Dea Flava

Capítulo 16

MEI

—Madre, necesito que le digas algo a Muuk'kin —señaló la joven de cabello lacio y negro, con cuerpo esbelto y telas tapándole los pechos, dejando al descubierto su ombligo y cubriendo la parte inferior como una falda—. Ha estado viendo ese maldito retrato desde que lo pintó. ¿Acaso hemos perdido todo sentido?

La mujer, de cabello negro, lacio pero más abundante, volteó a verla; al notar que su hija llevaba solo una pequeña flor en el cabello, suspiró cerrando los ojos.

—Tan solo has logrado dos —indicó la ochk’in sajal.

La joven se ruborizó al darse cuenta de que su madre, la sajal, había notado su fracaso. Esa misma mañana había tomado un mechón, dándole vueltas con el dedo muchas veces y luego, tomando la punta hasta subirla a una cuarta parte de su cabello, lo enrolló una vez más; finalmente, lo amarró con un lazo de oro que su madre le había regalado cuando tenía solo tres años. Al amarrarlo, recordaba que solía quedarle el cabello pomposo, como una flor abierta, pero al intentarlo más veces falló y, solo antes de rendirse, logró hacer otra.

—Pero, madre…

—Nada de madre. Ve a intentar hacer las flores del cabello una vez más —la autoritaria voz de la mujer hizo estremecer a la joven, pero aun así levantó el rostro, algo que la sajal notó—. ¿Algo más que quieras agregar?

—Sí…

—Pues no te doy permiso —interrumpió su madre bruscamente.

Un hombre de cuerpo firme entró en la estancia donde la sajal se encontraba con su hija, quien era la hermana del recién llegado.

—Lo que te ha contado es falso, madre —dijo Muuk'kin mientras se reverenciaba—. La reina me pidió hace una semana que fuera; he regresado a ver qué había pasado en mi habitación y me encuentro con que, dentro de mi cueva de waitomo, alguien ha estado viendo mi retrato; por supuesto que lo ha hecho, incluso rompieron una parte del papel. Madre, debes castigar a quien lo hizo.

Se reverenció nuevamente ante su sajal. La madre amagó con levantarse de su asiento, pero se detuvo al ver que su hija estaba a punto de asestarle un golpe por la espalda a su hermano.

—¿Has sido tú? —preguntó la madre. Sin tono ni expresión, solo alzando la voz.

Nu'k miró de reojo a su madre, con las palmas abiertas, listas para golpear. Giró la cabeza lentamente, y uno de los lazos de su cabello cayó al suelo de piedra, mientras una luciérnaga que se había pegado a la vestimenta de su hermano volaba hacia ella. De inmediato, la hija se reverenció frente a su madre, bajando la cabeza hasta tocar el suelo sin usar un pañuelo, como acostumbraba hacer para demostrar que estaba totalmente avergonzada y arrepentida de sus actos.

—Sí… he sido yo… —dijo con voz lastimera, mirando a su hermano de reojo sin mover ni un poco la cabeza. Buscó los ojos de Muuk'kin, pero él no la miró ni un instante.

—¿Cómo repararás esto, Nu'k, hija de la ochk’in sajal? ¿Cómo resolverá esto alguien como tú?

La pregunta no buscaba respuesta. La madre enfundó una ballesta que tenía a un lado; las flechas, que cubrían su pequeño saco de cuero, relucieron con el brillo de la misma luciérnaga que revoloteaba junto a la sajal. Nu'k entendió de inmediato qué quería hacer su madre, pero antes de que pudiera hablar, su hermano se levantó.

—Quiero que ella pague con su sangre lo que ha dañado.

El joven giró la cabeza con los ojos desorbitados. Se levantó enseguida, y el sonido de una flecha rozando una de las flores de su hermana atrajo su atención. El último lazo de oro de su cabello cayó y los mechones se deslizaron a un ritmo lento.

—Madre, pero yo…

—¡Silencio! —ordenó la sajal—. No he permitido que hables, tu hermano aún no ha terminado. ¿Qué crees que intentas hacer? ¿Por qué? ¿Por qué haces algo para dañar a tu propia familia?

Quería hablar y suplicar, pero se sintió aún más avergonzada. Colocó ambas manos frente a ella, bajo su ombligo al descubierto; lucía nerviosa, jugueteando con las manos, y en el fondo sentía una fuerte opresión en el pecho. Sentía que su estómago subía hasta su garganta y que en cualquier momento saldría volando junto con sus tripas, desde el principio hasta el final del intestino. Tragó saliva mientras se le hacía agua la boca, y miró nuevamente a su hermano con ojos de súplica; no se atrevía a mirar a su madre, porque también era una sajal.

Bien le había enseñado que una sajal hace justicia en la guerra y guía a los guerreros, pero también que una sajal puede asesinar a sus propios hijos si estos no cumplen con sus órdenes. En medio de su mente, que se iba poniendo en blanco, recordó que una sajal siempre tiene que escuchar la justicia que reclama la otra parte. Su madre colocó más flechas en la ballesta, dejándola completa, y miró primero a su hija y luego a su hijo.

—La reina me encomendó la tarea de volver a ir a Soukur —decidió hablar por fin Muuk'kin, levantando el tono hacia su madre, acercándose más a ella y sonriéndole frente a la ballesta—. He venido a despedirme de usted, madre, ochk’in sajal, señora del oeste y la única que puede darme órdenes. La reina es bastante peculiar: se hace la que sabe mucho, pero no sabe nada. Al parecer, los Mo solo viven de las mentiras que les dan todos los días —su voz se relajó y volvió a ver a su hermana—. ¿De qué quieres incriminarme, hermanita? Iré a hacer un trabajo para el imperio de Mei y de Mo, iré a dar mi vida por la de muchos, ¿y aun así quieres buscar la validación de mi madre con tus mentiras?



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En el texto hay: fantasia, inmortales, imperio

Editado: 04.10.2026

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