Dea Flava

Capítulo 17

Al llegar a la residencia de los Xi, la emperatriz se preparó cerca de la cama con los brazos abiertos para recibir al bebé. Tenía la cara un poco roja por el sol, y en sus ojos se veía un vacío del cual Xirae no tardó en darse cuenta.

—Saldrá más tarde —preguntó delicadamente mientras le entregaba al bebé con sumo cuidado.

Xixia no alzó la mirada al recibirlo y lo colocó cerca de su pecho. Al ver la piel blanca del niño contra la suya, un poco sudorosa, ordenó:

—Tráeme un trapo.

Xirae fue enseguida a buscarlo y por accidente se tropezó con una silla de diamante pulido que estaba cerca. Al acercarse a su emperatriz, se sobó la pierna y le dio el trapo. Desvió la mirada hacia un escritorio cercano y vio todas las hojas aplastadas en forma de bolita. Había un pergamino tirado, y fue a levantarlo.

Cuando hubo tomado el trapo, Xixia se limpió y le dio pecho a su bebé, quien succionó contra el cuerpo de su madre, lloroso por el hambre que tenía. Los ojos del niño no estaban del todo abiertos; sus finas pestañas se movían lentamente cuando intentaba abrir los párpados, pero al final terminaba por cerrarlos.

Xirae leyó las palabras escritas en idioma Xi sobre el pergamino. Suspiró cerrando los ojos y alzó el pecho. Quería llorar por las cartas dispersas sobre el escritorio, pero se limitó a acomodar el pergamino y ponerlo en su lugar. El título tenía algo peculiar: se trataba del Xi de las escaleras de salmón que estaban en el condado del sur, donde ahora se encontraba su padre con su tío, o donde ella suponía que deberían estar.

El bebé abrió los ojos y sus pestañas largas y finas observaron detenidamente a su madre. Los ojos del niño no eran como los de ella; en definitiva no lo eran. Permanecían más cerrados y formaban una línea curva, no una recta.

Entonces Xixia volvió a recordar lo que no quería recordar: esos ojos a través de una máscara, una llena de suchos alrededor de la parte inferior; una risa detrás de ese pedazo de oro, acero o plata; la corona que brillaba sobre la cabeza. El bebé se sacó la pezón de la boca y rió como lo haría cualquier niño; sin embargo, lo que escuchó Xixia fue esa risita peculiar resonando entre ecos, la voz del emperador de Xi.

De pronto, tiró al bebé de sus brazos, se levantó de un salto, se subió a la cama y se acurrucó entre las almohadas y un edredón enorme lleno de plumas que estaba a su alcance.

El bebé lloró. El sollozo hizo voltear a Xirae, quien corrió hacia el niño que lloraba sin parar. Le tomó la cabeza, lo revisó y lo acunó hacia sí. Luego observó a su emperatriz y se quedó petrificada al ver cómo se comportaba.

Cuando quiso acercarse para preguntarle qué había pasado, Xixia aventó una de las almohadas, rozando el brazo de Xirae. La dama movió al bebé a un lado y trató de calmarlo, pero el niño seguía llorando y las lágrimas le caían por las pequeñas mejillas rechonchas.

—¡Cállalo! ¡Dile que guarde silencio! —gritó desesperada mientras se cubría los oídos con las palmas de las manos. Tomó otra almohada y la arrojó hacia Xirae.

Xirae se movió un poco más lejos, sobando al bebé en la cabeza y meciéndolo de arriba abajo para que se calmara, pero no se callaba.

—¡Cállalo! —volvió a gritar Xixia, ahora con lágrimas saltándole de los ojos y rodándole por las mejillas blancas.

El bebé lloró aún más fuerte con el grito de su madre, y Xirae salió de la habitación preguntándose a dónde se había ido Xrill.

—¡Mátalo! —ordenó Xixia con voz fuerte desde dentro del cuarto.

La dama cerró la puerta y se fue hacia los jardines cercanos en busca de su compañera. Al no verla, decidió ir a la cocina mientras el bebé seguía abriendo la boca con desgarradores llantos. No había nadie alrededor que la escuchara.

—¡Ayúdenme! —pidió, mirando de un lado a otro sin ver a nadie. Caminó de regreso hacia la habitación de su emperatriz.

Al entrar, vio las cosas tiradas de un lado a otro, los pergaminos revueltos y rotos por todas partes, incluido el del condado de su padre. Cerró los ojos un segundo buscando a su emperatriz, pero tampoco la vio a ella.

—¡Te dije que se callara! ¡Sácalo de aquí! —La voz de Xixia sonó cargada de terror al pronunciar cada palabra, blandiendo un pedazo de madera sacado de algún mueble—. ¡Sácalo!

La orden resonó como si el piso se abriera en dos. El bebé lloró aún más, y cuando ella iba a aventar el pedazo de madera, el sonido de unos pasos chocando contra las piedras hizo que Xixia bajara por completo la pieza de mueble.

Xirae había cerrado los ojos y acunado al bebé, haciéndose bolita contra su pecho para protegerlo con su propio cuerpo. Cayó al suelo cuando escuchó la voz de Xrill acercándose:

—Pero ¿qué ha pasado aquí...?

A Xrill se le cayeron de las manos las flores que traía para un jarrón. La emperatriz la miró con ojos de querer asesinarla ahí mismo. Xrill trató de ayudar a Xirae, pero Xixia tomó una de las almohadas que seguía intacta. Las plumas revolotearon alrededor cuando la levantó y la lanzó directo hacia el bebé, golpeándolo cerca de la oreja donde Xirae no tenía la mano puesto.

La emperatriz les dedicó una sonrisa sombría a ambas damas.

—¡Les di una orden! —dijo, acercándose lentamente como un jaguar hacia su presa—. ¡Sáquenlo!



#3479 en Fantasía
#733 en Magia

En el texto hay: fantasia, inmortales, imperio

Editado: 30.10.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies.