—Su excelencia, alguien viene a visitarlo —dijo un hombre que llevaba una túnica profunda de algodón de color azul cielo, marcada con pequeños zafiros del Ducado del Oeste. Se reverenció y se fue sin mostrar expresión alguna en el rostro.
Entró un hombre alto, de rostro bien perfilado y blanco como la leche, como todos los inmortales, desprendiendo destellos de humo rosa. A su lado caminaba una mujer igual de alta con destellos verde claro, quien parpadeaba dos veces cada vez que veía a los invitados.
Quienes aguardaban en la estancia eran el Duque del Norte, el del Sur y el del Este, junto con un general de guerra que llevaba un casco con la figura de la abeja Aecar, similar al broche que lucía la mujer en su cabello.
La forma de la abeja peluda, con la cola puntiaguda detrás de la cabeza, estaba forjada en acero Oeu del Oeste. Una coraza con el símbolo de la misma abeja le cubría desde el pecho hasta el abdomen, haciéndolo lucir bastante fuerte. En sus hombros llevaba placas articuladas que, al movimiento de alzar la mano, se contraían y bajaban acompañando al brazo.
Los brazales sonaban cada vez que el hombre se movía, rozando con una parte del peto. El guardagrenas, las rodilleras y las botas de combate relucían como el hierro, y a través del único orificio de su casco, sus ojos cristalinos lucían un color azul celeste.
—Marqués del Oeste —dijo con una voz grave, como resonando en una cueva—, un placer volver a verlo. —Se levantó mientras su armadura de acero y hierro se desvanecía hasta convertirse en una túnica profunda de batista con los bordes finales de guata, luciendo como pequeñas nubes—. Me preguntaba cuándo lo vería. Veo que su uxor ha venido con un beï. Al final del Sacarsieber supongo que se irá...
—¡Cállese! —gruñó el Marqués, rebanando bloques de color magenta con olor a margaritas debido al humor denso que se asomaba alrededor de su piel.
El Duque del Oeste se levantó y se rió un poco con la mano en la boca, viendo a ambos hombres de reojo.
Miró a la mujer e hizo una seña con la ceja para que observara a uno de los duques, quien seguía jugando al ajedrez místico moviendo un sucho, prestando mucha atención a la conversación solo con cerrar los ojos y activar su bendición, la cual centelleaba en verde bosque y esmeralda.
La hermosa mujer asintió con la mirada. Tomó a su Coniunx y le apretó el brazo, dándole un beso ligero en la comisura de la boca con una sonrisa cálida. Se fue hacia donde estaban los demás duques y se sentó en un cojín relleno de guata con forro de seda.
La fricción de la seda de su vestimenta con el cojín hizo que se resbalara un poco hacia atrás, pero el Duque del Sur trató de sostenerla con un poco de crour.
El toque fue rechazado de inmediato por el crour magenta de su esposo inmortal, quien miraba fijamente a ambos.
El Duque del Norte le hizo una señal con los dedos, moviéndolos levemente hacia su propio pecho, y el Marqués lo siguió tras verlo.
Cuando ellos dos se retiraron, el general regresó a su lugar y se sentó en un cojín mucho más grande, que encajaba perfecto para su cuerpo; podría decirse que era el doble o el triple de grande que los demás.
La mujer activó su bendición cerrando los ojos y tomó el rumpi que había elegido el duque que aún mantenía los ojos cerrados. No le rozó la piel ni lo tocó, pues bien sabido era que estaba prohibido que eso pasara.
El humo invadió la habitación con un tono verde claro, como el pasto de las afueras cerca de las montañas sagradas de la isla del Seuso.
—¿De qué tiene miedo que escuche? —preguntó suavemente mientras observaba a la mujer con una risa contenida. Lucía hermoso con esos ojos cristalinos en verde—. ¿A qué le tiene miedo el Duque del Oeste?
—De nada —dijo la mujer en la tercera entonación del So”’k—: Sm”’’u u"i'o ipli meli’mauo” tre.
El Duque del Norte alzó la mirada un momento hacia la mujer y luego la desvió hacia el hombre de ojos verde claro.
Las mechas verdes del hombre del Este negaron con la cabeza en una sonrisa sutil de media luna, sin abrir la boca. A continuación, cerró los ojos tratando de contraer lo que la mujer intentaba tapar. La combinación de los tonos verdes se mezcló en el ambiente; los demás se cubrieron con sus respectivos crour de humo plateado, rosa y un azul cielo distinto al del Duque del Oeste y al del general que estaba a un lado.
—¡Vamos, vamos! Juguemos a quién puede lograrlo —decía mientras, con los ojos cerrados, sus pupilas buscaban en la oscuridad el reflejo verde claro de la mujer.
—Mi'sha “sha'hi³... —La mujer delicadamente se fue levantando hasta que, detrás de ellos, reaparecieron los hombres que se habían ido unos momentos antes. Con una entonación de So"k doble para que ellos entendieran, continuó—: ...nos vemos, señores. Es un placer volverlos a ver.
Se dirigió a su Coniunx y, con una leve reverencia, se retiraron de la estancia.
El duque inspiró el aire lleno de humo de crour por todas partes y entrecerró sus pestañas rubias al unísono. Fulminó con la mirada a todos, y el Duque del Norte, con una voz grave y pequeña, le susurró al Duque del Este, quien fue abriendo los ojos poco a poco.