Los pisos de cuarzo y unos que otros de mármol frío estaban cálidos al tacto de los pies desnudos de Xixia, quien caminaba de puntillas en un lugar parecido a una casa.
Se estaban refugiando con el Marqués al notar un recorrido de guardias por los puestos de comida para los habitantes de Soukur.
Algunos venían a vacacionar en algunas ocasiones, como estas. Wolp chocó con la espalda delgada de Xixia y se lastimó la nariz, sintiendo vibrante la puntita.
Se la acarició, y Xixia, al sonido de sus lamentos, lo silenció.
En definitiva, estaban dentro de la casa de un inmortal de Soik. No había nada más que muebles alrededor; parecía cuadrado el lugar y muy grande, con dos sillones redondos en el centro y algunos ventanales de cristal. Y no más que eso.
El farol de arriba estaba apagado. No había magia alrededor que hiciera parecer que alguien estaba en ese lugar.
Había una puerta a lo lejos. Ellos entraron por una ventana semiabierta.
—Xixia, ¿estás segura de que esto no es un delito? —el susurro de Wolp se oía como un eco, aun hablando bajo.
Xixia cerró los ojos. De todos modos no veía nada en la oscuridad con estrellas. Algunas partes estaban más oscuras que otras, y se golpeó el dedo pequeño del pie con un mueble.
Se tapó la boca reprimiendo el dolor, mientras una lagrimita salía y resbalaba por su mejilla caliente.
El lugar tenía una muy buena temperatura; ella se sentía reconfortada, pero se le erizaron los vellos de la piel con un escalofrío ante el dolor de su pequeño dedo.
—¿Qué? ¿Qué te pasó? —preocupado, el Marqués preguntó y la tomó del brazo. Ella jadeó de dolor, pero succionó el moco que le estaba resbalando por la lágrima.
—Estoy bien, lo estoy. Creo… —su voz se agudizó, haciendo que resonara por toda la casa.
El farol de araña bajó flameante de luces verde claro, como un tallo de tulipán. La figura que tenía era la de un Zafiro Sauso.
—Oh... oh... —dijo el Marqués al ver cómo la puerta se abría.
De ahí se asomó una figura que medía la mitad de la puerta, y la puerta estaba bastante alta.
El lugar también lo estaba; ellos ahora se sentían como pitufos. Al ver la inmensidad del lugar, sus ojos fueron arriba y, coordinadamente, bajaron al ser que había entrado.
Era una mujer de aproximadamente casi dos metros de altura, con el cabello translúcido de color castaño y los ojos... los ojos de la mujer lucían cristalinos en un verde claro.
Su piel pálida, lechosa y delicada la hacía lucir tan preciosa que ambos quedaron fascinados con su belleza.
La estación que hace lucir a las mujeres mucho más bellas de lo que son, repitieron ambos en su mente, perplejos ante tal ser.
Su rostro perfilado y la nariz en una «L» de perfil, con pestañas abundantes. Traía consigo una joya pegada al cabello de un Aecar, que era una abeja pero más peluda, originales del oeste de Soik.
Xixia casi babeaba al ver la altura de la mujer. La mujer, al verlos, inclinó un poco la cabeza.
Su vestido blanco como la nieve la hacía ver frágil, pero fuerte y hermosa.
—¿Humanos? —preguntó con un acento distinto al Soik que escuchaban a diario—. Oh, sí, humanos —la mujer sonrió y aplaudió sin sonido. Su sonrisa era dulce e igual de hermosa, con los dientes en punta y otros cuadrados—. ¿Comida? Oh, ¿comida?
La mujer se quedó pensativa, marcando “mmh” a cada momento. Parpadeaba dos veces a la par cada que lo hacía. Y esa acción la hacía lucir nerviosa.
Caminó de aquí para allá, hasta señalarlos y luego esconder su dedo y negar con las palmas.
Xixia y el Marqués se quedaron viendo y alzaron los hombros al no entender qué pretendía la mujer. Aunque si los iban a deportar a los guardias, se lo merecían por estarse metiendo en casa ajena.
La mujer seguía diciendo “mmh” con una mano en la mandíbula, parpadeando única. Luego entró un hombre igual de alto que ella y los señaló a la emperatriz y al Marqués. Luego volvió a negar con las palmas.
—¿Ellos? —dijo el hombre a la mujer en una voz muy leve que apenas pudo percibirse.
La mujer comenzó a hablar en entonaciones bastante raras a los oídos de Xixia: algunas palabras sonaban de arriba abajo, lentas, musicales; unas que otras sonaban a Soik normal.
El hombre lucía delgado, pálido, igual con su cabello entre rubio oscuro y que con la luz reflejaba un rosa. Quizá solo era un efecto de la luz.
—Comida, comida —seguía diciendo la mujer al hombre en Soik normal, o bueno, lo que ellos dos creían normal. Xixia terminó por ver la cara de confusión que hacía el hombre ante el ceño fruncido de la mujer que estaba frente a él.
—¿Buscan comida? —preguntó el hombre con una voz gruesa, con un tono a la de un cantante. A cada sílaba sonaba rítmica—. Ella pregunta que si ustedes tienen hambre, pero les digo de una vez que no tenemos comida. En los puestos, caminando a uno o dos kilómetros de aquí, podrán ver puestos de comida que ponen algunos humanos de Soukur.
—No, no tenemos hambre —respondió Xixia enseguida. Wolp le dio un leve golpe en las costillas y ella funfuruñó—. ¿Qué hacés?