Había un hombre merodeando fuera del jardín, cerca del cercado de la mansión de los Muewron. La esposa del general Muewron observaba los movimientos de aquel sujeto entre las sombras, sosteniendo a su hija de seis años en brazos. Cuando vio cómo el hombre se alejaba y volvía, se dio cuenta de que la guerra había comenzado. Se movió rápido hacia un mueble, llevando a su hija casi a rastras debido al nerviosismo que le oprimía el pecho, con el corazón palpitándole sin parar.
La niña no entendía qué era lo que pasaba y ella, por su parte, no le explicó nada hasta lograr mover un pesado mueble de la pared. Su hija se quedó parada a su lado, escuchando los pasos en el piso de abajo, que se movían con rapidez de un lado a otro junto con el resonar metálico de las armas. Detrás del mueble, la mujer abrió una pequeña puerta de metal oculta en el muro que revelaba una especie de laberinto interno, un escondite perfecto para que una niña de su edad pudiera entrar.
—Métete, ven. —Tomó a la niña con ambas manos y la metió a la fuerza. La pequeña quería salir, pero ella volvió a empujarla hacia el interior—. ¡Quédate ahí! Recuerda el laberinto, recuerda cómo es: primero para abajo, luego de lado. En cada sección cierras la puerta, después vas hacia arriba y pones ese explosivo de carbón ahí. Luego a un lado y hasta abajo.
La niña asentía con las lágrimas contenidas en sus ojos, haciendo todo lo posible para escuchar atentamente a su madre.
—Y en la planta baja recuerdas que tienes que ir en zigzag, hasta llegar a un lugar igual al que te dije. Luego ahí sigues derecho y pones los explosivos por todo el zigzag. Cuando vayas derecho, recuerda que tienes que cerrar las puertas. Irás gateando, y cuando estés donde ya no haya metal y solo madera, rompe la parte de arriba para que se tape con tierra. Después de un rato de ir recto verás un lugar de tierra; te vas todo para abajo y luego tendrás que subir. Ahí ya no habrá escaleras como las de metal, pero cada pedazo de tierra tiene piedras por las que podrás trepar. —Su respiración agitada ponía más nerviosa a la niña, pero continuó con la garganta atorada por una angustia inexplicable—. Cuando subas, tiras la tierra con la palanca. De ahí, nunca más vuelvas aquí; quédate allí. Tendrás comida suficiente para seis meses, así que no te la comas toda de golpe. Habrá una pala y un orificio para continuar el laberinto; ahí continúa escarbando. El refugio está reforzado con mucho metal, tendrás oxígeno y comida. No necesitas nada más, pero recuérdalo: todos los días cava un poco hacia la dirección que te marca el mapa.
Al finalizar, le entregó un papel con todos los detalles de una ciudad que era muy avanzada. La niña sollozó, pero su madre le tapó la boca suavemente antes de encerrarla detrás de aquella pared que ocultaba el laberinto.
La invasión había comenzado, y de pronto la puerta de esa habitación se abrió de golpe. En ella entró una mujer algo anciana, con el inconfundible aspecto de una bruja. La señora Muewron ya lo sabía. Había practicado brujería durante apenas un año y no había perfeccionado sus técnicas, pero era consciente de que, de todos modos, hoy iba a morir. Se interpuso frente al mueble y lo empujó, como si retrocediera por el miedo. La puerta de metal, rozando con la madera por el impulso, emitió un chillido agudo que llegó hasta los oídos de la bruja, quien tras un instante observó a la mujer con auténtica delicia.
La anciana se detuvo a mirar detenidamente qué intentaba hacer la señora Muewron, que ahora se cortaba cerca de la muñeca mientras recitaba palabras ininteligibles. Todo fue en vano. La madre corrió rápidamente hacia la puerta, esquivando a la bruja que permanecía estática. Sin embargo, cuando bajó las escaleras, la hechicera la siguió con un aspecto terrorífico: sus ojos ya no miraban al frente, sino que estaban desviados, uno apuntando hacia abajo y el otro hacia arriba.
Avanzó tras ella deprisa, deslizándose como un fantasma sin mover los pies. Aunque la mujer bajaba los escalones a toda prisa, la bruja ya estaba a unos cuantos pasos de alcanzarla. En un acto desesperado, la señora Muewron se escondió en un armario del segundo piso, agazapándose entre ropas sucias y limpias que habían quedado tiradas. Cerca de allí yacía el cuerpo sin vida de uno de sus sirvientes.
La bruja se dirigió lentamente hacia el armario, alzando exageradamente los pies para luego dejarlos caer con fuerza, haciendo chirriar la madera del piso.
—No te escondas, no te escondas. No vale la pena esconderse —repetía con una voz lenta y palpitante que retumbaba en los tímpanos, mientras su lengua se movía como si estuviera saboreando a su presa.
Dentro, la mujer tomó un frasquito con un líquido de color magenta que estaba en una repisa superior. Cuando su perseguidora estuvo lo bastante cerca, salió de su escondite, le arrojó el líquido directo a la cara y siguió huyendo. Bajó el resto de las escaleras a toda prisa hasta alcanzar la puerta trasera, internándose corriendo en el bosque.
Afuera, tropezó con una piedra y cayó pesadamente. Se levantó con las manos entumecidas por el impacto y corrió en zigzag entre los árboles. La bruja la seguía flotando en el aire, inquebrantable. La respiración de la mujer se oía cada vez más agitada; tenía la boca seca de tanto jadear e intentó cerrarla, pero la saliva se le atoraba en la garganta.
—¡Deja de seguirme, bruja! ¡Déjame en paz! —exigió la madre, apenas pudiendo articular las palabras.
Entre la maleza, pisó algo que parecía ser una víbora, pero fue la bruja quien, al pasar, recibió la sorpresiva mordida del animal. Esto interrumpió por unos valiosos segundos la persecución, dándole a la mujer tiempo para caminar de un lado a otro, buscando recordar en su mente el orden de la ruta que debía seguir para encontrar la salida hacia la ciudad de Neiva. Si lograba ubicar el camino, tendría una oportunidad, aunque fuera mínima. Sin embargo, volvió a tropezar con una rama gruesa, y cuando se dio cuenta, la bruja ya estaba encima de ella.