Al salir de la habitación, Lemun estaba caminando, golpeando las piedras aburrida por la repentina desaparición de Xixia.
Hasta que se encontró al Duque. Este alzó la mirada en una señal de saludo hacia ella y luego la saludó. Sus pestañas rubias parecían más hermosas a los ojos de Lemun; se sentía un poco hechizada por la belleza de ese hombre que lucía igual de precioso que las mujeres en esta estación.
Negó con la cabeza, regresando a donde estaba, y pasó de largo. El Duque la tomó del brazo pálido, que estaba bastante frío por la madrugada.
—Suélteme —el agarre era fuerte, y ella trató de mover su brazo de un lado a otro. Su vestido se movía al ritmo que ella lo hacía. Las joyas de su cabello retintinearon al movimiento—. ¡Suélteme!
—Mi lady, ¿por qué está tan dispuesta a distanciarse de mí? —apresuró el Duque, soltándola a su vez—. La primera vez que la vi...
Lemun se fue, ignorando lo que quería tratar de decir.
—No le conté todo lo que sabía sobre el anterior gobernante —prosiguió el Duque, caminando detrás de ella—. Y realmente quiero decirle todo lo que sé sobre el pasado, para que usted pueda usarlo en el presente y le sirva de eso para fortalecer sus conocimientos en el futuro.
Lemun caminó mucho más rápido, adentrándose en un laberinto de rosas rojas y otras azules. El Duque seguía caminando detrás de ella, y eso le apretujó los huesos, dándole escalofríos.
—No me siga.
—Me pregunto por qué es que no se lleva bien conmigo; no le he hecho nada.
—¿Sabe qué es? —dijo Lemun, dándose la vuelta y señalando con un dedo—. Es esa cara —hizo un gesto con las manos tratando de referirse al rostro del Duque—: tan perfecta y simétrica, y esos ojos que lo hacen lucir bello, pero es siniestro en realidad. No sé por qué siento que esconde tantas cosas.
Su cuerpo se movió con un escalofrío y el Duque se le quedó mirando, un poco confuso ante las palabras de la princesa. Él llevaba una túnica profunda como las que usaban en Soik, hecha de seda y a su medida, con cintas sobre su cintura que hacían que se le marcara tenue, como las de un amante.
—¿Porque soy bello y siniestro? ¿Solo por eso? —rió secamente—. Vaya, pensé que era por otra cosa.
—Lo ve, ahí está el problema —frunció el ceño y luego se giró—. Es egocéntrico, bastante difícil de tratar. Y cada que hablo con usted me da una furia, no sé por qué. Pero no me agrada, así que no me trate con confianza.
Siguió caminando. Las estrellas hacían relucir su cabello dorado, y el Duque, siguiéndola por detrás, se dio cuenta de que Lemun tenía el cabello mucho más corto que la otra vez que la vio.
—¿Se ha cortado el cabello?
La pregunta hizo que Lemun se detuviera en seco, haciendo sonar la grava bajo sus pies: eran unas preciosas joyas de diamantes. Sus zapatos, hechos de bambú de la estación Bum, tenían sonidos peculiares a mariposas en el aire.
El Duque paró igual y vio hacia el cielo estrellado; luego vio hacia las flores rosas y azules de al lado. Quiso acercar su brazo para tomar una cuando un manotazo de Lemun lo hizo reaccionar.
—No toques lo que no es tuyo —le dijo, y luego se acercó—: ¿Qué es lo que quiere de mí?
—Solo quiero un poco de su atención, Alteza Real.
—¿Poner a tu guardia a vigilarme, entonces?
—Nada. No está vigilándola; solo la está cuidando por mí. Soy alguien con mucho por hacer, entonces no puedo hacerlo personalmente. Me disculpo por eso —cerró los ojos, y sus pestañas con toques azul cielo hicieron que Lemun lo viera un poco más de cerca.
Estaban tan cerca que la respiración de Crour del Duque la podía escuchar Lemun. Él abrió lentamente los ojos y ella vio sus ojos preciosos en azul cielo combinados con turquesa, y se veía lejano; cristalinos, como una vitrina con un tesoro muy en el fondo.
La pupila era distinta a la de los humanos: tenía una forma de espiral, y a la vez parecía tener un rumpi en el fondo. Un animal grande como un rinoceronte, con una cola de pez y un diente filoso en su mejilla derecha: el rumpi era así.
También podía notar las tormentas alrededor de la pupila turquesa, tal como la magia que tenía un rumpi.
Lo que veía el Duque en los ojos de Lemun eran cerezos y soles, con un fénix dorado dentro de su pupila en forma de cerezo, brillando con luz propia muy, muy en el fondo.
Sus pestañas doradas bajaban y subían al mover sus ojos de un lado a otro. No sabía qué era lo que veía o por qué la princesa se había quedado de ese modo.
Luego la princesa miró hacia arriba, y su cabello rubio con mechas azul cielo tenía relieves en su cabello ondulado, algunos lánguidos como el cabello de ella. Esa cara pálida y femenina del Duque lo hacía ver verdaderamente precioso.
Lucía joven, y no de 200 Sacarsieber, o años, o lo que sea que le habían contado. Lucía casi de la misma edad que Ysæūn y que el Marqués, pero casi juraría que tendría la misma edad que ella.
Su nariz semipuntiaguda, sus orejas de ópalo, sus pestañas... todo era perfecto en él, y eso era lo que le parecía siniestro.