agonías y un lamento fúnebre. El sentir se percibía como un mar abierto; los demás sentían cómo el agua se movía entre sus pies y contra la palma de la mano que algunos mantenían en el suelo.
Había una llama espesa y tan densa de colores grises y plateados llegando desde detrás de la Gran Madre. Olía a calabazas del feudo de la flor de Smerkiar, de los horizontes del sur de Soik.
La voz profunda y melodiosa de la Gran Madre era semejante al cantar de las sirenas que provenían de leyendas de un lugar perdido, en otra capa del mundo en que vivían. Se decía mucho que los animales habían escapado a esos otros lugares.
Lemun seguía acariciando el arma, hasta que el suelo se le abrió de par en par. Estaba floreciendo a su alrededor; la densa capa de gris la rodeaba.
La Gran Madre solo tuvo que levantar un dedo de la parte brazal para que Lemun dejara de sentirse perdida.
El humo retrocedió hacia la Gran Madre otra vez. Lemun se quedó perpleja mirando a la nada. Había brillo, mucho brillo a los alrededores, pero ella aún se sentía inmersa en sus pensamientos.
En aquel lugar de luminosidad densa, las farolas comenzaron a moverse de un lado a otro. Las puertas se abrieron. Los pasos de alguien acercándose al trono y a Lemun se escuchaban cada vez más.
Los ojos dorados y amarillos de la Gran Madre relucían por todo el mármol. Al individuo que entró esto no le afectó ni un poco: se colocó justo detrás de Lemun y se reverenció ante la soberana.
La Gran Madre levantó sus brazos cerrando capa tras capa. La puerta abierta se cerró por sí sola. La luz se fue apagando hasta hacerse normal al llegar a la última capa puesta.
El individuo que había entrado miró directo cómo se colocaba capa tras capa, y fue directo hacia arriba.
El sonido se apagó, la sensación de agua se fue. Todo se evaporó. Es ahí cuando todos reaccionaron y volvieron a voltear hacia la Gran Madre, notando al individuo subir. Su capa era negra como el ónix, y su cabello relucía en mechas azul marino con destellos de rojo goniocromático.