Dea Flava

Capítulo 10

Un reino rocoso, con bruma esparcida alrededor de fogatas donde bailaban niños a su alrededor. Los padres, sentados en troncos de madera, sonreían tan anchamente.

Uno de los niños cocía un malvavisco, cocinándolo mientras lo rodaba de un lado a otro. Un joven de unos dieciocho años miraba el retrato de una mujer tan bella.

Los ojos de la mujer eran dorados como el oro, y tenía un cabello brillante en tonos amarillos, con un chongo ajustado a los costados de su peinado. Era una mujer de piel pálida; lechosa y suave piel.

Era como un ser mitológico. No podía creer que alguna vez la había visto y que, antes de eso, en sus sueños había aparecido riendo junto a él. Junto a las demás personas a su alrededor, justo así como ahora. Justo así estaba ella también: aplaudiendo y haciendo sonar un tambor pequeño que usaban en su reino.

El terreno frente a los árboles estaba despejado y ahí había una pequeña cabaña. Quería ver más allá, pero su sueño era borroso, así que lo olvidó. Se lo contó a sus amigos, pero ninguno le terminó por creer sus fantasías. Había oído que existían seres como los faes entre bosques rocosos como ese; sin embargo, nunca se encontró con uno.

«Nosotros somos humanos, este es un lugar de humanos», había dicho su abuelo antes de morir. Sin embargo, esa vez en la excavación de una de sus misiones la vio cerca de las fronteras de Soukur y nunca olvidó cómo se veía ese rostro hermoso.

¿Era ella la fae en la que se pensaba al contar los relatos mitológicos? No lo sabía, y nadie le podía asegurar que tampoco fuera de ese modo.

—Deja eso, come, hijo —dijo una mujer de piel oscura en la misma noche de la primavera. Era su mejor camuflaje para infiltrarse a Soukur, distinto a lo difícil que era en Xi.

Él cerró la pintura con furia, se levantó y se fue a ver las estrellas y la luna. A esa mujer que había visto le parecía hermosa la luna.

Sus pestañas blancas se abrían y cerraban. Su cabello lacio hasta la cintura lo hacía lucir realmente bello. La vez que fue a Soukur vio a soldados usar alguna especie de magia, una que se movía como el viento, de colores diferentes cada vez que la veía.

La recordó a ella, cómo miraba la luna; cómo en su espalda llevaba un arco con plumas de fénix, de un color dorado que brillaba como el sol. Era una estrella con luz propia, así la había visto. Era preciosa. ¿Cómo podría olvidarla? ¿Cómo podría ser solo parte de su imaginación?

Cuando pensaba acercarse un poco más, un hombre le dio un susto por la espalda y ella se sobresaltó. Era real, de verdad que sí era real. En el imperio de Soukur había árboles de todo tipo, muchos que en Mei no había jamás.

¿Era humana? Por supuesto que no. Lo sabía. ¿Cómo alguien que brilla como la plata iba a ser una humana? Sacó un boceto del mapa que hizo en Soukur antes de regresar a casa.

La había visto cerca de las banderas de Soukur, que tenían el emblema de un animal extraño que era difícil de describir: tenía una especie de dragón, pero no lo era; una serpiente, pero tampoco lo era; un dinosaurio, y no lo era. En ese lugar escuchaba que lo llamaban Alcara, o era algo así lo que había entendido; era muy confuso.

Alguien le apretó el hombro desnudo. Tenía puesta una ropa con telas entrelazadas que cubrían su pecho y sus piernas, de un color turquesa, y su amigo, quien se había colocado a un lado de él, la tenía de un color blanco.

—¿Crees que existen los feéricos? —preguntó a su amigo la misma pregunta que ya había hecho.

—Que no —su amigo rodó los ojos, y esa lengua de los Mei, tan bailarina y sonora, se escuchaba extraña, pero siempre preciosa—. Ya deja de pensar en esas cosas, pensaré que estás loco.

—¿Ellos sabrán que existimos nosotros? —formuló una pregunta distinta y su amigo lo miró petrificado.

—Espero que no, me darían miedo. Dicen que tienen colas, otros tienen alas y otros pueden leerte la mente y hechizarte. Como las brujas, pero más distinto —las últimas sílabas las dijo cantarinas. Se quedó pensativo y luego continuó—: También creo que son animales. La verdad no sé qué sean, pero se parecen más a los demonios.

—¿Ella entonces será un conejo?

—¿La mujer del retrato? —preguntó su amigo—. En vez de haber recreado mejor el mapa, dibujaste y pintaste ese retrato de fantasía. Pero la veo más como un zorro. Los de Xi creen en zorros de diez mil colas y fantasmas y no sé qué más. Esos asesinos, cómo los odio, y tú embobado con una mujer de fantasía. Vaya imaginación tienes, amigo.

Él lo fulminó con la mirada ante las palabras de su amigo. No trató de convencerlo más ni de hacer más preguntas; sin embargo, le quitó la mano de su hombro, bastante irritado.

La niña estaba viendo el cielo junto con Xixia, quien le acariciaba el pelo rizado. Ella miraba cómo las nubes se movían y cómo las estrellas brillaban.

Sentada ahí, se le hacía un nudo en la garganta. Aunque en su mente pensaba que tenía que olvidar tal oscuridad que la había abrumado durante quién sabe cuántos años, no recordaba quién era ni qué idioma hablaba. Apenas podía escuchar y muy pocas veces podía ver.

Tenía mucho frío, pero el tacto cálido de un abrazo de Xixia la reconfortó. Xrill les trajo una manta a las dos y ella se quedó con una. Sentadas ahí las tres, encima de un tronco de madera flotante, movían sus pies hacia adelante y hacia atrás.



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En el texto hay: fantasia, inmortales, imperio

Editado: 04.10.2026

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