En el reino de Mo, tras la alianza de protegerse mutuamente por el acuerdo de matrimonio entre la princesa de Mo y el príncipe de Mei, la princesa de Mo recibió el trono del antiguo rey tras caer en batalla, convirtiéndose ahora en la reina.
Hizo que el príncipe de Mei se convirtiera en un príncipe consorte. No le pareció mucho entrelazarse en matrimonio con esa mujer, la cual tenía concubinos por doquier.
El harén estaba bastante lleno y él estaba molesto con ella. Entonces le dedicó una posible propuesta, a la cual ella accedió porque le pareció bastante atractivo el príncipe de Mei, con ese pelo lacio, un cuerpo bien tonificado y su piel oscura como la noche. Y esos ojos de cazador, que relucían su belleza.
Aquel día ella se encontraba en su trono de cristalitas. Las minas de Euberker llenaban el palacio con ese vasto mineral. En ocasiones, dentro de la mina se podía encontrar oro, y algunas otras veces lapislázuli.
La mujer acariciaba el pelo de uno de sus concubinos, ese cabello enmarañado, de rizos prominentes como los de su reina. Esos ojos castaños, con pestañas abundantes, que se cerraban al tacto de la mano de la reina.
La sonrisa de la reina era como la de un relámpago, una luz antes del sonido. El hombre a su lado clamaba por su atención tocando su vestido de escarcha, con piel de lobo.
En Mei, el verano era impetuoso. Sin embargo, por las cristalitas bajaba el frío del palacio.
El hombre que acariciaba sus pies clamando su atención se quitó la prenda de arriba que era un Esbirm, como una camisa de algodón, pero esta era una de seda chiffon. Estaban entrelazados de un lado a otro, haciendo relieves únicos en la tela.
La reina lo apartó con un pie suavemente.
—La maraña del sol poniente no está dispuesta a aceptar tus intenciones, jovenzuelo —su voz aterciopelada, pausada y envolvente hizo que el joven detuviera el gesto de sus manos.
De pronto, las puertas se abrieron. Ella se encontraba escalones arriba de algo que lucía como una roca de volcán. Llevaba puesto un vestido dorado combinando con su piel morena y sus rizos entre anaranjados y castaños.
Sus pestañas blancas bajaron; con un movimiento lento fue quitando la mano del rostro del otro joven, y puso sus ojos fijos en los del hombre que estaba entrando.
Un custodio caminó rápido hacia la reina, respirando entrecortadamente, señalando hacia la puerta abierta. Entre sus jadeos, colocó ambas manos en sus rodillas y se inclinó un poco. El cansancio hacía que sus fosas nasales se abrieran y cerraran. Los vellos hasta tenían movimiento.
La barba se la acarició, limpiándose el vino que había caído en ella hacía unos momentos antes de llegar hasta ahí.
La reina lo observó fijamente. Sus ojos se entrecerraron, apartó al otro joven y con un movimiento de mano hizo que se fuera.
—Dígame, qué informe tiene. —Su voz era ahora autoritaria. Las pestañas, bajando y subiendo en cada parpadeo lento, las hacían brillar.
El hombre se fue recomponiendo poco a poco, hasta erguirse.
—Él… —dijo entre jadeos—. Él viene… —señaló a la puerta con un dedo. Respiró hondo, hinchando su pecho de aire y luego sacándolo con fuerza—. El lord Búho de Mei viene hacia aquí, mi reina.
La reina inclinó un poco la cabeza y sonrió malvada ante la información.
—Así que ese joven no se ha rendido —bisbiseó para ella misma. Acto seguido, uno de los sirvientes a su lado le ofreció su corona de espinas y obsidiana. Una corona negra como la noche, con diamantes incrustados en ella y con un grifo detrás, hecho de oro. Ella se la colocó y se dirigió hacia el hombre—. Entonces, no irrumpan su entrada.
Resonando por todas las paredes en cada rincón, que traspasaban los lazos colgados desde el techo. Había miles, y las figuras exóticas que tenían en el techo miraban ferozmente, queriendo comer a quien se avecinaba, de no ser porque solo eran relieves.
Los ojos verdes claro, marrones y dorados que decoraban la habitación del trono, entre las cintas de chiffon, se movían con aire profundo al ser que entraba.
Un ser imponente de más de dos metros, con brazos largos y grandes músculos, hizo que los custodios de la reina se pusieran en posición de ataque.
Los espías que estaban alrededor de algunas grietas y algunos detrás de las columnas del espacio castaño del lugar también.
El olor del ser era a almendras y chocolate; llevaba consigo una capa gruesa de lana de color rojo vino. Llevaba consigo una corona más pequeña que la de la reina, solo que en ella se veía el animal nacional de los Mei:
Una tortuga de agua salada.
Su piel oscura lo hacía lucir tan precioso y magnífico que al acercarse a la reina, ella lo admiró de arriba abajo, lamiéndose los labios.
—Esposo mío, has llegado.
A las afueras del palacio la población caminaba entre los puestos de comida. Había verduras frescas y frutas en donde revoloteaban abejas por doquier.
Justamente en el puesto de palitos de carne de cerdo había algunas moscas y el dueño las retiraba repetidamente con las manos. Tomó un periódico que tenía a un lado de una mesita, donde también había un cofre pequeño con monedas pequeñas dentro. Enrolló el periódico y lo movió a la par de las alas de la mosca.